Reflexiona el padre José Manuel Suazo sobre la «arrogancia y la humildad» en el Evangelio dominical

    • «El que se ensalza a sí mismo será humillado», indica el párroco de San Miguel Arcángel en Perote.

    Al reflexionar este XXX Domingo Ordinario en la parábola del publicano y el fariseo, el padre José Manuel Suazo Reyes, párroco de San Miguel Arcángel en Perote, llama a la humildad frente a la actitud arrogante, común, de los seres humanos.

    Dice san Lucas que Jesús contó esta parábola porque había algunos que “se sentían ser justos y despreciaban a los demás”, se trata entonces de una parábola que tiene como destinatarios a los presuntuosos, es decir a personas que tenían de sí mismo y de sus obras una excesiva autoestima y como consecuencia adoptaban actitudes de desprecio hacia los demás, indica el clérigo católico, ex vocero de la Arquidiócesis de Xalapa.

    «El fariseo hacia cosas buenas y justas, el publicano en cambio hacía cosas malas. El problema del fariseo es que su estilo de vida le llevó a la presunción y al desprecio de los demás. El publicano en cambio, reconociendo su miserable vida como un pecador, obtuvo la misericordia. Jesús dice en el evangelio el que se humilla a sí mismo será engrandecido, el que se ensalza a sí mismo será humillado», asienta el presbítero católico, especializado en Sagradas Escrituras.

    Aquí compartimos su pieza homilética, para atender el interés de nuestros lectores:

    «Lámpara es tu Palabra para mis pasos, una luz en mi sendero» (Sal 119, 105)

    XXX Domingo Ordinario. Ciclo C

    LA ARROGANCIA Y LA HUMILDAD

    Pbro. José Manuel Suazo Reyes

    El evangelio de este domingo nos presenta la parábola del publicano y del fariseo. Dos personajes que suben al templo para orar. Son dos maneras de presentarse ante Dios. Una que muestra la humildad del que ora y suplica misericordia y otra que manifiesta una actitud arrogante y presuntuosa y que parece no necesitar de Dios.

    Dice san Lucas que Jesús contó esta parábola porque había algunos que “se sentían ser justos y despreciaban a los demás”, se trata entonces de una parábola que tiene como destinatarios a los presuntuosos, es decir a personas que tenían de sí mismo y de sus obras una excesiva autoestima y como consecuencia adoptaban actitudes de desprecio hacia los demás.

    Como ejemplo típico de presunción, Jesús presenta a un fariseo que va al templo para la oración. Lejos de hacer una oración piadosa, empieza a describir una serie de acciones como el ayuno, su comportamiento, el pago del diezmo… que revelan su autocomplacencia. Son sin duda cosas buenas y justas, el problema es que eso le sirve para pavonearse como si no tuviera necesidad de la misericordia divina. La conclusión es que se regresa a su casa sin haber obtenido nada, más aún sale del templo llevando consigo los pecados de presunción y de ingratitud delante de Dios.

    Como ejemplo típico de una persona que practica la humildad y que confía en la gran misericordia de Dios, Jesús presenta a un publicano. Un publicano era una persona que se encargaba entre otras cosas de cobrar los impuestos, en este cobro incluso llegaban a aumentar los costos en detrimento de los ciudadanos, por lo mismo se habían ganado el desprecio y el odio de mucha gente pues cometían abusos. Por eso se les llamaba “pecadores públicos”.

    Pues uno de estos publicanos entra también a orar, pero su comportamiento es muy diferente al del fariseo y eso es lo que lo salva. Se queda a la entrada, mantiene el rostro cabizbajo porque se avergüenza de sí mismo, no se compara con los demás porque se mira a sí mismo, no tiene nada de qué ufanarse. Lo que se repetía era: “Dios mío, apiádate de mí que soy un pecador”. Es por este comportamiento (conciencia de ser un pecador y deseo de encontrar misericordia) que regresa a su casa justificado, es decir beneficiado con la misericordia de Dios.

    De esta parábola podemos reflexionar algunas conclusiones. El fariseo hacia cosas buenas y justas, el publicano en cambio hacía cosas malas. El problema del fariseo es que su estilo de vida le llevó a la presunción y al desprecio de los demás. El publicano en cambio, reconociendo su miserable vida como un pecador, obtuvo la misericordia. Jesús dice en el evangelio el que se humilla a sí mismo será engrandecido, el que se ensalza a sí mismo será humillado.

    Dios no se complace en la muerte del pecador, sino quiere que viva. Por eso ha enviado a su hijo Jesús para mostrarnos su amor y buscar nuestra conversión. Dios ama al pecador, no al pecado.

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