Texto/Imagen: L.C.C. Mario Jesús Gaspar Cobarruvias *
(Versión publicada el 17 de abril de 2020 y actualizada el 23 de septiembre de 2022)
DERECHOS RESERVADOS
La invasión estadounidense a México tiene sus antecedentes en las políticas expansionistas de Estados Unidos que desde 1809 se venían observando. En 1845 Texas ingresó como parte de los Estados Unidos con categoría de estado, y ese evento desencadenó los sucesos que habrían de conducir a la guerra entre naciones, después del fracasado conflicto de 1836. Ese mismo año crecieron las tensiones entre los dos países sobre estos territorios cuando el gobierno de Estados Unidos ofreció pagar la deuda mexicana a los colonos estadounidenses si México permitía que Estados Unidos le comprara los territorios de Alta California y Nuevo México, siendo rechazada la propuesta por el gobierno mexicano, rompiéndose las relaciones diplomáticas entre ambos países vecinos y se retiró de Washington el representante del gobierno mexicano, Juan Nepomuceno Almonte.
México declaró la guerra a Estados Unidos el 23 de mayo de 1846, enfrentando así una guerra para la que no estaba preparado ni económica, ni militarmente, teniendo un ejército que resultó muy valiente en las batallas pero que no siempre estuvo bien equipado ni mejor dirigido. Las fuerzas estadounidenses invadieron territorio mexicano en diversos puntos. La fuerza principal guiada por el general Zachary Taylor continuó a través del río Bravo hacia la capital, derrotando a las fuerzas de Pedro Ampudia en la batalla de Monterrey en septiembre de 1846, tras una fiera resistencia de los regiomontanos que soportaron durante varias semanas el sitio impuesto por el ejército invasor. Más tarde se enfrentó al ejército comandado por el general y presidente Antonio López de Santa Anna en La Angostura, el 22 y 23 de febrero de 1847, quedando el resultado indeciso para los mexicanos pero la invasión se detuvo en el norte.
Con esta situación, el mando estadounidense planeó abrir un segundo frente de guerra capturando la Ciudad de México con un ejército que subiría desde la costa siguiendo la Ruta de Cortés. En consecuencia, desembarcaron un ejército de 8 600 hombres al mando del general Winfield Scott, el 9 de marzo de 1847 en las playas cerca de Veracruz. La ciudad fue bombardeada durante semanas y se rindió el 29 de marzo tras una heroica resistencia por parte de sus pobladores y la guarnición de la fortaleza de San Juan de Ulúa.
PREPARATIVOS PARA LA BATALLA
El 8 de abril, tras dejar una guarnición en Veracruz, los invasores iniciaron su avance hacia el altiplano subiendo por el antiguo camino real que el Consulado de Veracruz había construido entre 1803 y 1812, que hora se conocía como Camino Nacional. Superaron pequeños ataques mexicanos, cruzaron sin obstáculos el punto estratégico del Puente Nacional y el día 11 ocuparon el pueblo de Plan del Río y su fortín de Órdenes Militares que fue abandonado sin combatir. Establecieron su campamento a la izquierda del camino, en la parte plana del terreno paralela al río Grande del Plan.
Los mexicanos habían pensado inicialmente presentar la batalla decisiva en Puente Nacional pues era el único punto donde un puente de mampostería podría darles un cruce seguro para su infantería y pesados cañones y carros de provisiones. Pero Santa Anna ordenó que la guarnición de los fortines se replegara a Cerro Gordo, lo que se hizo pero abandonando cuatro piezas de artillería. Lo mismo hicieron los soldado de Plan del Río.
Los invasores percibieron enseguida que los mexicanos al mando de Santa Anna -quien había regresado del norte con sus veteranas tropas- se estaban fortificando en los cerros del Telégrafo y La Atalaya, que dominaban el Camino Nacional a la ciudad de Xalapa. El día 14 arribó el general Scott y desde el 15 comenzaron los combates entre los exploradores de ambos ejércitos que se avistaban continuamente buscando los lados débiles del adversario.
FUERZAS Y ESTRATEGIAS ENFRENTADAS
Estaban bastante nivelados: los mexicanos agruparon más de 9 000 combatientes equipados con 43 cañones de bronce, si bien no todos participaron al mismo tiempo en la batalla. Eran numéricamente superiores en caballería y estando combatiendo en su propio suelo, podrían incrementar su infantería con soldados, guardias nacionales y guerrilleros que pudiesen arribar procedentes de los numerosos pueblos, villas y ciudades del Estado de Veracruz. Este ejército se conformó con unos 4 000 veteranos de la campaña del norte contra Taylor, 2 000 de caballería y 2 000 de las guardias nacionales de ciudades y pueblos como Veracruz, Xalapa, Coatepec, etc.
La fuerza invasora se componía de unos 10 000 hombres con 30 piezas de artillería. Los estadounidenses tenían alguna ventaja por la modernidad de sus armas y la preparación profesional de sus ingenieros militares, En su composición había brigadas de tropas regulares pero también de voluntarios que se enlistaban por un tiempo limitado en la campaña y este no tardaría en expirar.
Venían bien abastecidos y con una alta moral de guerra después de haber salido de la zona de enfermedades de la costa de Veracruz y abrirse paso por el Camino Nacional a través de Santa Fe, Paso de Ovejas, Puente Nacional, La Rinconada y Palo Gacho, teniendo encuentros con grupos guerrilleros que no representaron mayor obstáculo.
En cambio, los soldados mexicanos sufrieron mucho por la falta de suficiente agua y comida los días previos a la batalla, pese a los esfuerzos mencionados por Santa Anna para proveerlos con medios de su hacienda del Encero, no muy lejana de Cerro Gordo.
La posición de Cerro Gordo o Cerro del Telégrafo (llamado así por una pequeña torre de telegrafía óptica edificada en la cima hacia 1818), fue elegida en base a la experiencia de Santa Anna durante la Guerra de Independencia (1810-1821) y seguramente en sus repetidos conflictos de 1822 a 1838. Desoyó el consejo de usar Cerro Gordo solo como lugar para retrasar el avance, para mejor dar el combate decisivo en la llanura de Corral Falso, donde sus regimientos de caballería podrían maniobrar mejor y hacer valer su superioridad numérica realizando movimientos envolventes y cargas sucesivas.
