
- Mónica Navarro, de la Universidad Mayor de San Simón, Bolivia, reflexionó sobre desigualdad y formación universitaria, en conferencia magistral
- Plantea la necesidad de un diálogo entre saberes académicos y comunitarios
Paola Cortés Pérez / Fotos: Omar Portilla Palacios
Xalapa, Ver.- La educación superior no solo promete movilidad social, también puede propiciar un “ascenso étnico” que empuja al estudiantado indígena a distanciarse de sus raíces para ser aceptados en contextos urbanos, lo que tiene efectos negativos en las comunidades de origen, al implicar la negación de saberes, prácticas culturales y vínculos familiares que sostienen su identidad colectiva.
Lo anterior, advirtió Mónica Navarro Vásquez, académica de la Universidad Mayor de San Simón, Bolivia, quien impartió una conferencia magistral en el marco del 1er Congreso Internacional Ciencias, territorios y desigualdades. Diversas miradas sobre el presente, organizado por el Instituto de Investigaciones y Estudios Superiores Económicos y Sociales (IIESES)de la Universidad Veracruzana (UV).
Durante la plática, compartió testimonios de alumnas y alumnos indígenas y rurales de Bolivia que migran a las ciudades para cursar estudios en instituciones de educación superior (IES) públicas, y reflexionó sobre los desafíos que enfrentan en la transformación de sus identidades.

Explicó que, además de la promesa de ascenso social y económico, muchos jóvenes se ven empujados a buscar un “ascenso étnico”, es decir, ser aceptados en contextos urbanos marcados por la discriminación, el desprecio y la exclusión. En ese proceso, algunos intentan distanciarse de su origen comunitario, de su lengua, vestimenta y saberes, como estrategia para integrarse a una sociedad “blanca” y occidentalizada.
Navarro Vásquez advirtió que este supuesto ascenso puede resultar contraproducente, ya que implica negar la herencia cultural y los conocimientos transmitidos por las familias y las comunidades.
“No se puede construir algo pisoteando la casa de donde uno viene”, señaló al explicar que la identidad profesional no debería edificarse sobre la negación de los padres, los cultivos, las plantas y las formas tradicionales de conocimiento.

La académica también cuestionó la idea de que la migración a la ciudad garantice una mejor calidad de vida, ya que muchos de los estudiantes terminan viviendo en zonas periféricas, con carencias en servicios básicos y enfrentando precariedad laboral. En Bolivia, expuso, se gradúan cada año alrededor de 40 mil profesionales, pero solo 20% accede a algún empleo, y en muchos casos se trata de subempleos con condiciones desfavorables.
A esto se suma la frustración y el sobreesfuerzo que deben realizar para ser aceptados; algunos logran sobresalir, a costa de sacrificios personales, físicos y emocionales mayores que los de sus pares urbanos.
Por otro lado, también habló de historias de resistencia y reivindicación. Narró el caso de una estudiante que fue discriminada por portar vestimenta indígena durante su formación universitaria y cuya imagen fue alterada sin su consentimiento en una fotografía de graduación; tras interponer una demanda, logró que se restituyera su imagen y acudió al acto académico con su traje tradicional, acompañada de su padre, en un gesto de afirmación identitaria.

Otros egresados, relató, regresan a sus comunidades como abogados o asesores para fortalecer organizaciones indígenas y defender derechos territoriales, integrando su formación académica con los saberes de origen.
Desde su perspectiva, las universidades aún tienen una deuda pendiente. En el caso de Bolivia, señaló que la educación superior continúa privilegiando enfoques occidentales y cientificistas, mientras ignora conocimientos locales como la medicina tradicional o las prácticas agrícolas comunitarias, pese a su eficacia histórica.
En lugar de generar un diálogo plural de saberes, afirmó, se mantiene una “ignorancia voluntaria” que desestima la experiencia de quienes han producido alimentos y sostenido territorios durante siglos.




