EL AMOR QUE TERMINÓ CONVIRTIÉNDOSE EN MUERTE
Por Gabriel García Márquez
Hay noticias que indignan, otras que entristecen y algunas que, además de provocar impotencia, obligan a preguntarnos qué está pasando con nuestra sociedad. Los asesinatos de Cristina Ramos Argüello y Darla Karina Báez Cruz, ocurridos en menos de un mes en Coatzacoalcos, pertenecen a esta última categoría.
Dos mujeres jóvenes, con historias diferentes, sueños, aspiraciones y toda una vida por delante, terminaron asesinadas brutalmente, presuntamente a manos de quienes fueron sus parejas sentimentales. Ambas murieron por heridas provocadas con arma blanca. Y mientras sus familias enfrentan una pérdida irreparable, los hombres señalados como probables responsables continúan prófugos.
El 15 de octubre fue localizada sin vida la doctora Cristina Ramos Argüello, de 34 años, en su domicilio del fraccionamiento Santa Cecilia. Una profesionista de la medicina que dedicaba su vida a cuidar la salud de los demás y que, de acuerdo con testimonios difundidos después de su muerte, habría vivido una relación marcada por los celos y las actitudes posesivas de su expareja, un joven de 21 años.
La fiscalía general del Estado obtuvo posteriormente una orden de aprehensión contra Lenin Salvador “N”, señalado como probable responsable. Sin embargo, hasta el momento de esta publicación no se ha informado de su captura.
Apenas el miércoles 4 de noviembre, Coatzacoalcos volvió a estremecerse con el asesinato de Darla Karina Báez Cruz, de 25 años, quien fue encontrada sin vida en su departamento del fraccionamiento Villas de Santa Martha, con lesiones provocadas por arma blanca. Su pareja sentimental fue señalada en los primeros reportes como probable responsable, aunque las autoridades no habían confirmado oficialmente su identidad ni informado de alguna detención.
Dos historias, dos mujeres asesinadas y una pregunta que sigue sin respuesta: ¿cuántas mujeres más tienen que morir para que entendamos la gravedad de la violencia que se ejerce contra ellas?
EL AMOR NO ES PROPIEDAD
Ninguna relación sentimental puede estar por encima de la libertad, la dignidad y el derecho a vivir de una persona. Sin embargo, todavía existen hombres machistas que confunden el amor con la posesión, los celos con una demostración de cariño y el control sobre sus parejas con una supuesta autoridad que nadie les ha concedido. Es preocupante que algunas relaciones comiencen con expresiones de afecto y terminen convertidas en escenarios de violencia extrema.
El problema es que muchas de estas conductas se minimizan. Se justifican los celos, se toleran las prohibiciones, se aceptan las revisiones del teléfono, las amenazas y las imposiciones, como si fueran manifestaciones normales de una relación.
Cuando alguien pretende decidir cómo debe vestir su pareja, con quién puede hablar, a dónde puede ir o incluso si tiene derecho a terminar una relación, estamos frente a señales de una conducta de control que no debe confundirse con el amor.
Y cuando esa violencia escala hasta el asesinato, ya no estamos hablando de una discusión de pareja, de un arrebato sentimental o de un crimen pasional. Estamos hablando de una vida arrebatada y de un delito que debe investigarse y castigarse. Por cierto, ninguna mujer tiene la obligación de permanecer al lado de un hombre por miedo a sus reacciones. Terminar una relación no puede convertirse en un riesgo de muerte.
DOS CRÍMENES Y UNA JUSTICIA QUE NO LLEGA
Pero la indignación no termina con la brutalidad de los asesinatos. En el caso de Cristina, existe una orden de aprehensión contra quien fuera su pareja. Es decir, hay un mandamiento judicial que debe cumplirse. La pregunta es por qué, el señalado continúa prófugo.
En el caso de Darla Karina, las primeras investigaciones y versiones periodísticas apuntan hacia su pareja sentimental, pero la Fiscalía tiene la responsabilidad de esclarecer los hechos, confirmar las líneas de investigación y actuar para localizar y detener a quien resulte responsable.
No se trata de exigir detenciones a cualquier precio ni de sustituir las investigaciones ministeriales por juicios en las redes sociales. Se trata de exigir que las autoridades hagan su trabajo con eficacia, que no pierdan tiempo y que utilicen todos los recursos disponibles para que estos crímenes no queden impunes.
