#RelatosDominicales Personalidad múltiple

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Miguel Valera

Pasamos ese sábado caluroso a comernos unos tacos a la carnicería Hortencia, en Herminio Cabañas 100, casi esquina con Lázaro Cárdenas, en Xalapa. El pidió carne magra y yo dos de sope; es decir, de carnita con la corteza de la piel tostada, que cubrí con salsa de pico de gallo. Desayunar ahí, luego de una noche de farra era lo mejor que podíamos darle al cuerpo.

Lázaro era un tipo muy ocurrente. Era el alma de la fiesta, pero de pronto tenía unos desdoblamientos de personalidad muy cañones, porque de una alegría contagiosa, desbordante, pasaba rápidamente a la depresión. Esa noche, en un table dance en donde amanecimos, lo vi alocado, delirante y de pronto dio el bajón; primero se puso a hablar como niño y luego se soltó en llanto. Yo, que ya conocía esas facetas, lo dejé, mientras apuraba mi black label en las rocas.

El man, como le decíamos en la oficina, porque solía mezclar muchas palabras en inglés en sus conversaciones, tenía tres familias y para mi era un misterio cómo las mantenía. Una de ellas era con una chica que conoció justamente en un table dance. La veía los martes y miércoles, la dejaba que siguiera en esa vida y tuvo dos hijos con ella. La otra era una excompañera de estudios universitarios que vivía del otro lado de la ciudad, con quien tuvo otros dos hijos y a quien veía los jueves y viernes y la “oficial”, quien vivía muy cerca de nuestra oficina, en la zona de Los Berros y a quien visitaba los domingos por las tardes y los lunes, también con dos hijos.

Pero no sólo eso, también se enredó con un chico, Toñito, un chavo que llegó a trabajar con nosotros y que era abiertamente homosexual. Con todo, Lázaro sabía barajar su vida, sus relaciones y su trato con un grupo de amigos que solíamos pasarla bien en lo que fue nuestra primera juventud. En muchas ocasiones que estuve con él hasta el amanecer, me fui enterando de estos ataques, de estos espasmos de personalidad en donde se ponía a discutir con él mismo, cambiando las formas y tonos de su voz.

Yo no entendía eso. Siempre pensé que eran efectos del alcohol o sobresaltos de su personalidad o “ataques de paroxismo”, como les llamaba otro colega de parranda. Nunca nos imaginamos que tenía problemas de “personalidad múltiple” hasta que un día, otro amigo cercano nos confesó de sus terapias psicológicas y del estado avanzado en el que se encontraba. Fue en ese entonces que recordé la historia de Shirley Ardell Mason, que noveló Flora Rheta Schreiber en el libro Sybil.

La historia, que ha sido contado en dos cintas, habla de la vida de una chica que para superar los abusos sexuales de los que fue objeto por su propia madre, crea personalidades que salen en su defensa. Yo, la verdad, desconozco de la infancia y de la vida familiar de Lázaro, pero estoy seguro que algo había de fondo con sus sobresaltos. La última vez que lo vi fue en un hospital. Varios amigos acudimos con dulces y flores. De pronto, en un espasmo de lucidez me sonrió y me dijo ¿otro black label? Le sonreí, pero de inmediato su mirada se perdió. Desde ese día no he vuelto a saber de él.

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