- Cynthia Nayeli Martínez, de la Unacar, impartió conferencia magistral en seminario organizado por el CIIES-UV
- Propuso articular iniciativas universitarias y transformar la manera de organizar y transmitir conocimientos para consolidar la educación ambiental
Paola Cortés Pérez
Fotos: Omar Portilla Palacios
Xalapa, Ver.- La incorporación de la educación ambiental en las universidades requiere de transformar las prácticas educativas, las estructuras curriculares y la relación de las instituciones de educación superior (IES) con los territorios y las comunidades, afirmó Cynthia Nayeli Martínez Fernández, profesora-investigadora de la Universidad Autónoma del Carmen (Unacar).
Lo anterior, al impartir la conferencia magistral “Educación ambiental”, durante la 6ª Sesión del Seminario Internacional “La reforma curricular que la universidad necesita. Cambios curriculares y prácticas escolares”, organizada por el Centro de Investigación e Innovación en Educación Superior (CIIES) de la Universidad Veracruzana (UV).
Durante la charla en línea, destacó que los desafíos ambientales contemporáneos demandan que las universidades revisen la manera en que enseñan, investigan y producen conocimiento.
Señaló que la educación ambiental en las IES ha transitado por distintas etapas y concepciones: en un primer momento estuvo vinculada principalmente con la conservación de la naturaleza, y posteriormente incorporó perspectivas que reconocen la complejidad de las relaciones entre sociedad y ambiente.
Explicó que esta evolución también ha llevado a cuestionar la idea de que modificar conocimientos, actitudes o comportamientos mediante la educación sea suficiente para resolver por sí misma las problemáticas ambientales.
Actualmente, dijo, es necesario comprender la educación ambiental como parte de procesos sociales más amplios de transformación, en los que intervienen dimensiones políticas, económicas, culturales y sociales.
Martínez Fernández expuso que la institucionalización de la educación ambiental en las universidades ha sido gradual, heterogénea e inacabada, situación que puede representar una oportunidad para continuar construyendo nuevas formas de intervención.

En este proceso las IES dejaron de ser receptoras de la agenda ambiental para asumir una responsabilidad propia frente a los desafíos de la sustentabilidad; esto favoreció la creación de redes, reuniones académicas, proyectos y estrategias para incorporar la dimensión ambiental desde una perspectiva interdisciplinaria.
Señaló que uno de los mecanismos que actualmente utilizan diversas universidades es la transversalización de la educación ambiental, mediante la cual se busca integrar contenidos, objetivos y actividades relacionadas con las problemáticas socioambientales en distintos componentes del currículo.
Sin embargo, advirtió que la transversalidad no debe entenderse como la simple incorporación de determinados contenidos en asignaturas ya existentes; para que tenga un efecto real, estos temas deben permear de manera integral la experiencia educativa y contribuir al análisis de las problemáticas ambientales y a la formación profesional de los estudiantes.
Subrayó que uno de los principales obstáculos para lograrlo son las estructuras disciplinares que persisten en las universidades y que pueden dificultar la integración de distintos saberes, estas barreras epistemológicas pueden limitar la incorporación de las dimensiones política, cultural y económica de los problemas ambientales.
En este sentido, alertó sobre el riesgo de que la educación ambiental quede atrapada entre una visión reduccionista, que la limite a contenidos aislados, y una complejización meramente discursiva, en la que exista un amplio discurso sobre su potencial transformador, pero sin las condiciones pedagógicas, institucionales y epistemológicas necesarias para llevarlo a la práctica.
Planteó dos vías para fortalecer la incorporación de la educación ambiental en las IES: la primera consiste en reconocer y articular las múltiples iniciativas que ya existen en las universidades —campañas, proyectos académicos, acciones de gestión y actividades de vinculación— para que dejen de funcionar de manera fragmentada y puedan integrarse en estrategias institucionales.
La segunda, implica revisar la lógica con la que se organizan y transmiten los conocimientos. Esto supone cuestionar las formas tradicionales de seleccionar y estructurar los contenidos para evitar que la transversalización se limite a incorporar nuevos temas o asignaturas sin generar una incidencia efectiva en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
La académica consideró que las universidades cuentan con capacidades y experiencias construidas durante décadas para avanzar en este proceso, pero el reto consiste en conectar esas iniciativas, disciplinas y recursos dentro de una política universitaria más integrada.