Mientras tanto, las familias de Cristina y Darla tienen que enfrentar no solamente el dolor de haber perdido a sus seres queridos, sino también la incertidumbre de no saber cuándo habrá justicia, lo cual resulta inadmisible.
La fiscalía general del Estado, las corporaciones ministeriales y las instituciones encargadas de la seguridad tienen una responsabilidad que no puede reducirse a emitir comunicados o informar que las investigaciones continúan. La sociedad necesita resultados, especialmente cuando existen personas señaladas y elementos que deben ser investigados.
NO PODEMOS ACOSTUMBRARNOS A LOS FEMINICIDIOS
Hay otro aspecto que merece nuestra atención: el peligro de acostumbrarnos a estas noticias. Cada vez que una mujer es asesinada, las redes sociales se llenan de mensajes de indignación, fotografías, exigencias de justicia y condenas. Durante algunos días, el caso ocupa los espacios informativos y después aparece otra noticia que desplaza a la anterior.
Detrás de cada asesinato hay una historia interrumpida, una familia destrozada, amigos que no volverán a ver a una persona querida y sueños que jamás podrán cumplirse. Cristina y Darla Karina no pudieron cumplir sus sueños. Eran dos mujeres jóvenes que tenían proyectos, ilusiones y toda una vida por delante. Sus aspiraciones fueron truncadas por quienes decían amarlas con toda el alma, pero que terminaron arrebatándoles lo más valioso que tenían: la vida.
Es quizá la contradicción más dolorosa de estos crímenes: que alguien que prometió amor terminara convirtiéndose en el principal peligro para la mujer que decía amar. Cristina tenía una profesión y una vocación de servicio. Darla Karina tenía apenas 25 años y también tenía aspiraciones personales y un futuro por construir, era una mujer luchona y que quería ingresar a la Marina.
Ninguna de las dos merecía ese final. Por eso es importante que la sociedad no guarde silencio, que las familias de las víctimas reciban acompañamiento y que las autoridades no permitan que el paso del tiempo termine diluyendo la exigencia de justicia. También es indispensable fortalecer la educación desde casa, enseñar a nuestros hijos que las mujeres no son propiedad de nadie, que el respeto no se negocia y que ninguna forma de violencia puede justificarse.
LA IMPUNIDAD TAMBIÉN ES UNA FORMA DE VIOLENCIA
Toda vez que hablamos de feminicidios, solemos concentrarnos en el momento de la agresión y en la identidad de quien presuntamente la cometió. Pero también debemos hablar de lo que sucede después. Una investigación que no avanza, una orden de aprehensión que no se ejecuta y un presunto responsable que permanece prófugo prolongan el sufrimiento de quienes esperan justicia. La impunidad envía un mensaje peligroso: que es posible arrebatarle la vida a una mujer y escapar de las consecuencias.
Por eso, los asesinatos de las jovencitas Cristina Ramos Argüello y Darla Karina Báez Cruz no deben quedar en el olvido ni convertirse en dos expedientes más de la larga lista de crímenes contra las mujeres.
Coatzacoalcos necesita respuestas. Veracruz necesita resultados. Y las familias de ambas víctimas merecen saber que estos feminicidios no quedarán impunes. No basta con lamentar lo sucedido, tampoco con expresar solidaridad en las redes sociales. Es necesario que las instituciones cumplan con su obligación y que quienes resulten responsables enfrenten la justicia y reciban un verdadero castigo que sería la cárcel de por vida. Porque amar no significa poseer, controlar ni someter. Ninguna mujer debe tener que elegir entre terminar una relación y conservar la vida. Y ningún hombre puede sentirse dueño del destino de una mujer al grado de decidir si vive o muere, con la terrible frase “si no eres mía, no serás de nadie”.
Cristina y Darla Karina ya no podrán realizar sus sueños, abrazar a sus seres queridos ni disfrutar de las oportunidades que la vida todavía tenía para ellas. Sus historias terminaron de la manera más cruel e injusta.
Lo mínimo que les debemos es no olvidarlas, exigir justicia y evitar que sus nombres se conviertan en una estadística más.
Porque ninguna mujer debería pagar con su vida el precio de querer ser libre o se amar y ser amada. Y porque una sociedad que permite que estos crímenes queden impunes termina siendo cómplice con su propio silencio.




