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El Premio Nobel de la Ingratitud

Luis Gastélum Leyva

El mundo de los escritores también tiene su hipódromo: el Premio Nobel de Literatura: exacta, trifecta y superfecta. Las quinielas en sus diversas modalidades de apuestas en la carrera por el máximo galardón de las letras universales arrojan en estos días previos a su concesión –se otorga este jueves– los nombres de quienes con derechos lo merecen, los eternos candidatos y otros que se suman cada año a los caballos pura sangre de la literatura. Nadie sabe a ciencia cierta el criterio preciso de selección de los 18 gélidos integrantes de la AcademiaSueca, a la cual suelen atribuírsele misteriosos y ocultos métodos para la designación del ganador. Jamás revelan más de lo necesario ni comentan sobre nombres concretos y repiten con obstinación el criterio de calidad literaria como punto central de la decisión, rechazando toda opinión de los “expertos” y pitonisos. Unos dicen que la elección de entre las 250 propuestas promedio de cada año se hace de acuerdo a las circunstancias políticas o religiosas de tal o cual zona del planeta, o si debe ser del Tercer Mundo o una etnia remota para compensar la supremacía de los países desarrollados, otros dicen que se hace conforme a un balance entre sexos o que se inclinan por un representante de un idioma minoritario. Lo cierto es que en el proceso de selección que realiza la Academia Sueca a partir de su primera reunión en febrero, a estas alturas de octubre ya es más que sabido el nombre de quien el próximo 10 de diciembre, fecha en que se conmemora la muerte de Alfred Nobel, el inventor de la pólvora, habrá de acudir a Estocolmo para recibir de manos del Rey de Suecia una medalla de oro, un diploma y un cheque por más de un millón de dólares. Pero al final de cuentas ¿cuál es en realidad el significado de recibir el Premio Nobel de Literatura? Además, claro está, del atractivo de multiplicar las ventas de una manera vertiginosa y ser traducido a los más remotos idiomas. ¿Por qué a pesar de ser continuamente criticado como elitista, caprichoso, ilegítimo, posee tanto prestigio? Hasta ahora, con la excepción de Jean Paul Sartre en 1964, nadie lo ha rechazado, de lo que muchos años después el autor de La nausea se arrepintió y solicitó recibir la suma correspondiente al premio, pero le fue negada. El Nobel de Literatura es en realidad un premio concedido por un grupo mínimo de escritores y críticos completamente desconocidos para el mundo, con sede en la capital de un recóndito país escandinavo. ¿Con qué legitimidad pueden un puñado de señores, y unas pocas damas, corear al campeón mundial de la literatura? ¿No es todo premio relacionado con manifestaciones artísticas arbitrario? ¿Es el Nobel más caprichoso o pretencioso que otros premios literarios? ¿O será tan prestigioso justamente por la fama de los suecos de ser insobornables y minuciosos? ¿O porque está tan documentada la seriedad del proceso? ¿Por qué un premio ideado por el empresario Alfred Nobel, sin conocimientos específicos en el campo de la literatura, resultó el galardón literario más codiciado? Otro de los misterios de ese país misterioso que es Suecia es que dejó morir a su propio autor August Strindberg sin el Nobel y en cambio galardonó en la primera edición del premio, en 1901, al poeta francés Sully Prudhomme. Coincidentemente, cuenta Max Vergara en su interesante blog, que cuando el Premio Nobel se estableció hace 119 años, muchos de los grandes maestros del siglo XIX aún vivían. En vez de glorificar el primer premio con el nombre de Tolstoi o Chéjov, Meredith o Swinburne, Hardy o Zola, Twain o Henry James, o incluso aquellos dos gigantes nórdicos de Strinberg e Ibsen, la Academia Sueca se inclinó por un nombre desconocido más allá de los límites de París. La carta de 42 escritores suecos de entonces desdeñando a Prudhomme y rindiéndole honor a Tolstoi no es expresión gratuita de la ingratitud con la que se otorga el codiciado reconocimiento. Otras veces se ha galardonado a escritores cuando ya casi están en el olvido, como Faulkner en 1949 (en una doble ceremonia con Bertrand Russell) y a Hemingway en 1954, cuando ya la chispa de la inspiración hacía mucho los había abandonado. El mismo Hemingway dijo que “aquella cosa sueca” era la mejor fórmula para sepultar eternamente la carrera de un escritor. T. S. Eliot (1948), que consideró el premio más un epitafio que un honor, escribió: “El Nobel es el boleto sin regreso para el funeral de uno mismo; nadie ha servido para algo bueno tras ganarlo”. Albert Camus (1957), como muchos otros escritores, se sintió culpable de recibir el premio tras un preocupante “periodo de esterilidad mental” y se deprimió al “ganarlo por nada”. Derek Walcott (1992) lo llamó “el beso de la muerte”. V. S. Naipaul (2001), el más sincero de los escritores en cuanto al arte de escribir, no publica nada de valor desde 1992 y