Según el plan de Santa Anna y sus generales, se apostaron 6 baterías de cañones para impedir que pudiesen aproximarse al Cerro Gordo:
VANGUARDIA: por el camino real Viejo que subía desde Plan del Río, en tres promontorios en el extremo de una larga meseta de 3 kilómetros de largo y 500 metros de anchura en el centro, se situaron tres baterías:
-Derecha con 7 cañones.
-Centro con 8 cañones.
-Izquierda con 9 cañones.
-1 cañón en reserva.
La infantería de los diversos cuerpos que ocuparon esta posición, agrupaba más de 1 900 hombres al mando del general José María Jarero.
CENTRO. Por el Camino Nacional La unión del centro con la vanguardia era la llamada «batería del camino» que cortaba con parapetos el punto donde se unían el Camino Nacional (camino real Nuevo) y el camino real Viejo, con 5 cañones y con una tropa de 1 360 hombres al mando del general Rómulo Díaz de la Vega.
A su izquierda, en lo alto del Cerro Gordo se ubicaron 6 piezas más, con 100 efectivos al mando del general Ciriaco Vázquez, que serían reforzados conforme se fue intensificando el combate hasta convertir el cerro en el epicentro de la batalla, que decidiría la victoria o la derrota en la misma.
RETAGUARDIA. Frente a la ranchería de Cerro Gordo donde estaban su cuartel general, la artillería y los regimientos de reserva con 2 480 soldados al mando del general Valentín Canalizo. En un cerro pequeño frente a ellos se situó la «batería de reserva» con 6 cañones más protegiendo el flanco izquierdo contra un posible movimiento de flanqueo.
Además de estas fuerzas ya estacionadas en Cerro Gordo, se contaba con la brigada de 1 000 hombres del general Manuel Arteaga que venia a marchas forzadas desde Puebla para reforzarles pero que llegaría hasta el final del combate.
Es posible que creyesen que la accidentada geografía, el clima de altas temperaturas de la región y penalidades propios de la región, harían muy difícil o imposible el avance enemigo. De triunfar con esta estrategia, los mexicanos estarían en posibilidad de obligar al enemigo a retirarse de nuevo a la costa veracruzana. Donde reforzados con guerrillas, tropas de otros estados de la República Mexicana y con el efecto mortífero de las muy mortales enfermedades endémicas, podrían acabar con ellos, obligarles a reembarcar o al menos, forzarlos a negociar su evacuación del país.
Por su parte, el plan de Scott fue condicionado por un insuficiente reconocimiento de las posiciones y el verdadero potencial del ejército enemigo. Tras haber sido repelidos a tiros por los mexicanos en la meseta entre el 11 y 16 de abril, los norteamericanos se decidieron a avanzar por la Carretera Nacional hacia Cerro Gordo, hasta el punto en que hallasen un paso hacia los barrancos del norte y así, poder flanquear las formidables defensas mexicanas.
Este movimiento sigiloso sería acompañado de un ataque a las tres baterías, para engañar a los mexicanos, acerca del punto por donde vendría el ataque principal. Luego el resto del ejército norteamericano atacaría en masa para aumentar la brecha donde cedieran los mexicanos y así reventar todo su dispositivo militar, persiguiéndolos tanto como fuera posible para evitar que se reagruparan.
La recompensara sería no solo suprimir este ejército del tablero de la guerra con todos sus pertrechos, sino la captura de la ciudad de Xalapa con las ventajas de su clima templado y recursos económicos. Tan agresivo fue este planteamiento, que se dio orden a los regimientos de avanzar y no regresar al campamento de Plan del Río, llevando alimentos para dos días. Solo se quedaron los médicos y ahí fueron llevados los heridos y prisioneros.
Una tropa de la infantería montada de Voluntarios de Tennesee venía desde Veracruz a reforzarles pero no logró participar. Entre ellos venía el soldado de artillería George C. Furber, quien en 1848 publicó su obra EL VOLUNTARIO DE DOCE MESES, donde describe extensamente el campo de batalla de Cerro Gordo, las defensas mexicanas de la meseta y la «batería del camino». Acompañó su texto con varias ilustraciones hechas por un artista tras la batalla y el plano de la misma con el punto de vista del general Scott.
LA BATALLA
El 17 de abril se inició formalmente la batalla, cuando la división del general David E. Twiggs, compuesta por brigadas dirigidas por los coroneles William Harney y Bennet Riley, se movió por los barrancos del norte tratando de flanquear a los mexicanos que tenían cerrados los accesos por los dos caminos ya mencionados. Fueron detectados por las baterías más elevadas y tras varias horas de aciertos y fracasos, los mexicanos les rechazaron frustrando un primer ataque al Cerro del Telégrafo.
Este triunfo fue dado a conocer enseguida a la Ciudad de México, a despecho de que no era definitivo y que las cargas de caballería mexicana habían demostrado ser inútiles debido a los escabroso del terreno, impidiéndoles hacer valer su superioridad y auxiliar a la infantería.
Sin embargo, los invasores se posesionaron del cerro de La Atalaya y durante la noche, Scott emitió órdenes para que Twiggs se abriera camino hacia el oeste a través de bosques densos y cortara el Camino Nacional en la retaguardia mexicana. Con gran esfuerzo subieron a la cima de La Atalaya durante las horas de oscuridad dos baterías de piezas de 24 libras, dos cañones de distinto calibre y dos howitzers (obuses o artillería ligera de montaña). Los emplazaron en batería para bombardear el Cerro del Telégrafo aunque La Atalaya no le dominaba en altura.
Abrieron fuego a las primeras horas de la mañana del día 18 de abril. El bombardeo fue apoyado por un infructuoso ataque contra las tres baterías de la meseta por los voluntarios del general Gideon Johnson Pillow, que culminó en fracaso y con fuertes perdidas de 106 muertos y heridos; principalmente porque la geografía más agreste entorpecía el avance y el ataque no se sincronizó debidamente con el que se hizo al Cerro del Telégrafo. Donde a su vez, los hombres de Harney renovaron su empuje después de lanzar un bombardeo de artillería y cohetes a la Congreve desde las primeras horas de la mañana.
