Por Jafet R. Cortés
Todos se habían ido desde hace tiempo, tanto tiempo que era difícil distinguir entre el ayer y el ahora. Los días parecían iguales. Lo único que me acompañaba era aquel silencio apabullante que se paseaba orgulloso por esta ciudad roída; entre paredes desgastadas, cristales rotos, caminos partidos, cubiertos de aquel musgo espeso que se apresuraba desde los primeros días a devorarlo todo. Una capital vacía.
No sé si era el último ser que permanecía con vida en la tierra, pero mientras lo averiguaba, la soledad me empujaba cada vez más, mellando la poca cordura que me quedaba. Nadie parecía oírme. A veces, ni yo mismo me escuchaba. No había nadie con quien hablar.
Entre todo el ruinoso y devastado mundo, encontré un refugio. Los víveres parecían ser suficientes, mientras una especie de mecanismo mágico iluminaba. Podía cubrir mis necesidades un largo tiempo sin que fuera a haber algún problema, pero seguía sintiendo un vacío que no saciaba con nada. Indagué por un tiempo buscando respuestas, leyendo textos de una vasta biblioteca, hasta que las hallé en algunos escritos que hablaban de un extraño mito.
Describían un ser de antaño, que, pese a que no modificaba el ahora, de alguna forma lograba cambiar la realidad sobre nuestros hombros con el simple hecho de escucharnos, de estar ahí. Ese mítico ejemplar, reconfortaba el espíritu, nos acompañaba en nuestros mejores y nuestros peores días; sobrevivía al desgaste del tiempo, siendo impermeable a la distancia. El nombre que adoptaron los antiguos en su vetusta lengua para tan mística criatura fue mellon, que se traduciría en estos desolados días como “amigo”.
Cuán valioso e importante es contar con alguien. Tener la certeza de que hay alguien ahí que, aunque no modifique lo que está ocurriendo en nuestras vidas, logre, con el simple hecho de estar, de escucharnos, cambiar la realidad que reposa sobre nuestros hombros.
Cuán valioso es contar con un amigo que nos ayude a lidiar con aquella oscuridad. Que no nos deje llorar en soledad, que no nos deje caer al peligroso abismo; que busque estar ahí con nosotros. Que vea nuestras virtudes y nos recuerde nuestros aciertos en aquellos momentos que nosotros mismos no podemos hacerlo.
Aquel haz de luz que toca tu piel después de un momento de gélido suplicio, esa reconfortante sensación que nos acaricia sin siquiera tocarnos, podría ser la forma más sencilla de describir el poder que tiene una amistad sincera en la vida de alguien. Una fuerza invisible que está ahí, que no nos deja sucumbir por más que busquemos hacerlo. Que saca de la chistera la esperanza que creíamos perdida y nos impulsa a seguir intentándolo.
SON DE ORO
Alguna vez escuché al Maestro Fito Páez decir que no tenía muchos amigos, pero los amigos que tenía eran de oro. Así explicaba lo valiosos y contados que eran sus amigos; valiosos para su vida, y contados con los dedos de la mano. De una forma muy sencilla logró sintetizar en unas cuantas palabras una verdad sobre la amistad sincera, que es difícil de encontrar, pero cuando se encuentra, perdura.
Esa amistad sincera y desinteresada, no necesita confidencia, porque le mostramos al otro lo que podemos en ese momento mostrar y no somos recriminados por ello, sino aceptados; no necesita constancia, porque podemos dejar de vivir en el mismo lugar geográfico, distanciarnos cientos de kilómetros y años, y estará ahí, anhelando el reencuentro; da sin buscar una retribución más que el bienestar del otro, por eso, esa amistad sincera, sin duda es una de las múltiples caras que tiene el amor.
Por lo anterior, deben tenerse bien en claro las distinciones entre las diversas dimensiones, para no confundir ese amor puro que podemos llamar amistad sincera, de otras expresiones parecidas. Así, podemos utilizar materiales para distinguir su valía.
No es lo mismo un mejor amigo -oro-, que un simple amigo -plata-; así como no es lo mismo un conocido que apreciamos -bronce-, que un conocido que nos trata bien porque busca algo de nosotros -latón-. Cada quien tiene un papel en nuestra vida, y esos papeles en ciertas ocasiones transmutan, ascendiendo en importancia, o descendiendo en esta. No es malo que lo hagan, todos cambiamos y hay ocasiones que solo los recuerdos de aquellos momentos, perduran. Lo negativo es aferrarnos o frustrarnos por el cambio, sin agradecer aquel tiempo que sí estuvieron, y lo que aportaron para que seamos quienes somos.
Lo trascendente, aquello que se sale de todo parámetro y que podríamos considerar como un evento de una increíble fortuna, sucede cuando esas mejores amistades logran consolidarse como aquella familia que elegimos y nos elige acompañar en esta vida.
No todos tienen esa dicha. Muchos, lamentablemente pierden aquellos amigos en el camino, porque se agota el tiempo y la muerte arrebata la vida, o por otras circunstancias, entre ellas, haber exigido amigos de oro o platino, sin saber serlo. Exigir aquello que no son, pedirlo sin que hayan aprendido a amar de esa forma desinteresada; sin buscar el bienestar del otro, sino la propia satisfacción. Sin procurar lo recíproco, dinamitar el camino hacia aquella amistad sincera que tanto vale, y tanto nos hace falta.
