Álvaro Miguel González González
La muerte del Papa Francisco, nada sorpresiva, conocidos su estado de salud y edad, no ha pasado desapercibida, dentro y fuera de mil y un ambientes que parecían irremediablemente adversos al catolicismo. Para beneplácito o reprobación de no pocos, incluso que se dicen católicos, la noticia, el comentario, la prospección y el juicio personal y social dejan entrever que el sobado pronóstico de que la Iglesia está perdiendo adeptos de pronto exige otro análisis, una mirada más profunda. El Papa Francisco despertó una sostenida oleada de simpatía al fondo de su vida misma, a su humildad no fingida, a su acogida a todos, todos, todos los seres humanos. Como alguien lo ha dicho, gracias a Francisco, “conocimos el rostro misericordioso de Dios”
Entristece que, en las múltiples entrevistas a prelados y vaticanólogos, se vertieron tantos desafectos al recién fallecido pontífice. Se afirma sin recato que Francisco abandono el verdadero depósito de la fe. Un papa siempre injustamente en la hoguera. Como Jesús mismo, el Papa siempre acogió a los pecadores (Mc,2, 13-17; 5, 21-43; 10, 46-52); negándose a condenar a los leprosos de hoy (gays, lesbianas, divorciados vueltos a casar, a quienes se han alejado de la Madre pero desean adorar a Dios); abrazando, sonriendo, hablando, atendiendo a quienes imploran tan solo algo de cariño y aceptación.
Francisco fue una espina en la buena conciencia de los diversos bandos eclesiales: “vendaval social”, “Papa de los pobres”, “peligroso populista” (rememorando cómo acogió a los menesterosos en Roma y a numerosos migrantes desesperados en los palacios vaticanos), “fracasado reformador de la curia”, “antipapa” para algunos clérigos y laicos que lo atacaron con una virulencia que hacia décadas no se miraba en la Iglesia (Informe Denzinger-Bergloglio, de tan lamentable memoria). Más no hay que dejar de decirlo: la inmensa mayoría de los fieles, sacerdotes, religiosas y altos prelados, seguimos y apoyamos a este auténtico “siervo de los siervos de Dios”, y lejos estuvimos de desearle públicamente que muriera pronto; oramos por él y por la fuerza con la que impulsó a la Iglesia de hoy, subrayando la misericordia, incrementando la colegialidad y sinodalidad, defendiendo a la ecología, condenando la pederastia, posibilitando la presencia efectiva de mujeres en el gobierno eclesial. El mundo entero, sumido en sus problemas, ha mostrado respeto por Francisco y su sencillez cristiana. La miopía de algunos no empañara su legado.
Se habla ya de un conclave incierto. Nada más falso. Basta recordar las apuestas y pronósticos catastrofistas en la elección de los papas más recientes, todos amados por sus pontificados muy alejados del vaticinio de hundimiento de la Barca del Señor. Agradecidos por un papado que mostró el poder de Dios, preparémonos para atestiguar de nuevo el revoloteo, siempre esperanzador y amoroso, del Espíritu Santo sobre la Iglesia de Cristo, el Señor, de nadie más.





