Roberto Yerena Cerdán
El escritor cubano Edgar Sánchez Hernández, ganador del Premio Latinoamericano de Primera Novela “Sergio Galindo” 2022 que le otorgó la Universidad Veracruzana en el marco de la Feria Internacional del Libro Universitario declaró “… que la literatura ha perdido su razón de ser para buscar el camino fácil, el camino de agradar.” Independientemente de sus méritos como escritor y los alcances de su obra, antes de enredarme en sus argumentos para dictar sentencia a una manifestación del arte tan apreciable y viva, mejor acudo a la música para alentar la idea de que ninguna expresión artística debe someterse a un juicio tan riguroso e injusto por parte de uno de sus propios creadores. No solo porque el arte se nutre de la fuerza de la imaginación –que espero jamás a nadie se le ocurra declarar su extinción– sino también porque el “agradar” corresponde a la otra cara del acto creativo: la delectación, la contemplación, la fruición estética. Aquello que el crítico de arte Gillo Dorfles (Trieste) llamó “las oscilaciones del gusto”. No se trata de ser complaciente con nadie, pues el goce antecede el momento en que el arte sucumbió ante la autoría personal. Palacios, templos, frescos, relieves, música sacra y textos anónimos eran patrimonios para el disfrute público. Algo se perdió cuando las grandes obras comenzaron a firmarse y a obligar a pensar, ahora, acerca de la personalidad de quienes estaban detrás de ellas.
En fin, que para salir de esta desestimación tan confusa –o de un desafortunado recurso retórico– prefiero pensar que, si se abjura de este modo de cualquier otra expresión de la contemporaneidad, entonces un breve viaje al pasado no viene mal. Por ello, encuentro con mucho regocijo un punto de partida estimulante. Me es difícil imaginar que un joven de catorce o quince años –amigo de la secundaria, por cierto– tuviese en su pequeña colección de acetatos uno cuya portada ya resulta apantallante y digna de ser expuesta. Acostumbrado a intercambiar discos con mi remoto amigo, aquel vinyl pasó a mis manos y lo conservo hasta el día de hoy. Me refiero a la grabación de un concierto en vivo de la agrupación del pianista de jazz Dave Brubeck (We´re togheter again for the first time), donde confluyen dos geniales saxofonistas: un enérgico y desaliñado Gerry Mulligan (barítono) y un sutil y sobrio Paul Desmond (alto). En este concierto interpretan, ya de manera obligada, la clásica pieza de jazz Take Five, compuesta por Desmond, quien habría participado en la grabación de la versión original incluida en el álbum Time Out con el cuarteto de Brubeck, donde interpretan la no menos conocida pieza Blue Rondo à la Turk, compuesta por el pianista. En este caso, la portada del LP es una imagen abstracta del diseñador gráfico S. Neil Fukita, la cual resulta reminiscente e icónica; pues habrá que reconocer que el arte editorial también se encuentra presente captando y fusionándose con el espíritu de la música.
De aquel hecho casual que refiero al inicio resulta tan afortunado que se desprenden de la memoria otras referencias que se conectan con esta relevante obra musical. Por ejemplo, cuando Time Out sale al mercado bajo el sello Columbia, en ese mismo año (1959) Miles Davis y una agrupación memorable (Julian “Cannoball” Adderley, John Coltrane, Bill Evans) realizan la innovadora grabación Kind of Blue. Dado el impulsivo temperamento de Davis, se dice que no le vino muy bien el haber coincidido con la salida del disco de Brubeck, quien a su vez había sido reprochado por incursionar en un género musical que se consideraba casi exclusivo de la comunidad jazzística afroamericana, y solo incluyó en su agrupación al bajista de color Eugene Wright. Por el contrario, curiosamente la agrupación de trompetista Miles Davis solo incorporó en la grabación, ni más ni menos, que al talentoso pianista Bill Evans.
Ahora bien, llegado a este punto, el escritor español Antonio Muñoz Molina, en un artículo publicado en Babelia (Música leída, 2015), el suplemento cultural de El País, refiere, entre otros detalles, que el pianista y Miles Davis escuchaban por horas los dos conciertos de piano de Maurice Ravel y, a decir del escritor, esta línea estilística del compositor impresionista francés se transmitía a la trompeta de Davis y al piano de Evans, describiéndola como “… esas conexiones que estallan como relámpagos”. El mismo Muñoz Molina, en otro artículo, llega a expresar que, a él, como escritor, le hubiera gustado escribir como Bill Evans tocaba el piano. Y aunque no se tenga el mínimo conocimiento formal de la música, esta aspiración bien se puede interpretar como una combinación prodigiosa de precisión, elegancia estilística, improvisación y pasión apenas contenida. «Bill Evans tenía al piano un juego silencioso, notas de cristal, agua burbujeante cayendo desde alguna cascada limpia», lo expresaría de este modo Miles Davis. Evans, un jazzista puro que llegó a grabar un disco como solista –Alone (Again)–, solo acompañado de su alma, se ubica a la altura de otros prodigios del instrumento como Art Tatum, Duke Ellington, Oscar Peterson, Keith Jarrett, Chick Corea y Herbie Hancock. También grabaría, entre su extensa discografía, un LP con Toots Thielemans (Affinity), el guitarrista, armonicista y compositor belga, que, en la portada del disco, del piano y de la armónica emana un espíritu fantasmal que enlaza a los dos instrumentos.
No está por demás recordar que el bajista puertorriqueño Eddie Gómez, quien formó parte del trío de Bill Evans durante una década (1966-1977), estuvo en Xalapa participando en una edición del JazzFest, junto con el pianista McCoy Tyner y el baterista Jack DeJohnette, Un encuentro verdaderamente inolvidable e irrepetible de jazzistas de altísimo nivel.