Divididos en tres columnas subieron al Cerro del Telégrafo y asaltaron las posiciones mexicanas hasta superar sus parapetos y trincheras. Obligaron a los mexicanos a huir de las alturas retirándose hacia Xalapa y luego giraron para capturar la «batería del camino», a la que también bombardearon desde la superior altura del Cerro del Telégrafo. En esta fase del combate murió el general Ciriaco Vázquez que estaba a cargo de la posición y numerosos oficiales entrenados. Así, la cadena de mando en el centro de la batalla, entró en desorden y no hubo quien consiguiera retomar con éxito la dirección de las operaciones o montar un contraataque con las fuerzas de la reserva.
El general Twiggs sólo envió a la brigada del general James Shields para cortar el Camino Nacional al oeste, mientras que los hombres de Riley se movían alrededor del lado oeste de Cerro del Telégrafo. La retirada mexicana se convirtió en trágica desbandada cuando Shields la cortó apareciendo sorpresivamente por la retaguardia, superando la «batería de reserva» y usando sus cañones contra las fuerzas de caballería que intentaron presentar resistencia.
Con esta última acción la retaguardia mexicana se derrumbó también, cayendo el cuartel general y sus pertrechos. Los 1 000 soldados de la brigada Arteaga que estaban arribando al campo de batalla, en lugar de combatir se unieron a la avalancha de fugitivos que escapaban hacia Xalapa. Esto impidió reagruparlos para formar un punto de apoyo organizado, que quizá hubiese reducido los efectos negativos de la derrota. Pero con sus generales muertos o en fuga en dos de los tres sectores de la batalla, el valiente ejército mexicano quedó reducido a rendirse o morir sin esperanza de vencer.
Al caer la «batería del camino» se cortó la única vía de escape y así, hacia las diez de la mañana, las victoriosas baterías de cañones en la meseta al mando del general Rómulo Díaz de la Vega, se rindieron al verse faltas de agua, víveres, rodeadas por los dos extremo de la misma y cortada su comunicación con el general Santa Anna. Los prisioneros fueron conducidos a Plan del Río, donde muchos oficiales y soldados se juramentaron a no volver a tomar las armas contra los invasores mientras durase la guerra. No obstante, decenas de ellos se fugaron y regresaron al combate en la primera oportunidad.
El general Santa Anna acompañado de su Estado Mayor, apenas consiguió escapar, dejando en su coche papeles, la prótesis de madera de su pierna perdida en 1838 y la cantidad de 16,000 pesos que había recibido el día anterior para auxilio de las tropas. Esta cantidad fue repartida al día siguiente por el general Scott para ayudar a las viudas de los soldados norteamericanos caídos en la batalla.
Miles de fugitivos lograron escapar por las barrancas siguiendo a sus generales o huyendo por la Carretera Nacional. Fueron perseguidos ese mismo día hasta las inmediaciones de Xalapa por efectivos de las tres armas. Esta ciudad se enteró con seguridad de la derrota cuando a partir de las doce horas comenzaron a arribar los combatientes que disponían de caballos y por la tarde, los infantes de la brigada Arteaga.
La confusión y el desorden de la desbandada fueron tan perjudiciales como el mismo enemigo, pues se abandonaron todos los cañones, las municiones de las armas largas y los jefes no consiguieron hacerse obedecer. Las brigadas de los generales Canalizo y Arteaga sumaban más de 3 000 soldados y de haber podido pararlos en Corral Falso o Dos Ríos, hubiesen podido dilatar por horas o días la ocupación de la capital del estado de Veracruz, que se realizó por la mañana del 19 de abril y después de ocupar la hacienda del Encero.
La excesiva centralización del mando por Santa Anna y la dispersión de sus generales, impidió que se formara una segunda línea de defensa en Xalapa o que se le disputara nuevamente el paso del Camino Nacional a los invasores con las fortificaciones en los cerros que formaban la Garganta de la Joya o la fortaleza de Perote. Pese a tener días después a la brigada de Oaxaca y más fugitivos buscando reincorporarse, nada se hizo, numerosos cañones fueron abandonados y las fuerzas reunidas se dispersaron o se retiraron hacia la ciudad de Puebla.
La derrota mexicana del 18 de abril de 1847 se saldó con 1 000 muertos y heridos, más de 3 000 prisioneros, perdida total de los cañones y pertrechos. Los norteamericanos sufrieron menos de 100 muertos y 365 heridos. El periodista e historiador Carlos María de Bustamante en su obra EL NUEVO BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO publicada en 1847, calculó el saldo de la batalla en 63 muertos y 337 heridos norteamericanos, 1 500 muertos, heridos y desaparecidos mexicanos. Así como en 3 700 prisioneros y la perdida de 40 piezas de artillería, 6,000 rifles y todo el parque, uniformes en reserva y dinero para pagar a la tropa.
También capturaron de 4 a 5,000 armas de infantería, de las que el general Scott ordenó destruir las que eran inútiles por incompatibilidad con las suyas propias, como los pesados mosquetes ingleses fabricados hacia 1812 que aún usaban muchos mexicanos y cuyas balas eran pesadas como la de los cañones de menor calibre.
Contabilizó también la captura de 43 cañones de bronce, de los que tomó algunos de los más ligeros para formar una batería de campaña y los de mayor calibre los dejó en Cerro Gordo, para que de ahí fueran enviados a donde le conviniese. Consideraba que llevar tantas piezas requeriría una brigada y media de sus tropas, así como el uso de todas sus mulas. Esto además era innecesario, pues disponían de su propio tren de cañones de asedio y los carruajes adecuados para su transporte. Es posible que el rápido avance norteamericano haya imposibilitado esos traslados y se vieran obligados a inutilizarlos -tal como era la costumbre en el siglo XIX- llenándolos de tierra, clavando en el «oído» (donde se colocaba el mecanismo de disparo de la carga explosiva que impulsaba las balas). Para posteriormente abandonarlos ocultos o enterrados, recuperarlos en la siguiente oportunidad y evitando así, que no fueran usados por el enemigo.
Junto al general Ciriaco Vázquez, cayeron el coronel Rafael Palacios, los comandantes Prudencio Velasco y José María Osorno; los capitanes Manuel Herrerías, Manuel Palafox, Ambrosio Martínez, Felipe Velázquez, Agustín Sánchez y Antonio Sánchez; los tenientes José María Moctezuma, Ramon Blanco y Ignacio Quintana; y los subtenientes Eusebio Bear, Nicolás de la Portilla y Vicente León, entre muchos otros oficiales entrenados para dirigir tropas regulares o de línea, como también se les conocía.
