jueves, mayo 26, 2022
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El mundo desolado de Jesús Gardea

Luis Gastélum Leyva

 

Polvorín, la mano diestra del rijoso
en los muslos blancos
abiertos como una flor que va a la guerra.

“M’ijo empezó de viejo en esa cosa rara de la literatura”, diría uno de sus antepasados raramuris en el velorio alegrado por los grillos y las chicharras y en medio de la noche oscura y del llanto que no deja escapar las paredes de adobes y frente a la caja de muertos en la que reposa el cuerpo inerte de Jesús Gardea. Eso allá en su pueblo natal de Delicias. Después de aquí está el desierto, ese desolador habitat de la desesperanza al que le dedicó casi toda su obra.

Para referirse a la realidad frustrante y desesperanzada reflejada en el polvo del desierto de su obra, Gardea alegaba que algo estaba sucediendo que trasciende la literatura. Los personajes de ficción abandonan, con todo y sus sentimientos de frustración y su atmósfera sofocante, las hojas de los libros y se integran a la cotidianeidad. La vida se hace polvo, como en el desierto. Así justificaba el polvo, el sol y la violencia contenida en sus narraciones, así como los ambientes opresivos, habitados por hombres y mujeres que se mueven como entre las fronteras de un sueño, sin atreverse a formular tan siquiera un deseo. Y para ello creó un universo. Placeres. Lo que es Macondo a García Márquez y Comala a Rulfo es Placeres a Gardea: el universo literario donde se desarrollan todas nuestras fantasías y donde nos hubiera gustado vivir y morir. Placeres se llama así no por lo que representa, sino por su antípoda: todos los sufrimientos y avatares surgidos de vivir en el desierto.

Era reacio al autoanálisis y a la relectura de su obra. Dejaba a los críticos la tarea de descubrir una unidad en sus cuentos, «siempre opresivos, habitados por hombres y mujeres que se muevan como entre las fronteras de un sueño, sin atreverse a formular sus deseos», describe Silvia Isabel Gómez el mundo gardeano. El autor de Los viernes de Lautaro discrepaba de la critica que calificaba su obra como literatura del desierto, debido a la constante presencia de la luz, el polvo y la violencia. Aunque reconocía que los rayos solares llevaban inscrita una información que él buscaba descifrar en sus cuentos y novelas, en algunos casos sus narraciones transcurrían también en paisajes lluviosos, aunque para este ambiente no había razón alguna, decía.

Su trabajo de escritor lo comparaba con el del minero, porque siempre buscaba ahondar, ir cada vez más hacia adentro, tal vez por eso algunos veían cierta repetición en su obra. Negaba saber si perseguía alguna obsesión. Quizá así, obsesiva, es su literatura, porque, como alguien decía, los narradores toman impulso para tratar de saltar un obstáculo, no pueden y vuelven a intentarlo. Algo había de paranoico en Gardea, quien sin menoscabo de ser tachado como tal se cuidaba de influencias externas –perversas para alguien quien busca crear– como la televisión y la prensa. Y apenas se permitía un mínimo autoanálisis cuando decía que quizá eso haya determinado lo personal de su escritura.

Gardea era un narrador visual, creador de ambientes en los que las historias siguen su curso mientras el tiempo se detiene y se vuelve silencio y desolación, cómplices de la muerte en vida de sus personajes que desconocen el límite entre el sueño y la realidad. Paradójicamente, el escritor chihuahuense, fallecido en marzo del año 200, detestaba el cine. Decía que en México, los autores tenían una cultura cinematográfica amplia, “pero yo me pregunto dónde encajar lo que uno ve en una película, qué hacer con esa pseudorealidad, sobre todo porque pienso que todos llevamos dentro un mundo tan rico  como el del cine, que quizá traicionemos al adoptar ideas e imágenes que otros nos dan».

Creció en el Distrito de Riego número cinco de Delicias, entre colonos de tierras a quienes la literatura les importaba «un pito”. Supero su condición de “ignorantazo” a los 23 años, cuando se inició como lector con Pedro Páramo, a la par que estudiaba odontología en Guadalajara. A Ciudad Juárez llegó de 27 años, durante otros 13 tuvo un consultorio y empezó a hacer cuentos como a los 30. “Si comencé a escribir fue porque tenia ganas y porque lo necesitaba para sentirme mejor; no sé de qué me libere al escribir pero me siento agusto haciéndolo: es más que una terapia. No me gusta usar computadoras porque siento que me deshumanizan; yo necesito tocar a la otra persona con los ojos”, decía Gardea, para quien la literatura fue el arma que le permitió abrirse paso en el mundo, defenderse de los avatares de la vida. “Mis universos son imposibles –contaba–, quizá porque son muy crudos, pero mostrarlos me permite acceder a otros mundos, a zonas donde hay un poco más de luz. Creo que soy un escritor intuitivo y así peleo, como si fuera una guerrilla. No me planteo un frente desde dónde atacar al enemigo: voy dando golpes, quizá por esa mis cuentos son como chispazos”.

Hombre de “poquitos” amigos, Gardea aseguraba desconocer los motivos de que algunos envidiosos se hayan empeñado en crearle fama de intratable. “Esto de sentarse a escribir e inventar, bien visto es una locura, no tiene sentido y aún menos en mi caso, porque no es recompensado con la fama. Dicen que la fama es el consenso y yo no lo tengo, pero tampoco me muero por lograrlo, y menos ahora que ya voy de salida», contaba el escritor a quien alguien describió como el heredero de Rulfo y que dejó de existir a los 60 años un domingo por la noche en su casa de Ciudad Juárez, a sólo ocho cuartillas de culminar la que es ya su última novela: Bugambilia.

“Mi obra –narraba Jesús Gardea– se nutre de lo que pienso, de lo que veo: el arbolito que está en mi jardín, mi gato. Procuro mantenerme como un niño Fidencio, aparentemente inocentón, quizá por eso la realidad me gratifica, porque no la pervierto al verla”.

Y es que como decía, con razón, Luis Cardoza y Aragón: “La identidad es lo que todos los días imaginamos que somos”. O como escribió el también chihuahuense Alfredo Espinoza sobre Chihuahua: «Los escritores fueron los primeros en conquistar el espacio que habría de servirles como territorio de sus historias. Y el desierto se convirtió en el libro de los desasosiegos, en el país de los espejismos. Jesús Gardea fue de los primeros en revelar sus primeras páginas deslumbrantes. El sol de Gardea es una mina de metáforas, el sol anda por todos las renglones, por eso su prosa es brillante. A sus libros hay que leerlos acompañándonos con un six bien frío”.

Ha aquí un fragmento de una obra de Jesús Gardea:

El calor les quema las palabras. Arden en los labios apenas tocan el aire. De poco valen los abanicos de cartón, los resoplidos… En sus glorias el sol le había pegado fuego a los abismos del aire.

–Acaban de mentar ustedes la brisa –comenzó a decir Patrocinio.

–Si, señor.

–Patrocinio, ¿la conoce usted?

El hombre hundió la mirada en sus recuerdas, bizqueando… Se rascó una tetilla… Había un clima de perros.

–No, señor Presidente. ¿De dónde quiere usted que yo conozca las brisas? ¿Cuál mar, cuáles bosques tenemos aquí?

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