A partir de la primera referencia discográfica, ¿qué decir de Gerry Mulligan, quien habría grabado un disco a dúo (Summit) con el compositor y tanguista argentino Astor Piazzolla? Y en esta misma tradición de colaboraciones espléndidas, Mulligan graba con el pianista y compositor italiano Enrico Intra (Gerry Mulligan Meets Enrico Intra) acompañados por una agrupación de jazzistas italianos, una sesión que parece música de cámara. En otra grabación, la energía de Mulligan se funde con el inconfundible estilo cool del trompetista Chet Baker, quien formaría parte del cuarteto de Mulligan, pero cuya presencia en la agrupación duraría apenas un año. Bajo el sello CTI Records, ambos alientistas aparecen en disco Carnegie Hall Concert, donde destacan las interpretaciones de las composiciones Song for an unfinhised woman –incluida en la mencionada grabación en vivo con Dave Brubeck– y la intimista My funny Valentine, que en otras versiones Chet Baker la cantaba con peculiar melancolía.
Partiendo de otro punto de las conexiones, el porte elegante del saxofonista Paul Desmond –autor de la célebre pieza Take Five y la secuela Take Ten– también destaca por sí mismo. Una discografía discreta que incluye una grabación de piezas del músico norteamericano Paul Simon (Bridge Over Trouble Watert), entre otras grabaciones que realizó para el sello CTI Records. Innumerables versiones de Take five se han grabado y, entre otras, me gusta la estilizada interpretación del guitarrista George Benson. En su amplia obra –que incluye una destacada y numerosa presencia en los Grammy Awards– Benson grabó una versión del álbum Abbey Road (The Other Side of Abbey Road, 1969), de los Beatles, con un elenco de jazzistas reconocidos de los que no se puede omitir nombre alguno. En la portada, Benson no cruzaba la mítica avenida londinense, sino una calle caótica de Los Ángeles. Y es inevitable referir su asociación con el saxofonista y flautista Joe Farrell (Benson & Farrell), cuya portada aludía la popular imagen de los cigarrillos americanos Benson & Hedges. En la grabación del disco de Frank Sinatra, L.A. is my Lady, George Benson participa como músico de estudio bajo la dirección y producción de Quincy Jones, y en la contraportada del álbum se registra una precisa caracterización del guitarrista: “George Benson, quien recibirá todas las noches el premio al mejor vestido, usa audífonos alrededor de su frente para no despeinarse. Más tarde, durante una rápida improvisación de After You´ve Gone, esos audífonos se le caerán sin darle la oportunidad de que se los vuelva a subir durante la canción, ambas manos están tocando a toda velocidad, y él es de los que no fallan una nota.”
Volviendo a Paul Desmond, su dilatada presencia en la agrupación dirigida por Dave Brubeck, al parecer le confirió una imagen subordinada y no alcanzó a despuntar y adquirir una proyección propia, sin menoscabo de su talento y glamour interpretativo. Un caso similar como el que le ocurrió al vibrafonista Milt Jackson bajo la tutela del pianista John Lewis en el mítico Modern Jazz Quartet. Es el punto en que músicos que comparten la ejecución virtuosa de un instrumento común, solo suelen distinguirse, unos de otros, por su carácter y capacidad expresiva. Cuando se desprenden del instrumento y tocan con el corazón.
Esta madeja de recuerdos bien vale la pena no desenredarla, porque carece de inicio y final. En ella se encuentran entrelazados y anudados orígenes musicales, talentos, confluencias de estilos y géneros, disputas inocuas, influencias generosas y trayectorias tormentosas; todo ello plasmado en colaboraciones discográficas que, para quienes tenemos el privilegio de tenerlas a la vista y al tacto, las gozamos en su dimensión atemporal, sin necesidad de acudir a las inabarcables fonotecas virtuales. De aquí también se desprenden otras conexiones maravillosas, no solo al interior de la música, sino de esta con la literatura; e indudablemente en íntima relación con el cine. Notas vueltas palabras; palabras transfiguradas en colores; colores convertidos en formas y volúmenes.
La creación literaria resulta un acto solitario y aislado; casi egoísta. No existen colaboraciones o escritura a dos manos. No hay acompañamiento. Quizá por ello resulta comprensible, como un claro ejemplo, la coexistencia de dos obras plenamente compaginadas. Tal es el caso del drama Peer Gynt, del escritor noruego Henrik Ibsen, y la música incidental Peer Gynt, op. 23, compuesta por el también noruego Edvard Grieg, donde se logra un enlace que admite una visión común; tal como lo asentaba en uno de sus aforismos el pintor George Braque: ¨Lo común es verdadero. Lo semejante es falso.”
La premisa inicial de este artículo es que no existe razón alguna para declarar el sinsentido del cual, supuestamente, adolece la literatura o cualquier otra forma de creación artística. Como en todo, podrá haber buena o mala literatura; y aún en ello va de por medio la percepción diferenciada de los lectores. Sin embargo, todavía resuena el decir que “No es bueno amar demasiado la literatura, o el arte. Se corre el peligro de quedar hechizado y creer que son más ricos, más verdaderos, más variados que la vida. No es bueno amar demasiado la literatura o el arte y menos aún admirar en exceso a quienes se dedican a esos oficios”, como afirma en otro texto Muñoz Molina. Y luego, en una entrevista parece contradecirse cuando sostiene, convencido, que “No hay cultura humana que no tenga música, que no tenga ficción.” Entonces, la cultura es artificio, como la vida es naturaleza, por lo que suele decirse que el arte creó lo que la naturaleza no hizo. Pero, sinceramente nadie repara un instante en ello. Solo dejen que a los resignados diletantes nos sigan cautivando las obras ajenas como si fueran propias.