Con la destrucción del único ejército de línea que México tenia organizado entre Veracruz y la capital del país, el invasor se abrió paso hacia las ciudades de Xalapa y Puebla. Superó la formidable posición de La Joya y ocupó sin combatir el 22 de abril el pueblo y la gran fortaleza de San Carlos de Perote, donde el botín de guerra se integró con 66 cañones y morteros. La guarnición y los restos de las brigadas vencidas en Cerro Gordo, así como los soldados que fueron retirados de La Joya y otros sitios, ascendían a 2 000 hombres. Fueron evacuados el día 20 con todo lo que pudieron llevarse, liberaron a los presos -incluso a los ya sentenciados- y se encaminaron hacia Puebla,.
De abril a septiembre de 1847, se multiplicó la actividad de las guerrillas veracruzanas, que logró causar mayores bajas y perdidas materiales al enemigo, al atacar los convoyes de abastecimientos y municiones que subían de la costa hacia el altiplano. Tales esfuerzos fueron decayendo tras la captura de la Atalaya de la Concepción y el Puente Nacional, así como por la muerte de varios jefes guerrilleros importantes y el fuerte contraataque sobre sus grupos. En todo caso, se registra que la resistencia nunca cesó, pues en febrero de 1848, se voló el puente de un solo arco en Plan del Río para impedir el paso de un convoy norteamericano, pese a que la paz estaba firmándose entre las dos naciones.
El avance norteamericano no estuvo exento de más sangrientas batallas libradas por las valientes guardias nacionales y los batallones de línea sobrevivientes, hasta que la capital cayó el 20 de septiembre de 1847. La guerra finalizó con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo el 2 de febrero de 1848, con la perdida de más de 2,100,000 kilómetros cuadrados del territorio que México poseía en 1821 y la muerte de más de 6 000 nacionales y 13 000 estadounidenses.
EL TESTIMONIO DEL GENERAL SANTA ANNA
Muchos autores de diversas nacionalidades escribieron sobre este combate, dejando testimonios y no escasa cartografía del campo de batalla. Convirtiendo a Cerro Gordo en una de las batallas mexicanas mejor conocidas, con investigaciones históricas que continúan hasta la fecha profundizando aspectos que no se contempla en las obras del siglo XIX, como la vida de los soldados y sus biografías.
El general Santa Anna, tal como hiciera con su derrota en la batalla de Tolome del 3 de marzo de 1832, no le dedicó mucha mención en sus MEMORIAS INÉDITAS publicadas en 1905. En ellas y en escritos posteriores de 1847, adoptó una persistente actitud defensiva para justificar su responsabilidad en este desastre, generado en buena medida por su exceso de confianza, subestimar al enemigo y no escuchar a sus ingenieros:
«Así de suceso en suceso el país iba hundiéndose en un abismo. Entendí mi vista al rumbo invadido, y no percibí preparación alguna que oponer al invasor. El camino pues lo tenia expedito para internarse sin inconveniente alguno. Aspecto tal comprimió mi corazón. Pero ¿Cómo no hacer un esfuerzo para estorbar el paso á ese enemigo, siquiera por honor de la nación? Preferente me pareció el peligro mayor y determiné tomar aquel rumbo. El congreso nombró Presidente interino al General don Pedro Anaya para dejarme expedito. Cerro Gordo fue el punto en que me fijé, para disputar el paso al invasor; fuerte por naturaleza á diez y ocho leguas de Veracruz, en el camino de rueda que el enemigo tomaría, y situado entre las temperaturas caliente y fría, llenaba mi objeto.
Velozmente me coloqué allí. Ninguna obra de fortificación había: peones de mi hacienda del Encero (Lencero) comenzaron á despejar el terreno. Al Teniente Coronel de Ingenieros, don Manuel M. Robles Pezuela encargué los primeros trabajos en los que se ocupó sin descanso. Llegaban fuerzas y material de guerra, subiánse piezas de cañón á las alturas; con la fagina incesante, los atrincheramientos adelantaban, todo estaba en movimiento, hasta que la presencia de los invasores nos interrumpió á los cuatro días.
El General Scott. sabiendo que dando tiempo á la reunión de fuerzas y á los adelantos de la fortificación le seria difícil ó muy costoso el paso por Cerro Gordo, apresuró sus movimientos. Destinó una de sus divisiones á tomar el cerro del Telégrafo [la altura principal], y en toda una tarde no !o consiguió, dejando el terreno cubierto de sus cadáveres. Scott alarmado por ese descalabro, atacó con todas sus fuerzas en la mañana siguiente, la posición fue defendida valerosamente cinco horas; cuatro mil milicianos inexpertos resistieron el empuje de catorce mil veteranos con brillante armamento, causándoles pérdidas considerables; y cuando no pudieron más tan bizarros milicianos se retiraron ordenadamente. por veredas desconocidas del enemigo. El General Scott en el parte á su gobierno referente á la ocupación de Cerro Gordo, exagera en mucho el número de sus defensores, diciendo además que los desalojó de posiciones inaccesibles á la bayoneta»
Debe destacarse que en su afán por reinvindicarse de este terrible desastre, Santa Anna culpó a sus generales, al insuficiente equipamiento de su ejército y a la impericia de sus guardias nacionales. Sus subordinados declararon en su contra y justificaron el valor de los guardias nacionales, pues todos fueron apostados en las tres baterías de la meseta, donde rechazaron con éxito al enemigo y solo se rindieron por orden del general Jarero. que no quiso sacrificar inútilmente a su brigada, cuando se supo la caída del Cerro del Telégrafo. Usando en parte esas declaraciones, que sumadas a críticas previas desde el inicio de la campaña, el 27 de agosto de 1847, el diputado Ramón Gamboa acusó a Santa Anna, de traición:
«Señor: Las afecciones de espíritu que me han agobiado, por las desgracias de mi patria, no me han permitido venir del asilo que he tomado en una casa de mi pertenencia en Tlalpan. La circunstancia de hallarme en esa ciudad, me proporcionó palpar por mis ojos la entrada de los norte-americanos, las batallas que se dieron en las lomas de Contreras y Peña-Pobre, y en el puente de Churubusco; y al mismo tiempo los pasos todos y providencias que dio el general Santa Anna; de manera, que pude formar mi juicio y opinión, acabando de convencerme sobre la inaudita maldad con que ha correspondido a su patria dicho general.
