(Una excursión a Aix en Provence)
Juan José Barrientos
En 2016 estuve cuatro meses en Paris para realizar una investigación acerca de Ribeyro, gracias a un “apoyo especial” del FONCA, y antes de regresar hice un viaje a Aix en Provence para aprovechar un pase para viajar en tren que me quedaba.
Los TGV (trenes de gran velocidad) permiten trasladarse de Paris al Mediterráneo en tres o cuatro horas, cuando a fines del siglo XVI se requerían varios días para hacer el viaje, y Madame de Sevigné se tardó incluso 2 semanas. Ahora, en cambio, se puede ir desde Paris a Montpellier o Aix en Provence y regresar el mismo día.
En Aix, lo primero que hice es preguntar por el atelier de Cézanne y tomé luego un autobús que me dejó a unos 50 metros.
Se trata de una construcción de 2 pisos sobre una ladera y rodeada de árboles y plantas,
que me gustó mucho.
En el rellano vi un ropero igual a los de la casa donde crecí y luego el estudio, mucho más alto que la planta baja y con un gran ventanal.
Bajé luego y me acabé de comer un sándwich de pato que llevaba, disfrutando ese momento de paz.
Después, fui a una antigua capilla para ver una colección de Picassos, y en alguna parte vi una frase del malagueño: “Yo solo he tenido un maestro… Cézanne”.
Recorrí luego las calles y las plazas, pero después de más de tres meses en Paris, tenía los pies llenos de ampollas y maltratados, por lo que me ponía curitas y tomaba aspirinas, cuando sentía las piernas adoloridas.
Por eso decidí ver una película sobre Cézanne en un museo.
El pintor, que nació en Aix, se trasladó en cierto momento a Paris, animado por su compañero de escuela y amigo Emile Zola, pero regresó más tarde a la Provenza.
Se casó con una modelo que se aburría mucho en Aix y se regresó a vivir a la capital con el hijo de ambos; él se quedó.
Sorprendido por una tormenta en las montañas, enfermó de neumonía y falleció.
Volví a la terminal donde debían tomar el autobús a la gare del TGV que está a varios kilómetros, en los cerros, y luego el TGV a Paris.
Ya en el vuelo de regreso a México, leí en una revista un artículo sobre Cézanne y Zola, que en una de las novelas de Les Rougon Macquard lo retrató como un artista obsesivo que al final se suicida.
El pintor se reconoció en el protagonista del relato, que al principio también tiene rasgos de Manet, pues uno de sus cuadros recuerda el famoso Déjeuner sur l’herbe; le dolió mucho que Zola lo describiera como un fracasado.
Su muerte en aquel paraje donde siguió pintando a pesar de la tormenta que se anunciaba tiene, sin embargo, algo de suicidio.






