- Los participantes en mesa de diálogo del 3er Coloquio “El son jarocho y el intercambio de saberes”, analizaron las raíces multiculturales y retos de su continuidad
- Especialistas, promotores culturales y artistas subrayaron la importancia de la transmisión generacional
Paola Cortés Pérez / Fotos: Omar Portilla Palacios
Xalapa, Ver.- Especialistas, promotores culturales y artistas, participantes del 3er Coloquio “El son jarocho y el intercambio de saberes”, coincidieron en que este género musical es una expresión viva que se construye a partir de la experiencia colectiva, el intercambio generacional y la práctica comunitaria del fandango.
En la mesa 1 “Saberes y raíces”, del coloquio organizado por el Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación (CECC) de la Universidad Veracruzana (UV) y el grupo Reflexionario Fandanguero participaron: Alejandro Barrera Aguirre, investigador del son jarocho desde la antropología y los estudios culturales; Silvia Santos, artista multidisciplinaria independiente enfocada en la difusión de este género.
También estuvieron, Sagrario Cruz Carretero, profesora en la Facultad de Antropología e investigadora del Instituto de Antropología de la UV; Tere Osorio, integrante de Culturama, y César del Ángel, integrante de la Escuela Folklórica Veracruzana.

Alejandro Barrera abordó el baile como un espacio de memoria corporal, desde una perspectiva antropológica, ya que el cuerpo funciona como un archivo vivo en el que se inscriben los aprendizajes adquiridos en talleres y fandangos, a través de procesos como la observación, la imitación y la repetición, prácticas que permiten la transmisión intergeneracional del conocimiento y la construcción de identidad en torno a la tarima.
Asimismo, señaló que la experiencia del fandango posibilita la apropiación individual del movimiento, donde cada bailadora o bailador integra lo aprendido a su propio repertorio corporal; de esta manera, la memoria no sólo se conserva, sino que se recrea constantemente en el tiempo, a partir de las vivencias y decisiones que se toman al bailar.
Al tomar la palabra, Sagrario Cruz destacó la riqueza multicultural del son jarocho, resultado de influencias africanas, asiáticas, europeas e indígenas; añadió que elementos como la música, la danza, la gastronomía y el lenguaje reflejan estos intercambios históricos —muchas veces invisibilizados— que forman parte de la identidad veracruzana.
Añadió que estas herencias se manifiestan en prácticas cotidianas y simbólicas, como los ritmos musicales, los instrumentos, la vestimenta y las celebraciones, lo que evidencia la complejidad de un patrimonio cultural construido a partir de procesos de mestizaje y circulación global de saberes.

Desde la experiencia comunitaria, Tere Osorio resaltó que la gestión cultural independiente y el trabajo colectivo ha tenido un papel relevante en la formación de nuevas generaciones en este género musical.
También habló de los desafíos actuales, como la disminución en la venta de materiales físicos y las dificultades económicas para sostener proyectos culturales; asimismo, destacó la necesidad de generar redes de apoyo que fortalezcan la continuidad de esta expresión entre niñas, niños y jóvenes.
En tanto, César del Ángel reflexionó sobre la necesidad de fortalecer la enseñanza del son jarocho desde una perspectiva integral que respete sus reglas no escritas y su dimensión comunitaria.
Expuso que, si bien su adaptación a escenarios formales ha permitido su difusión, es fundamental preservar su esencia como práctica cultural viva y generar espacios académicos que reconozcan las tradiciones orales.
Finalmente, planteó la importancia de vincular estos esfuerzos con políticas públicas y esquemas de formación que reconozcan la trayectoria de quienes participan en esta tradición, a fin de garantizar su continuidad y dignificación en ámbitos culturales y educativos.