Penetrado de estas convicciones, faltaría a mis deberes si hoy que puedo presentarme en este augusto local, no levantara mi voz volviendo por los derechos de mi adorado país; y en consecuencia hago en toda forma la siguiente acusación, que protesto desenvolver con toda la debida extensión, y sostenerla á todo trance»
Entre las acciones en que se le acusó de traición por sus erróneas disposiciones y por tanto, la responsabilidad por los adversos resultados obtenidos, se mencionan las de Angostura y Cerro Gordo entre otras acciones de guerra. Esto fue esclarecido y Santa Anna exonerado de tan grave culpa. Pero la perdida de la guerra en 1848, a final de cuentas ayudó a acrecentar la triste fama de «vende-patrias» que conserva hasta la fecha y el ser excluido del panteón de los héroes nacionales pese a los innegables servicios y méritos realizados por México a partir de que adoptara el bando insurgente en 1821.
Hasta la actualidad, existen diversas posturas hacia Santa Anna. Desde las que que aseguran que en archivos del ejército estadounidense están las pruebas de su traición innegable a México. Hasta las que argumentan que había engañado a los norteamericanos para regresar a México pasando por el bloqueo naval a los principales puertos del Golfo, prometiéndoles lograr condiciones favorables para finalizar la guerra, económicamente desastrosa e impopular para ambas naciones. Pero lejos de cumplir, se colocó al frente de las tropas mexicanas para defender la soberanía nacional, aunque con más pena que gloria.
Podría alegarse que si bien no fue provocador directo de la perdida de la guerra y la posterior venta forzada del 55% del territorio nacional, pues no firmó personalmente el desfavorable Tratado de Guadalupe Hidalgo; su vanidad, su incompetencia -ya no era el mismo militar brillante de 1829 o 1833- e incapacidad de superar sus rencillas y protagonismos con otros generales en pro del bien común y la tan necesaria unidad nacional, ayudaron mucho a que tan desastroso final se hiciese realidad.
La trágica derrota mexicana fue obra de muchos, desde los generales con aspiraciones políticas, los espías a sueldo de los invasores, soldados que no se unieron a los civiles hasta los conflictos con la iglesia, los gobernadores que no mandaron a sus tropas al combate, no facilitaron paso o no apoyaron a sus guerrilleros debidamente. Pero la responsabilidad del general Santa Santa Anna se coloca en primer lugar, pues era no solo el comandante en jefe del ejército mexicano sino también el presidente de la nación.
Por la derrota se culparon incluso a ilustres extranjeros como el científico Alexander von Humboldt por haber permitido a los estadounidenses que copiaran sus mapas que había obtenido en Nueva España a su paso entre 1803 y 1804. Aunque el sabio prusiano siempre lamentó el mal uso que aquellos le dieron a su trabajo. En los 43 años de diferencia entre su única visita a este país y la guerra con los norteamericanos, decenas de viajeros diplomáticos, militares, artistas, empresarios y gente común tanto extranjeros como mexicanos, viajaron por México y pudieron ir recabando la información actualizada para sustentar muchos de los planes de invasión. Las guerras civiles, cuartelazos, conflictos políticos, el caudillismo y populismo por la presidencia, el mal estado del ejército y la insuficiente preparación de sus oficiales, entre otros muchos males, hicieron el resto.
EL TESTIMONIO DEL SOLDADO ZEH
Por el bando contrario, se tiene el testimonio mucho más extenso de Christopher Wilhelm Friederich Zeh, un soldado de origen alemán, que fue integrante del personal de una batería de cohetes y Howitzers o cañones de montaña, que fue reclutada en Pensilvania en el mes de diciembre de 1846 y que regresó a Estados Unidos en mayo de 1848:
«La esplendida mañana del 17 de abril, nuestro ejército se equipó para el combate. La batería a la que pertenecí recibió la orden de avanzar. Antes de alcanzar la curva con forma de codo anteriormente descrita en el camino militar, giramos a la derecha, pisoteando el camino recientemente abierto por nuestra infantería, mismo que nos llevó a través del bosque sobre la colina y el valle. Nuestra marcha a lo largo de este extremadamente escabroso terreno, esparcido con innumerables troncos de arboles, nos llevó cerca de la montaña Cerro Gordo –llamado El Telégrafo por los mexicanos– hasta detrás de la posición enemiga. Esta montaña tiene un pico y mide aproximadamente mil pies. Tiene demasiadas fortificaciones y en la cumbre el enemigo erigió unas formidables edificaciones, armándolas con ocho armas del más alto calibre. Gracias a su elevación del estilo de una torre, dominaba la línea entera fortificada de los mexicanos, por consiguiente esta era la clave de su formación.
Nuestro avance de infantería inmediatamente atacó al enemigo, intentando ganar un punto de apoyo en la colina frente a la montaña de Cerro Gordo. Un extremadamente animado intercambio de fuego sobrevino, de nuestro lado atacando desde los fusileros hasta el primer regimiento de artillería.
Una estación de primeros auxilios se instaló justo detrás de la posición de nuestra batería. Ahora los cañones en la montaña de Cerro Gordo estaban también tomando parte en la batalla, la cuál se frenó por completo. Por lo que una continua lluvia de botes de metralla trituraba las copas de los árboles detrás de donde estaba localizada la estación de primeros auxilios. Nuestros médicos se esforzaron hasta el límite, mientras el diluvio de heridos incrementaba por minuto. La primer persona llevada ahí fue un alemán al que las balas de cañón le desprendieron un brazo y una pierna. Sobre el personal médico de nuestra división, un cirujano, tan capaz como energético, llevó a cabo las operaciones necesarias en este hombre en un corto plazo. Sin algún grito de agonía, soportó ambas amputaciones con la compostura más grande. Después el doctor aplicó el vendaje, colocó en las manos del soldado un vaso de coñac, mismo que rechazó pidiendo en su lugar un cigarro, al cual le dio el golpe con gran ecuanimidad. Poco después, una montaña de brazos y piernas amputadas estaba apilándose continuamente. Los camilleros tenían sus manos llenas trayendo y cargando a los más graves. Los ligeramente heridos, quienes después de ser vendados podían todavía llegar al campamento sin ayuda, se arrastraron a lo largo del terreno ametrallado por balas enemigas, encorvados, mirando tímida y nerviosamente.
