Presentaron “Crisis o Apocalipsis. El mal en nuestro tiempo”, de Javier Sicilia y Jacobo Dayán

(Texto leído en la presentación de la obra, en el marco del 30 aniversario de la Universidad IVES)

Por Miguel Valera

Agradezco la invitación que me ha hecho Juan Antonio Nemi Dib para presentar este libro “Crisis o Apocalipsis. El mal en nuestro tiempo”, un diálogo entre Javier Sicilia y Jacobo Dayán.

Saludo y felicito a los doctores Carlos Arturo Luna Escudero y Carlos Arturo Luna Gómez por este 30 aniversario de la Universidad IVES.

Este diálogo entre Javier Sicilia y Jacobo Dayán me parece fundamental para los tiempos que corren.

El ejercicio de 1995, entre estos grandes pensadores, Jorge Semprún y Elie Wiesel, sobrevivientes del exterminio nazi, debería de repetirse de manera permanente, porque como bien se lee en estas páginas, siempre hay que resaltar “el papel de la memoria como resguardo contra la barbarie”.

El tiempo, como lo definió Aristóteles, “es la media del movimiento según un antes y un después”.

El tiempo es lineal, avasallante, no se detiene. Por eso creo que por la memoria resguardamos el pasado para un presente activo y por la imaginación, avizoramos el futuro.

Esta capacidad del ser humano nos podría definir como “homo editor” —hombres, mujeres, seres humanos que somos capaces de editar la realidad—.

De hecho, vivimos editando la realidad, porque el tiempo es lineal; sin embargo, en la vida cotidiana estamos actualizando, de manera permanente, la fugacidad del presente, que se vuelve pasado y trabajamos para el futuro que siempre está un paso adelante de nosotros.

Lo que especifica a la memoria, lo leí en un viejo manual de Filosofía del hombre del profesor Roger Vernaux, es su objeto formal, a saber: el pasado.

Dice: “es la identidad personal la que fundamenta la memoria. Esto no impide que en otro sentido sea la memoria lo que fundamente la identidad personal: si se entiende por ‘identidad’ la posibilidad de definir quién soy… Un amnésico es incapaz de decir quién es”. (páginas 74, 75)

Así, considero que “Crisis o Apocalipsis. El mal en nuestro tiempo”, un diálogo entre Javier Sicilia y Jacobo Dayán es un ejercicio a la memoria, fundamental, toral.

Es un ancla en las agitadas aguas del tiempo, es un ejercicio de la memoria, para que no se nos olviden las tragedias de nuestros tiempos.

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La tragedia del mal —y aquí permítanme hacer una digresión— no es sólo de nuestros tiempos.

Creo que es una realdad que nos persigue desde las cavernas.

El relato mítico etiológico de Caín y Abel, de la cultura hebrea, puesto por escrito en el siglo XV antes de Cristo, que circuló en diversas tradiciones orales muchos siglos antes y que también se encuentra plasmado en El Corán, muestra esta lucha de unos contra otros.

La pregunta ¿qué has hecho con tu hermano? sigue vigente, hoy aquí en Veracruz, donde hace algunos días se encontraron cuerpos desmembrados en la carretera Poza Rica-Cazones, ataques armados aquí y allá, violencia creciente, muertes, asesinatos.

Esto no es de hoy, no es de ahora. Viene desde Caín y Abel, va abrazada a nuestra naturaleza.

El 16 de octubre de 2011, el gran escritor español Manuel Vicent —quien había visitado Xalapa ese año con motivo del Hay Festival—, escribía:

“Poco antes de comenzar la fiesta literaria fueron arrojados desde un puente sobre la autopista unos veinte cadáveres, los cuerpos por un lado y por otro las cabezas cercenadas. En una sola semana las consiguientes balaceras entre bandas rivales del narcotráfico habían producido casi un centenar de muertos más, unos degollados, otros simplemente ultimados con un tiro en la nuca”.

“En este Hay Festival de Xalapa la clase práctica de novela negra y de cine de terror estaba a mano de cualquiera. Bastaba con bajar de la colina de las letras para ver pasar a la Bestia cargada de almas en pena en busca del paraíso a través de un México dividido en dos, el culto, rico y sensible, el brutal, violento y encanallado. En medio, un grupo de escritores y artistas tocaba el violín sobre un barrizal de sangre”.

Con estas referencias, desde Caín y Abel hasta los hechos de nuestros días, no quiero decir que esto deba ser parte de la normalidad de nuestra humanidad.

Hay que pensar todos los días en ello, porque hoy se sigue matando por ideología; hoy los totalitarismos quieren apoderarse de los pueblos; hoy queremos ser colonizadores de los otros; hoy, la vida y la muerte se negocian con unas cuantas monedas.

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Por eso este libro me parece fundamental, porque nos invita a no ponernos del lado del olvido, como lo dice Javier Sicilia en la página 47.

“La coartada de Auschwitz, es decir, el argumento de que las víctimas de este país nada tienen que ver con el sufrimiento de quienes vivieron aquella tragedia, ha permitido ignorar sus testimonios y su dolor, y ha aceptado ponerse del lado del olvido que tanto exasperaba a Améry”, indica. (página 48)

“A fuerza de pensar que la tragedia humanitaria por la que atraviesa México no es tan grave, la gente olvida que Auschwitz, el paradigma del horror, no es sólo un asunto vinculado a condiciones de degradación y de exterminio sistemático de los humanos. Es en la medida en que el horror se experimenta de manera individual, un asunto de naturaleza personal”. (página 48).