después del premio se siente más infeliz que antes. Y la sentencia premortem de Harold Pinter, quien había dicho que si alguna vez ganaba el Nobel no escribiría ni una sola pieza de teatro nunca más. Y lo cumplió: lo ganó en 2005 y murió la Navidad de 2008. El mismo Gabriel García Márquez (1982) decía, en broma y en serio, que lo único para lo que le sirvió el galardón fue para no hacer colas. Además, sobre la Academia Sueca pesan los grandes olvidados: Rilke, Musil, Kafka, Broch, Conrad, Forster, Joyce, Woolf, Lawrence, Orwell, Stevens, Frost, Pound, Proust, Malraux, Nabokov, Wells, Huxley, Graves, Murdoch, Hughes, Fitzgerald, Tennesse Williams, Miller, D’Annunzio, Di Lampedusa, Levi, Brecht, García Lorca, Cavafy, Kazantzakis, Pessoa, Mishima, Cortázar y, por supuesto, nuestro genial Rulfo, entre muchos otros. Pero sobre todo prevalecerá en la conciencia gélida de los académicos suecos un olvido imperdonable: Jorge Luis Borges, de quien se dice ya había sido el elegido en 1976 pero de última hora fue sustituido por el estadounidense Saul Bellow por un rumor con tintes de parodia. Dos años antes de que a él mismo le fastidiaran la vida con el Nobel, García Márquez contó: “La versión más corriente entre escritores y críticos es que los académicos suecos se ponen de acuerdo en mayo, cuando se empieza a fundir la nieve, y estudian la obra de los pocos finalistas durante el calor del verano. En octubre, todavía tostados por los soles del Sur, emiten su veredicto. Otra versión pretende que Jorge Luis Borges era ya el elegido en mayo de 1976, pero no lo fue en la votación final de septiembre. En realidad, el premiado de aquel año fue el magnífico y deprimente Saul Bellow, elegido de prisa, a pesar de que los otros premiados en las distintas materias eran también norteamericanos”. Y, genialidades supremas aparte, un elemento que unía a la literatura de Bellow con la de Borges era su humor. Por eso, los suecos no entendieron el salero porteño del autor de El Aleph en su audiencia solemne con el General Augusto Pinochet unos días antes de la designación del Nobel de aquel año y borrarlo de un plumazo para siempre como pronóstico del premio, sólo porque Borges, en un desdichado discurso ajeno a su literatura magistral, se atrevió a resaltar “el honor inmerecido de ser recibido” por el dictador chileno y, sin que se lo preguntaran, afirmar que “en Argentina, Chile y Uruguay se están salvando la libertad y el orden”, para rematar: “Ello ocurre en un continente anarquizado y socavado por el comunismo”. Para García Márquez “era fácil pensar que tantas barbaridades sucesivas (de Borges) sólo eran posibles para tomarle el pelo a Pinochet”, pero la acritud y el carácter rígido de los académicos suecos no lo entendieron así y, en ese momento, hubo necesidad de echar mano de alguien para designar al galardonado y ese fue Saul Bellow. Para este año, las casas de apuestas y los expertos del sector barajan como posibles ganadores al keniano Ngugi Wa Thiong’o. En castellano, el único nombre que suena es el del español Javier Marías. Otra lista de favoritos que se ha repetido en los últimos años la encabeza el japonés Haruki Murakami, el albanés Ismail Kadaré, Joyce Carol Oates, el noruego Jon Fosse y los estadounidenses Joyce Carol Oates y Philip Roth. El japonés Murakami, por ejemplo, es el favorito de la casa de apuestas Ladbrokes y un permanente finalista del galardón. También se rumorea de la posibilidad de que se premie a un escritor en idioma italiano, y para ellos hay un favorito: el narrador Claudio Magris, a quien en 2004 se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (el último italiano en ganar el Nobel fue el dramaturgo Darío Fo, en 1997). Según las probabilidades por los premios entregados en los últimos años, el ganador de esta versión debiera ser mujer, ya que el anterior (controvertido) ganador fue el australiano Peter Handke y las alternancias juegan un papel importante en la Academia sueca, a decir del diario chileno La Tercera. Además, el idioma ganador podría no ser inglés y quizás tampoco español, por lo que adquieren fuerza las candidaturas del keniano Ngugi Wa Thiong’o y el poeta sirio Ali Ahmad Said (Adonis). Del mundo occidental, quien corre con fuerza es el escritor checo Milan Kundera, quien además ha logrado gran repercusión con su última novela, La fiesta de la insignificancia, su primer libro en 14 años. Otros que podrían tener opciones es el anglo-hindú Salman Rushdie, el portugués Antonio Lobo Antunes, el estadounidense Don DeLillo, el coreano Ko Un, el chino Yan Lianke y la canadiense Margaret Atwood. En fin, y aunque en la lista no aparecen muchos otros, escritores y poetas de un mundo raro y lejano a las heladas decisiones de la Academia Sueca figuran en la pista del hipódromo del Nobel de Literatura. Así, el paddock está listo para este jueves. Hagan sus apuestas porque “¡Arrrrrrancan!”.

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