Los siguientes incidentes muestran que puede haber momentos de gracia en medio de la más extrema miseria humana. Un médico joven con gafas no pudo llevar a cabo una amputación. Intentaba ligar sin éxito las arterias de un muslo cuando el médico principal se dio cuenta de sus inútiles esfuerzos. Sin decir una palabra al médico sin experiencia, le dio tal patada en el trasero, que salió rodando. Con rápidos movimientos de mano, él en seguida se encargó del herido. Después, con cortés reverencia, volteó hacia el estupefacto joven médico y dijo que sólo una intervención enérgica pudo haber prevenido al desafortunado hombre de desangrarse hasta morir.
Un capitán de los fusileros se permitió otra entretenida escena. Él daba vueltas alrededor de la estación de primeros auxilios con sus manos sobre el abdomen, quejándose. De manera simpática, el médico principal le preguntó si había sufrido alguna herida abdominal. “Oh no”, el oficial contestó lloriqueando, “Sólo tengo severos dolores de estomago.” El médico inmediatamente le puso en la mano un vaso grande de whisky comentándole que esa no era una buena razón para dejar su compañía, la cuál estaba siendo asediada y que debía regresar con sus hombres sin retraso alguno.
Éste era un lugar para estudios de psicología y yo me tomaré la libertad de mencionar unos cuantos incidentes. Un joven teniente que había recibido una herida de escopeta en la mano, notó con semblante tímido y abatido el gran número de miembros amputados. Después el médico se dirigió a él, diciendo que era su turno, por lo que replicó, “Doctor, por qué mejor no ayudar primero a esos que lo necesitan más; todavía hay tiempo para mí”. Otro médico de apariencia herculeana, muerto de hambre por sus esfuerzos, sin muchos preámbulos le arrebató una pieza de tocino a un soldado que se encontraba parado cerca alimentándose. Con su cuchillo ensangrentado cortó una pieza de tocino, agarró una galleta y consumió su bocadillo con gran gusto.
Hacia la tarde y después de un encuentro muy sangriento, triunfamos en tomar la ya mencionada colina. La batería permaneció en su posición y, junto con el 2º regimiento de infantería, conformamos el flanco extremo derecho de nuestro ejército. De nuestro lado, todas las precauciones fueron tomadas para responder vigorosamente a un ataque nocturno. Aunque, durante la noche, el enemigo sólo hizo un intento de expulsarnos empezando un incendio en el bosque. La llovizna frustró esta maquinación diabólica. Al amparo de la oscuridad, con ayuda de equipos de caballos de un regimiento entero, un arma de asedio fue arrastrada hasta la cresta de la colina capturada. Dos Howitzers de nuestra batería, a la cual no fui asignado, ya habían sido enviados desde la noche anterior.
Jubilosamente le dimos la bienvenida a los primeros rayos del sol al romper el alba. Nuestras raciones estaban agotadas y no quedaba una gota de agua –la despensa estaba vacía. Buscamos manantiales en el área cercana a nosotros sin suerte. Finalmente descubrí un estanque lleno de una masa pútrida, verde amarillenta de consistencia viscosa. Este líquido repugnante podía ser sacado en hebras finas. Mi sed era tan abrumadora que no pude abstenerme de tomar un trago de esta tibia y repugnante infusión.
Al amanecer, las armas en la colina comenzaron a disparar sobre la posición del enemigo en Cerro Gordo. Mientras, a las faldas de éste, una columna de ataque se posicionó bajo el comando del coronel Harney. Tan pronto como el fuego de nuestras armas sobre la colina enmudeció, el coronel se quitó su abrigo, se arremangó las mangas de su camisa, desenvainó su sable y volteó hacia sus soldados, abordándolos con algo como: “¡Vamos, chicos, y demos el amarillo… con un hurra y blandiendo su sable, asaltó el empinado cerro a la cabeza de su columna. Poco después, se desvaneció entre las sombras del bosque. Un repentino fuego de armas y cañones relampagueó desde las fortificaciones enemigas. Como una granizada, las balas crujieron a través de la maleza y aún detonaron en la reserva. Como después supe, más soldados fueron asesinados y heridos ahí que a la cabeza de la columna.
Así nuestros valientes hombres avanzaron en medio de la confusión del fuego y de la muerte. De manera implacable presionaron hacia adelante, con cada paso dejando atrás muertos y heridos, grandes números de estos últimos siendo llevados detrás de nuestras líneas. Con la respiración entrecortada observamos los movimientos de la valiente sección, en la medida que pudimos discernirlos. En corto tiempo tomaron la primer línea de las fortificaciones y, tras una breve pausa, avanzaron hacía el fuerte y a la cima del cerro. Por el pesado cañoneo la cima del monte fue cubierta con una nube de humo. Repentinamente las estruendosas armas se callaron. Una ráfaga de viento dispersó la nube y un entusiasta hurra de nuestro ejército saludó a las estrellas con franjas, que ahora ondeaba desde el fuerte en lugar de la bandera mexicana. Lo increíble había pasado. La audacia irresistible de nuestras tropas tomó por asalto el más majestuoso y resistente bastión del enemigo, cuya única salvación yacía ahora en la retirada.
Con un andar veloz, nuestra batería había avanzado ahora sobre la colina y el valle. En poco tiempo, llegamos al camino militar, a ambos lados de dónde se establecieron los campamentos y tiendas de campaña de los mexicanos en retirada. Era la tarde. Las humeantes ollas todavía estaban suspendidas sobre el fuego y sus contenidos hicieron señas de invitación a nuestros hambrientos estómagos. No había tiempo para descansar, por lo que sólo unos cuantos de nosotros triunfamos en arrebatar algunos bocados calientes mientras marchábamos. Yo estaba atormentado por una sed que me consumía y con curiosa mirada busqué agua. Con sorpresa me encontré con una reserva construida por los soldados mexicanos. El agua contenida se había vuelto viscosa y negruzca por el paso de las tropas que huían. Estaba llena de mexicanos muertos además de cadáveres de caballos. A pesar de todas estas espantosas apariencias, no pude abstenerme de darle grandes tragos a la tibia y contaminada consistencia.