  • “Cuando te asesinan a un hijo como me asesinaron al mío, es Auschwitz”.
  • “Cuando te lo desaparecen, como ha sucedido con más de cien mil personas en los últimos veinte años, y durante años peregrinas por los ministerios públicos o por parajes desolados rascando la tierra para encontrarlo como lo hacen las Buscadoras, es Auschwitz”.
  • “Cuando durante esos mismos últimos veinte años no se ha dejado de secuestrar, torturar, violar, destazar y desaparecer cuerpos en fosas clandestinas a lo largo de los 1973 millones de kilómetros cuadrados que tiene México, es Auschwitz”.

“Auschwitz es sinónimo del desfondamiento humano que sucede en cada víctima y en cada tragedia”, señala Javier Sicilia.

La enajenación, la normalización y el olvido

La lectura de este libro me hizo pensar también en el concepto de enajenación, ese estado mental de quien no es responsable de sus actos.

¿Qué tanto me afecta la violencia de la calle mientras yo viva, —como consignó Albert Camus, de Schopenhauer, al referirse al suicidio, desde una mesa bien provista—?

Vivimos en una sociedad que busca controlarnos, que busca normalizar la violencia, que le apuesta al olvido.

Las redes sociales, las viralizaciones estúpidas, los retos que te llevan a morir en un tanque de agua frente a miles, la cultura de las satisfacciones humanas, me hizo pensar en Meursault, el personaje de Albert Camus, en El Extranjero.

No te conmueve la muerte, ni de tu madre ni de nadie. Matas y no hay signos de arrepentimiento ni en tu rostro ni en tu alma. Vives como un zombie, controlado por el nadismo, por el sinsentido, en la burocracia existencial.

Lo dice Sicilia en la página 61 para referir “la banalización que produce en nuestra percepción la sobreexplotación de imágenes de la era digital”.

La referencia al libro Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, para hablar de la “banalización del mal”, me cimbró.

La filósofa e historiadora estadounidense, nacida en Alemania, estuvo presente, en Jerusalén en 1961 para el juicio de Adolf Eichmann, ahorcado el 1 de junio de 1962, como responsable de miles de muertes de judíos en el Holocausto.

Adolf Eichmann fue presentado en la Corte israelí como un demonio, como la materialización del mal. Cuando llegó al juicio, contó Hannah Arendt en otras ocasiones y en las cartas que se escribió con Carl Jaspers, ella creía en eso, pero conforme fue siguiendo el juicio de Eichmann, protegido en una caja de cristal, sus conclusiones fueron diferentes:

“El hombre de la caja de cristal es un pequeño funcionario que no significa nada, sin medallas, uniforme, rango, aura, puesto, se queda en nada, es un ser insignificante”.

Por ello acuña el concepto “banalidad del mal” (un mal insignificante, intrascendente, trivial).

Por eso, apunta Javier Sicilia, “Ninguno de los implicados en la cadena de producción de los millones de muertos se sintió directamente responsable de las atrocidades. Estaban totalmente alienados de su tarea” (página 63).

Esa enajenación de la violencia nos lleva al olvido.

La normalización de la violencia —en Veracruz, en México, en todo el mundo— nos va a convencer, si se impone el “espíritu de Eichmann”, tal y como lo plantea Hanna Arendt.

Por eso, apunta Sicilia: “…las redes sociales, la hipercomunicación, la virtualidad y la sobreexplotación de imágenes —tecnologías que van más allá de las herramientas industriales— hacen que la banalización del mal sea peor, al grado de alienar de formas más perversas nuestras reacciones morales”.

Jacobo Dayán acota en la página 67:

“Antes de continuar hablando de cómo la industrialización y la era digital han contribuido a la banalización del mal, hay que hablar de algo que las antecede y forma parte de la construcción y de la potenciación de la banalidad del mal: la ideología”.

“Crisis o Apocalipsis. El mal en nuestro tiempo”, un diálogo entre Javier Sicilia y Jacobo Dayán es una obra fundamental.

Va de un lado a otro, entre el análisis de la realidad, de la historia y las reflexiones filosóficas.

«La posverdad de nuestra época, a diferencia de la mentira de los totalitarismos, se caracteriza por un nihilismo generalizado”, expone Sicilia.

Dayán responde: “Si con la caída de los Estados totalitarios terminaron los sueños de la razón, hoy, con la globalidad, la posverdad, la economía voraz, entre otros, entró en crisis el Estado liberal y las democracias que salieron de sus cenizas”. (página 83).

Aunque encuentro rastros de desesperanza, porque no podía ser de otra manera en la historia de un hombre que ha vivido lo que Javier Sicilia, veo al final de esta conversación, esa chispa, esa luz, esa linterna de la esperanza, tan poderosa como la voluntad de los seres humanos.

“No todo está podrido en Dinamarca”, como escribió Shakespeare en Hamlet.

“El mundo es casi el infierno, un mundo de condenados, un mundo del que la esperanza huyó. Y, sin embargo, la esperanza está allí, en el Dios que se retiró, del que, por lo mismo, no hay evidencia alguna”.

“Por esa extraña esperanza, las víctimas vuelven cada día a salir y, como el Sísifo de Albert Camus, a subir la roca para verla rodar y volver a casa una vez más con las manos vacías y volver a salir hasta el final”.

Creo y con esto concluyo, en la esperanza, no como la demagogia común la considera, no como un placebo para el devenir de la historia.

No, creo en la esperanza, quizá como lo planteaba Gabriel Marcel, como una orientación ontológica del ser humano hacia la trascendencia.

La esperanza nos debe llevar a la acción y a la auténtica transformación.

Muchas gracias Javier Sicilia, Jacobo Dayán, por este libro, imprescindible para la historia de nuestros días.

Muchas gracia a todos por su paciencia al escucharme.

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