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La otra pandemia

Angélica López Martínez

HABLAR DE MUERTE

A finales del año pasado la pesadilla dio comienzo cuando de la nada, en la lejana y fría Wuhan, surgió una nueva cepa de Coronavirus, familia de patógenos emparentados con la gripe estacional y los tipos más peligrosos como la H1N1 responsable de la Dama Española y la porcina de 2009 en México, así como la aviar.

De procedencia zoonótica, el SARS-CoV-2 no solo se quedó en esta provincia del comunista y poblado país asiático, sino que dio origen a la Covid-19, invadiendo el resto del mundo trocándose en un abrir y cerrar de ojos, de epidemia a pandemia dejando un rastro de pánico, dolor y muerte.

Con más de 20,1 millones de contagios y 737.00 decesos en el mundo al día de ayer martes 11 de agosto, el coronavirus esparce no solo la infección, también el miedo recién descubierto a la muerte, a dejar de existir.

Al año mueren millones de seres humanos, tal vez muchos más que estos números de escándalo que reporta día a día el SARS-CoV-2; entonces, ¿porque de pronto tenemos tanto pánico a que nuestra existencia finalice abruptamente?

Tal vez antes íbamos por la calle expuestos a los virus, muchos de ellos más agresivos y mortales que este coronavirus, apenas uno de los siete que enferman a los seres humanos y no teníamos miedo. Al nacer quedamos a merced de bacterias, patógenos, contaminación hasta fenómenos climatológicos y sobrevivimos, ahora solo sabemos escribir, hablar, contar y hacer estadísticas de cadáveres.

Por ejemplo, apenas del árbol genealógico de los coronavirus, llamados así por sus picos o espigas en forma de corona en la superficie; se enumeran los siguientes, 229E (alfa coronavirus), NL63 (alfa coronavirus), OC43 (beta coronavirus) y HKU1 (beta coronavirus) que por lo regular provocan enfermedades respiratorias leves a moderadas. Así mismo el MERS-CoV (coronavirus del síndrome respiratorio del medio oriente) y SARS-CoV (coronavirus del síndrome respiratorio agudo severo) causan cuadros médicos graves, y son al lado del SARS-CoV-2 de origen zoonótico, o sea que, del murciélago, el cerdo y la gallina brincaron al ser humano, con la ayuda de un animal huésped. Y ellos no se irán.

No importa cuánto ‘sanitizemos’ -un nuevo barbarismo lingüístico del mexicano-, nos lavemos las manos, ensartemos el cubrebocas ya sea N-95 o de modesta tela reutilizable o embarremos paranoicamente de gel aquí y allá; la COVID-19 finalmente vendrá por nosotros, porque es la única manera de alcanzar una inmunidad colectiva ante la ausencia de vacuna, pese al rimbombante anuncio de Rusia, la OMS tiene sus reservas y preferencias políticas.

Entonces, ¿a qué le tememos? Vivir es una aventura inexplicable, morir es un instante efímero y después no queda nada, únicamente el desesperado anhelo de ver a esa persona querida con sangre caliente en las venas, y no mostrando las puntas de los dedos azuladas. Tal vez nos provoque tanto pavor e insana incertidumbre no saber si somos los siguientes porque exactamente hemos desperdiciado el tiempo, sin sacarle el máximo provecho, del lado de la ribera donde mana el agua mansa, en vez de buscar saltar sobre el vado violento. Siempre será mejor guardar la última canica que jugársela en el volado final.

Para no tener tanto pavor al desenlace fatal al que orilla la Covid-19 a aquellos que padecen sus comorbilidades favoritas con las cuales se ha asociado, como son la Diabetes, Hipertensión y la Obesidad, deberíamos saber de antemano que no somos eternos y que el tiempo en este hermoso planeta Tierra que nos empeñamos en agredir, es regalado, no comprado. Aprovechar al máximo, al límite de nuestra capacidad cada segundo, minuto, hora; para que al fallecer dejemos una dulce brisa tras el ataúd que arrope el sueño apacible de quien no se marcha para siempre, tan solo cambia de plano astral.

En vez de ello tiramos por la borda oportunidades, no conseguimos sueños y nos quedamos a la zaga, siendo la sombra de los éxitos de otra persona. Quizás por eso tememos tanto a la muerte, y apenas hoy acabamos de tomarle el respeto que jamás le tuvimos.

A donde te dirijas, descansa en paz. Estamos en paz, ya no más miradas furtivas.

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