Capturamos grandes números de prisioneros de guerra, a los que se les dio libertad condicional inmediata. Nuestro botín de armas, municiones y otros instrumentos de guerra era considerable. En grandes extensiones, el camino tenía esparcidas armas, bolsas de balas, sables y pedazos de uniformes, pues los pobres sujetos se habían deshecho de todo para poder correr más rápido. Los mosquetes capturados fueron apilados y se les prendió fuego, por no ser valiosos. Estas armas eran muy pesadas y tenían un calibre como el de los cañones pequeños; la única manera de dispararlos era apoyándolos en la cadera de uno. Provenían de las guerras napoleónicas y fueron vendidos a los mexicanos por los ingleses.
Un trofeo de guerra único, fue la pierna de madera de Santa Anna. Montando una mula y siguiendo caminos escondidos, apenas y pudo escapar de la persecución de nuestra caballería.
Nuestras bajas en muertos y heridos fueron sustanciales. Unas cuantas semanas más tarde, mientras nuestra batería marchaba hacia Puente Nacional y cruzó el campo de batalla, tuve la oportunidad de ver muchos cientos de tumbas en las que nuestros valientes hombres encontraron su descanso final. El ejército mexicano se había disuelto totalmente. Los que no habían caído en nuestras manos se dispersaron por los cuatro vientos. El camino a la capital estaba abierto.
Después de la batalla de Cerro Gordo, el cuerpo principal de tropas estadounidenses se traslado aproximadamente diez millas para ocupar el pueblo de Xalapa, capital del estado de Veracruz»
EL LEGADO DEL COMBATE
Quedaron como recuerdos tangibles de la batalla de Cerro Gordo, la torre de telegrafía óptica en la cima de este antiguo volcán extinguido y un solitario monumento edificado en 1947 y dedicado a la memoria del general Ciriaco Vázquez, en las faldas del Cerro Gordo.
Junto al actual Salón Social de este pueblo y a orillas de la calle que antaño fuera el Camino Nacional, descansa un cañón que fue hallado enterrado por el señor Prudencio Escobedo y recuperado con muchos trabajos en 1933 por las autoridades y vecinos del ahora pueblo de Cerro Gordo. Esta y otra pieza de bronce de menor tamaño, fueron halladas en el sitio conocido como «Las trincheras», que correspondería a la posición de una de las dos baterías elevadas que apoyaban a la «batería del camino», guarnecidas por el batallón de Supremos Poderes.
La pieza lleva grabado el nombre de EL CANGREJO. Es un cañón de bronce, diseñado para disparar balas esféricas de 8 libras de peso, mide 2.10 metros de longitud y pesa aproximadamente 487 kilógramos. Es muy seguramente una de las piezas que el general Scott no pudo aprovechar por su alto peso y falta de medios para bajarla de su posición, por lo que fue inutilizada y abandonada durante 86 años.
También existen numerosas piezas metálicas como balas de cañón y mosquete en diversos calibres, cascotes de proyectiles ya detonados, herrajes, etc., que se han recuperado en el Cerro Gordo y en las proximidades de la Carretera Nacional. Se han exhibido en las conmemoraciones organizadas por la Junta de Mejoras de Cerro Gordo a partir de 2017.
Entre el 14 de octubre de 2017 y el 5 de enero de 2019, el Lic. Mario Gaspar diseñó la iniciativa y dirigió 6 expediciones de trabajo de campo acompañado de amigos de Plan del Río, Paso de Ovejas, Veracruz y Xalapa y los miembros de su equipo de Exploración y Estudio del Camino Real Veracruz-México (EXESCR). Con el objetivo de relocalizar el sendero del camino real Viejo que lleva de Plan del Río a Cerro Gordo a lo largo de más de 7 kilómetros atravesando una meseta deshabitada y boscosa donde se situaron las tres grandes baterías mexicanas y donde fue el único sector de la batalla donde las armas nacionales triunfaron impidiendo el avance de los invasores el 18 de abril de 1847.
Tal trabajo de investigación histórica fue muy difícil pues la gente de Plan del Río y Cerro Gordo ya habían olvidado completamente la existencia de este sendero que dejó de usarse a principios del siglo XIX cuando se abrió el camino real Nuevo del Consulado de Veracruz bordeando los accidentes geográficos en lugar de subirlos y atravesarlos directamente, posibilitando el uso continúo de carretas además de las recuas de mulas. Pero estudiando planos militares antiguos tanto estadounidenses como mexicanos, finalmente el 5 de enero de 2019 pudo recorrerlo en solitario, después de reconstruir la ruta etapa por etapa, descartando senderos a los flancos y abajo de la meseta. así como localizar antiguos muros de contención novohispanos construidos para preservar el camino libre de peligrosos deslaves de tierra.
Luego el 14 de abril inauguró el primer recorrido histórico de este sendero con 5 personas y el 20 de agosto repitió con éxito el cruce como parte de su expedición documental «500 años de la Segunda Ruta de Hernán Cortés», que a pie recorrió 146 kilómetros entre Villa Rica de la Vera Cruz (municipio de Actopan) hasta Xico Viejo (municipio de Xico) entre el 14 y 27 de agosto de 2019.
En la actualidad, desde 2020 sigue investigando a profundidad el campo de batalla, estudiando piezas de artillería, balas de cañón y asesorando a historiadores, arqueólogos, investigadores de México y otros países, ayuntamientos y cronistas interesados en el tema de este famoso combate.
