
- En el IX Congreso Internacional de Estudiantes de Posgrado en Arquitectura y Urbanismo, Julián Salvarredy, académico argentino, cuestionó las bases hegemónicas de la disciplina
- Señaló que en América Latina la desigualdad territorial y habitacional no es diversidad, sino expresión de una distribución injusta del espacio y la riqueza
David Sandoval Rodríguez / Fotos: Luis Fernando Fernández
Xalapa, Ver.- La arquitectura y el urbanismo en América Latina no pueden seguir pensándose al margen de la desigualdad estructural que marca a la región, sostuvo el académico argentino Julián Salvarredy durante su participación en IX Congreso Internacional de Estudiantes de Posgrado en Arquitectura y Urbanismo (CIEPAU) “Habitar la transición”, organizado por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana (UV).
En su charla virtual “Hacer arquitectura en la ciudad desigual”, el integrante del colectivo “Habitar” y del Centro de Investigaciones de Transformaciones Territoriales de la Universidad de Buenos Aires, propuso una lectura crítica de la práctica disciplinar, al advertir que buena parte de la formación y del ejercicio profesional ha contribuido históricamente a reproducir injusticias territoriales, habitacionales y laborales.
Desde esa perspectiva, planteó que el principal desafío contemporáneo no es sólo técnico o proyectual, sino ético, social y político que consiste en construir un territorio más justo y democrático en una región donde millones de personas habitan en condiciones de déficit habitacional, muchas de ellas en escenarios críticos.
Salvarredy enfatizó que la desigualdad no debe confundirse con diversidad o heterogeneidad, sino entenderse como una expresión de injusticia en la distribución del espacio, la vivienda y la riqueza.
Frente a ello, cuestionó las visiones hegemónicas que colocan al arquitecto como “figura individual, masculina, técnica y jerárquicamente superior, con capacidad exclusiva para imaginar y decidir el espacio”.

Afirmó que esa concepción no sólo limita la participación de otros actores, sino que también impacta en la manera en que se organiza el trabajo en la arquitectura y el urbanismo, dado que, con frecuencia, los procesos de obra se estructuran de forma fragmentada, bajo relaciones verticales, con distribución desigual del poder, del conocimiento y de la remuneración.
“No puede naturalizarse como única forma de producción”, sostuvo al referirse a esos modelos que, dijo, “terminan reproduciendo formas de vida cotidiana marcadas por la subordinación, la explotación y la pérdida de sentido del trabajo”.
Como alternativa, el académico propuso avanzar hacia una gestión democrática del hábitat y del territorio, basada en principios como lo colectivo, lo social, la participación, la inclusión, la igualdad y la perspectiva ambiental.
En ese horizonte, destacó la necesidad de reconocer que todas las personas han contribuido históricamente a construir la ciudad y, por tanto, tienen derecho a intervenir en la definición de su casa, su barrio y su entorno urbano.
Retomando el concepto de derecho a la ciudad, explicó que éste implica no sólo acceso al espacio urbano, sino también derecho a la obra, a la apropiación y a la participación consciente en las transformaciones territoriales, en contraste con una visión centrada exclusivamente en la propiedad o en la decisión técnica especializada.

Durante su intervención compartió parte de la experiencia de Habitar, colectivo surgido hace más de 15 años en Argentina, desde el cual han impulsado procesos de mejoramiento habitacional y barrial, gestión territorial, construcción colectiva de vivienda y formación crítica en arquitectura, urbanismo, hábitat y territorio.
A partir de ese recorrido, señaló que una transformación espacial verdaderamente justa no depende únicamente del resultado final como pueden ser una vivienda, un barrio o una ciudad mejor diseñados, sino del modo en que se desarrolla el proceso. Es decir, que la producción del hábitat también debe construirse con criterios democráticos, cooperativos y equitativos.
Julián Salvarredy convocó a estudiantes, docentes y profesionales a revisar el sentido de su práctica y a preguntarse para quién, con quién y desde dónde se hace arquitectura, en un contexto latinoamericano que exige respuestas comprometidas con la justicia social y territorial.




