
- Fue el escenario donde colegas y amigos compartieron memorias de Francisco Beverido y Jorge Castillo
- Historias íntimas y profesionales revelaron la complicidad artística de ambos creadores
- Entre anécdotas, se recordó su legado en la Orteuv y en la formación de nuevas generaciones
Paola Cortés Pérez / Fotos: Omar Portilla Palacios
Xalapa, Ver.- El aroma del café se mezclaba con el murmullo de los asistentes al espacio teatral La Caja, que por décadas ha sido testigo de tantas aventuras y puestas escénicas. En esta ocasión la escena principal fueron las voces de amigos, colegas, alumnos y familiares, quienes entre risas, evocaciones y silencios reconstruyeron la memoria de Francisco Beverido y Jorge Castillo, dos pilares del teatro veracruzano y universitario.
Raúl Santamaría, actor e integrante de la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (Orteuv), dio la bienvenida y fue el moderador de la charla-café intitulada “Reconstruyendo la memoria teatral veracruzana”. Habló de la importancia de rescatar del olvido las historias compartidas: “Tenemos que hablar de ellas, registrarlas y documentarlas”.
Recordó la cercanía vital entre Beverido y Castillo, a quienes llamó “los hacedores del teatro xalapeño”. Para él, hablar de ellos no era solo rendir homenaje, sino continuar la trilogía que marcaron sus trayectorias: creación, provocación y evolución.

El primer participante fue Julio Cacho, su memoria lo llevó de regreso a su época de estudiante en Arquitectura; dijo que para él La Caja fue un laboratorio único, “un lugar donde se podían cometer errores y de ellos aprendíamos, aquí se generó conocimiento porque se podían cometer errores”, recalcó.
En su turno, Nazario Montiel trajo la emoción íntima de sentirse profundamente comprendido por Castillo en los ensayos: “Era como adivinarle el pensamiento o él me lo adivinaba a mí. Me felicitó en dos ocasiones, y esas palabras me acompañaron toda la vida artística”.
Con esa complicidad, Jorge Castillo dejaba que sus actores propusieran libremente y sólo al final intervenía para dar forma al montaje, logrando una comunicación artística “muy a fondo”, recordó.

Entre risas y nostalgia, María Cristina León, segunda esposa de Jorge Castillo, compartió vivencias personales y profesionales. Narró cómo, entre talleres, montajes y embarazos, fue parte de la construcción de proyectos clave como Macario, obra que Castillo consideró “una de las mejores de su vida”.
Conmovida, compartió la última voluntad del maestro: “Jorge sentía que La Caja era su casa, por eso dejó instrucciones de que lo veláramos aquí. Y así lo hicimos”.
No olvidó mencionar la labor artística de Sofía, su primera esposa, cuyas escenografías, vestuarios y máscaras enriquecieron notablemente sus producciones.

Miguel Ángel Aguayo Lozano hizo una retrospectiva a la década de los ochenta para revivir la energía de montajes como Las adoraciones: “Éramos muchos cuates, un grupo gigante, con una energía tremenda. Una experiencia padrísima”.
Recordó la capacidad de Jorge para ir más allá de su plaza como actor de la Orteuv; organizó puestas en escena en la Facultad de Danza, de Arquitectura y desde los Talleres Libres de Actuación. Trajo también la memoria de su amistad con el arquitecto Simón Benavides.
María Cristina León recordó: “Hicieron una mancuerna maravillosa. El día antes de su muerte, lo llamó desde Alemania para saludarlo. Jorge estaba emocionadísimo”.

La charla-café no fue un acto solemne ni un simple homenaje, fue una celebración de la vida, la audacia y la complicidad que Francisco Beverido y Jorge Castillo sembraron en cada generación; sus voces volvieron a encender la escena, al recordar que el teatro se mantiene vivo cuando la memoria se comparte.