* El autor es originario de la ciudad de Veracruz en México. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Veracruzana, técnico en informática por el Centro de Estudios en Computación, investigador y conferencista a nivel internacional en temáticas de historia militar y universal. Tiene diplomados en Gestión Social, Historia del Arte prehispánico, colonial y mexicano, Administración Pública, Escenografía, Fotografía KODAK y muchos otros más. También tiene numerosas exposiciones como fotógrafo profesional y artista en dibujo, pintura y escultura de la Escuela Municipal de Bellas Artes en Veracruz. Desde su infancia se ha dedicado a la escritura, especializándose en el género de crónica, poesía, relatos fantásticos y de época. Desempeñándose como explorador, senderista, capacitador y guía de recorridos históricos, realizando una gran actividad desde 2009 en la Ruta de Cortés y los caminos reales de Veracruz a México. Actualmente apoya en 15 proyectos diferentes con distintas entidades municipales, el Poder Judicial de la Federación en México, asociaciones civiles en Europa y para distintos museos mexicanos. Ha sido programador analista y jefe de sistemas/capacitación en diversas empresas y profesor del área de Humanidades y Cómputo en diversos planteles de Veracruz, Soledad de Doblado y la Universidad Empresarial en Boca del Río. Participa en la revista Taller Igitur en Argentina y el Sitio de Egresados de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana (EFACICO), así como en su sitio personal y grupos de historia, turismo y política en Facebook, Tik Tok y Whatsapp. Pública y participa regularmente en entrevistas y programas para varios medios digitales de México, Xalapa y Veracruz. Es creador del curso-taller fotográfico TÉCNICA Y ARTE con decenas de estudiantes egresados con niveles desde principiante a medio. También asesora y brinda charlas a viajeros, estudiantes, investigadores, ayuntamientos y organizaciones civiles. Es promotor-cultural en las ciudades de Veracruz y Boca del Río e impulsa la práctica del senderismo como forma de vida saludable y herramienta de trabajo investigativo multidisciplinario. Actualmente es miembro e investigador principal del Comité Organizador de la Batalla de Tolome en 1832, coordinador estatal de cultura para el Estado de Veracruz para la Promotora Nacional de Economía Solidaria (PRONAES), director de Investigación, Análisis y Proyección Históricas para el Proyecto Ruta de Cortés perteneciente al Proyecto México del Consorcio Constructor de Empresas Mexicanas (CCEM), miembro de la Directiva de la asociación cultural México Hispano, director-fundador del equipo de Exploración y Estudio del Camino Real Veracruz-México (EXESCR), miembro del Patronato de la Casa de la Cultura de la Ciudad José Cardel, miembro Historiador en la asociación Cronistas de Veracruz, A. C., y presidente-fundador de la Real Academia de las Artes por la Hispanidad que agrupa a artistas y talentos emergentes de la Península Ibérica y los países de Hispanoamérica. Ha sido galardonado con premios en fotografía temática y dos veces con la medalla y el diploma de honor de la Institución de la Superación Ciudadana del H. Ayuntamiento de Veracruz tanto por mérito individual (2014) como por liderazgo en trabajo en equipo (2016) por su rescate de la historia y patrimonio de su ciudad de Veracruz. También ha sido declarado oficialmente «Hijo Adoptivo del Pueblo de Tolome» por la agencia municipal de Tolome y el H. Ayuntamiento de Paso de Ovejas en 2020, así como honrado con el título de «Huésped distinguido» por el H. Ayuntamiento de Puente Nacional en 2023. Su nombre figura en monumentos y placas cuya investigación y colocación ha promovido en pro del rescate de la historia de las poblaciones del camino real. Recibiendo además muchos otros reconocimientos, distinciones y honores por muchos ayuntamientos, el Consejo Empresarial por la Infraestructura de México, el Consejo Cultural Afromexicano de Coyolillo y el Consejo Cultural Ciudadano de Actopan a su continúa actividad profesional por su ciudad y 29 municipios del Estado de Veracruz. Actualmente está nominado para recibir un doctorado honoris causa y la medalla General Emiliano Zapata Salazar por el Consejo Académico Mundial de la Academia Internacional del Centro de Capacitación y Certificación Científico Tecnológico Laboral. Como investigador en historia militar, ha ampliado y/o rescatado la historia en los campos de batalla de Camarón (1863), Tolome (1832), Puente Nacional (1815 y 1847), Plan del Río (1816, 1847 y 1863), Cerro Gordo (1847 y 1862), Las Piletas (1859), Paraje de Carros y Cerro de León (1862), promoviendo conmemoraciones que refuerzan los valores cívicos y patrióticos, así como la creación de museos locales y la preservación del patrimonio. También ha ayudado con su equipo a salvar del deterioro, destrucción y vandalismo numerosos vestigios y estructuras del camino real entre Veracruz y Perote como el fortín de Órdenes Militares, el Puente Jula, el puente antiguo sobre el arroyo de Río Medio, el Torreón del Molino de Viento cerca de Tejería y el muro de contención en Conejos. En la actualidad está apoyando en el rescate de la historia de las localidades de Salmoral, Rinconada, Piletas y la fortaleza de Perote. Como explorador territorial a partir de 2009 especializado en antiguas vías de comunicación, caminando a lo largo de cientos de kilómetros ha organizado, dirigido y guiado las expediciones documentales CAMINO REAL VERACRUZ-MÉXICO (2017 y 2021), CAMINO REAL DE LA ANTIGUA (2018), CAMINO VIEJO DE PLAN DEL RÍO (2019), 500 AÑOS DE LA PRIMERA RUTA DE HERNÁN CORTÉS DE VERACRUZ A VILLA RICA y SEGUNDA RUTA DE HERNÁN CORTÉS DE VILLA RICA A XICO VIEJO (2019) y CAMINO REAL DE TAMARINDO A PASO SAN JUAN (2020). Es diseñador y guía de los recorridos históricos LA CIUDAD AMURALLADA DE VERACRUZ EN 1854 (2014), HISTORIA, ARQUITECTURA E INGENIERÍA EN PUENTE NACIONAL Y PLAN DEL RÍO (2015), BATALLA DE CERRO GORDO (2017), CAMINO REAL VIEJO DE PLAN DEL RÍO A CERRO GORDO (2019), EL TORREÓN DEL MOLINO 1748-2016 (2023) y de la RUTA DE CORTÉS I y II (2021) y RUTA DE LA DIVISIÓN FRANCESA BAZAINE EN 1862 (2022).
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REFERENCIAS ELECTRÓNICAS
Se libra la Batalla del cerro del Telégrafo (Cerro Gordo) contra los invasores norteamericanos; Santa Anna sigue los pasos de quienes le abandonan. Abril 18 de 1847. Memoria política de México, Doralicia Carmona Dávila:
http://www.memoriapoliticademexico.org/…/4/18041847.html
1847 Acusación contra el general Santa Anna. Ramón Gamboa. Agosto 27 de 1847. Memoria política de México, Doralicia Carmona Dávila:
http://www.memoriapoliticademexico.org/…/1847-RG.html





