miércoles, junio 29, 2022
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El paraíso de la impunidad #NescimusQuidLoquitur

Por Jafet R. Cortés

La expedición se había tornado un verdadero suplicio; después de todo,
eso significaba viajar en esas condiciones de desventura, con la
ilusión de que el mapa nos guiara con bien a aquella ciudad ancestral,
y que las bestias que le rodeaban no nos devoraran.

Los últimos kilómetros fueron los más pesados, quizás porque a esas
alturas ya las piernas exigían un alto total. Entre la deshidratación
y la paulatina pérdida de la esperanza, llegamos, fue como lo habíamos
esperado. Un caos absoluto se abalanzó sobre nosotros que observábamos
–expectantes- desde las sombras.

Los habitantes de aquella ciudad -entre basura, árboles putrefactos y
olor a miedo- todavía no se percataban de que estaban siendo vigilados
por algunos pares de ojos. Continuaron su vida normal.

En esa ciudad todo era resuelto de manera truculenta. La verdad era
nada más un mito que le contaban a los pequeños que no querían dormir;
había vestigios de que contaban con un sistema jurídico bastante
avanzado, pero era letra muerta, porque realmente nada se cumplía.

En aquella utopía de impunidad, todos podían hacer lo que quisieran,
siempre y cuando jugaran el juego de la corrupción. Quien se lo
propusiera podía llegar a la cima del éxito individual, siempre y
cuando se dispusiera a atropellar los derechos de –por lo menos-
alguien más.

Nos preguntamos, cómo habían sobrevivido tanto tiempo bajo ese sistema
de reglas escritas que no se respetaban, y reglas no escritas que se
seguían al pie de la letra. Sólo eran exiliados los que de vez en
cuando buscaban la justicia, pronunciaban la verdad o amenazaban con
imponer la ley; y otros, eran devorados por el cargo de conciencia
hasta que les empujaba de golpe a salir de ahí, y buscar mejor suerte
en aquella selva extensa y peligrosa.

Dicen que la realidad supera muchas veces la ficción, y México es
claro ejemplo de ello, un país repleto de situaciones paradigmáticas
que muchas veces no sabemos por qué suceden, pero las seguimos
replicando.

Uno de esos paradigmas que nos consume es el de la impunidad, que, a
manera de síntesis, podríamos explicar a partir de lo siguiente:

A)   Hay impunidad porque no hay denuncias.

B)   No hay denuncias porque hay impunidad.

Esas dos líneas integran claramente una realidad que no se ha podido
cambiar, acerca de la falta de denuncia y su relación con el fenómeno
de la impunidad en México; en lugar de que se considere la primera
como un instrumento de cambio social, se le ve como un arma sin filo,
un revólver viejo, oxidado y sin munición al que nadie le teme.

Según las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de
Seguridad Pública (SESNSP), 2019 es el año que registra más denuncias
de la última década, con 2 millones 71 mil 164 denuncias ante
autoridades ministeriales, pero resulta que de estas el 90% no se
llegó a la reparación del daño, ni a castigar a los responsables.

Cifras alarmantes de esos periodos colocaban a siete Estados de la
República con los peores números, entre los que se encontraba el
Estado de Veracruz con el 99.8% de las Carpetas de Investigación no
resueltas, y Tamaulipas con un 99.9% de casos sin resolver.

Estos números explican no sólo el hecho de que la gente no quiera
denunciar, sino la deficiencia de este mecanismo para la obtención de
justicia. La mayoría de ocasiones las víctimas se quedan esperando que
pase algo que nunca sucede, que se llegue a la verdad sobre los
hechos, se castigue a los responsables y que se le repare el daño.
Muchos, a partir de esto, se ven obligados a buscar justicia por su
propia mano.

Lo que sí llega en desmedida como resultado de estas circunstancias,
son los abusos de poder; la corrupción en el ejercicio público; la
protección de criminales; y que en el aire nacional se respire el
aroma de un paraíso de impunidad que está lejos de ser erradicado; una
deuda enorme que se tiene pendiente desde hace unas cuantas décadas.

En el paraíso de impunidad los corruptos, delincuentes y abusadores
son aliados –se protegen entre ellos-; negocian parte del botín
público; intercambian favores para salir libres aunque a todas luces
sean culpables –cambian la versión oficial de la realidad y listo-; y
mientras esto pasa, la población observa hacia otro lado, pierde las
ganas de denunciar –calla, baja los brazos y sigue su vida-,
participando en este ciclo sin fin.

La denuncia tiene tiempo que ha pasado a un segundo término en las
primeras opciones de la gente que se siente vulnerada en sus derechos;
ha pasado a ocupar su lugar el juicio mediático y digital como
principal herramienta para exigir justicia. Resulta ser que a los
perpetradores, abusadores, corruptos y  delincuentes, en muchas
ocasiones les molesta más que se les exhiba a que se les denuncie.

Desde la tribuna mediática, la verdad se ve opacada por la opinión
popular, que adopta el tema desde su sistema de creencias, y lo
convierte en un ring para echar afuera sus miedos, filias y
frustraciones cotidianas. Por un lado nace un jurado universal,
experto en todo; y por otro lado, un escudo de protección de víctimas
a través de lo público.

Aunado a lo anterior y pese a los abrumadores números en relación con
la impunidad, sigue siendo importante denunciar –exigir a través de un
proceso formal y legal- los hechos que nos están afectando; porque si
no se denuncia, de inicio no se persigue nada, y si no se persigue
nada, la impunidad sigue multiplicándose.

Exigir a través de los mecanismos que existen para hacerlo, y no bajar
los brazos hasta que se llegue a las últimas consecuencias
-principalmente cuando los hechos desemboquen en una violación a
nuestros derechos humanos, a nuestro patrimonio, o el bienestar de
nosotros y nuestra familia, etcétera- se convierte en una obligación.

Se vuelve una obligación participar en ese proceso de transformación a
través de la denuncia, a través de la exhibición pública, cuando ésta
sea necesaria; a través de sacudirnos esos paradigmas-grillete y esos
miedos-cadena que nos mantienen presos de un paraíso-impune.

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