La palabra sonora

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ROBERTO YERENA CERDÁN

Las palabras suenan, seguramente si logramos pronunciarlas. De lo contario, existen silenciosas y ausentes. Pero una palabra no pronunciada puede ser rescatada por la escritura, y reposa, un tanto inquieta, esperando el momento incierto en el que alguien la escriba, y sea el otro quien la lea y la descifre.

Acometer el papel con la pluma; percutir con firmeza la rigidez de una ruidosa máquina de escribir –aun resguardo mi Valentine, de Olivetti–; o deslizar los dedos sobre el suave teclado de una computadora parecieran ser acciones mecánicas; aunque prevalezca, para nuestro bien, la nostálgica imagen de una caligrafía entintada que puede ser tan estilizada como ilegible. Anteriormente se corregía un texto sobre el papel, tachando o encerrando entre corchetes, en lo que resultaba ser un auténtico borrador. Hoy, tal cosa no existe, pues reescribimos la palabra errada o la idea fallida, sin arrojar al basurero, con frustración, la hoja estrujada, gracias a un impertinente corrector automático. Ante la versátil habilidad de estas tres formas de plasmar la escritura, se privilegia el contenido de lo escrito. El medio no es el fin; pero la experiencia de escribir es una curiosa combinación de cierta destreza manual y la atrevida y tenue aproximación a la inmensidad de las ideas objetivas y la delirante imaginación.

¿Qué pensamos cuando escribimos, simplemente así,  sentaditos como seres pretensiosos? No dudo que la respuesta, dado el estado primigenio de la escritura, sea el tema a tratar. ¿Acerca de qué escribir y para qué hacerlo? O en sentido más realista, ¿a quién le importa lo que escribimos y cuál es la trascendencia? Independientemente de los alcances del texto mismo, también intercede el medio en que se difunde. Puede tratarse de una imprenta que se anuncia en un callejón con un letrero anacrónico; una editorial de cualquier estirpe; o un medio electrónico que renquea sus likes en una página web. Entonces, algo tan sustantivo al ser humano se puede convertir en una ardua labor de conjuntar la intimidad de la escritura, las obsesiones ficticias que nos asaltan, el medio en que estas se difunden y los impensables lectores que acuden, por leyes del azar y la inocencia, a la lectura generosa de un texto que ahora navega en el espacio nebuloso de la internet; o que espera pacientemente –en aras de la tradición– la adquisición de una revista o un libro que tengan el poder de seducir a los lectores. Qué sería de las obras escritas sin el papiro, el pergamino y la tinta; sin los atrayentes títulos de las mismas; sin las portadas y materiales de los que están hechos los libros y las revistas que acogen a las palabras; sin las plegables hojas de algún periódico debidamente ordenado en los estanquillos; sin los papers solemnes de las universidades; o sin las cartas resguardadas en un sobre timbrado y arrojadas en un buzón de la oficina de correos? Hace siglos,  la escritura se cinceló en la piedra; luego se adhirió al papel y a la tinta. Vamos, la escritura inauguró la historia de la humanidad. Hoy, subsiste dependiendo de un código binario inasible e impersonal, donde la letra se reduce a un byte, y donde los estilos de puño y letra son sustituidos por un elenco de fuentes tipográficas.

Tomo asiento, perplejo, ante la desmesura de escribir para los otros cuando sé que escribo para mí mismo. Y si logro transitar por el proceso de difusión, agradezco el paciente y generoso acto de la lectura. Sin embargo, para mí, lo asombroso no es que alguien llegue a leer alguna de mis líneas; sino el privilegio de ser el lector de un texto ajeno que sería incapaz de crear. Escribir, en principio, no deja de ser una aspiración romántica y una extraña forma de la envidia.

A la escritura le precede la lectura como referente lingüístico. Así lo expresa una hilarante tira de Charlie Brown que, en un guiño intelectual, el famoso personaje creado por Charles M. Schultz, cita a Roger Bacon, quien pensaba que hablar hace a un hombre completo; leer, a un hombre diligente; pero escribir hace a un hombre preciso. Y un escritor, cuyo nombre olvido, se asumía en una secuencia algo inquietante: pienso como genio; hablo con cierta solvencia; pero escribo como un idiota. Pensamiento, habla, lectura y escritura son, salvo situaciones socialmente adversas, atributos comunes a todo ser humano. Un cúmulo maravilloso de posibilidades de afirmar, expresar y dejar testimonio de nuestra existencia a través del lenguaje.

Se divaga entre géneros y estilos para poder definir la esencia de un escrito que, en sí, emana del manejo de un repertorio lingüístico tan disponible, vasto y generoso que permite casi cualquier clase de composición verbal, por grandiosa o infausta que sea la forma en que esta logre plasmarse. Escribir es la única manera de afirmarnos y conocernos a través de la palabra como testimonio de nuestro origen, si se quiere, divino. Lo único que genuinamente nos vincula y nos separa de los demás es la palabra. Porque esta es capaz de conciliar o confrontar las diversas interpretaciones que tenemos del mundo y sus asuntos. Y este poder esencial de la palabra se puede percibir en el acto elemental de un saludo que, aunado a un gesto amable, nos integra. En cambio, un desaire grosero, acompañado de la altanería, nos separa y nos convierte en seres ajenos. La palabra puede ser portadora de la generosa humildad o de la egoísta arrogancia.

Entre estas posibilidades contradictorias, existen diversas opciones para testimoniar, a través de la escritura, las pasiones más arrebatadas y el temple sublime. Tragedia, desdén, humor, ligereza, profundidad, claridad, complejidad, sencillez –ojalá todo pudiese expresarse con la debida elegancia– es lo menos a lo que nos enfrentamos cuando escribimos o leemos. Si se anda inspirado, acaso la carta de amor es el fiel registro de un sentimiento atormentado; aunque no se llegue a ser el Werther de tal Carlota o el Romeo de tal Julieta, como lo expresó José Ingenieros. Del mismo modo que todo podría resolverse en la letra de un bolero donde, como decía Carlos Monsiváis, se vale ser cursi pero no azotado. Si se trata de un texto científico debidamente indexado –al margen de lo que se entienda como ciencia– se procura la frugalidad del lenguaje y se privilegia la exactitud de las ecuaciones y la inobjetable solución de las fórmulas que no dejan de ser conjuros de alquimistas, sin haber lugar para las alegorías. Si la palabra anticipa el fin de uno, la carta póstuma del suicida resulta un texto irreprochable y definitivo. Si se cultiva el género periodístico –como las impostadas columnas de opinión– se navega en una mar de presunciones e impurezas que contaminan el lenguaje porque lo cargan de enojo y lo someten vehementemente a la estupidez; y porque cada quien expresa lo que se le da la gana y se obsesiona en provocar en los lectores interpretaciones que se ajusten a las propias. Si se asumen como escritores, ¡ay de aquellos que no alcancen a escribir el gran poema o la excelsa narración, en sus afanes de reconocimiento para ser queridos o admirados! Si el asunto deriva hacia las ciencias sociales, el lenguaje utilizado, desprendido de lo terrenal, adquiere un significado paralelo que se vuelve errante y errado, ante una realidad en fuga. Lo que se escribe se fundamenta en la explicación; pero, a la vez, exige que el lenguaje empleado se interpele a sí mismo, si en efecto se pretende encontrar lectores pacientes y reflexivos; o valga un cacahuate quedarse sin auditorio. Si se redacta una tesis, escribir se vuelve un incordio y una tarea sometida al escrutinio de lectores severos y entrometidos; además de enredarse en un entramado de citas que no son más que ideas ajenas que no fuimos capaces de crear por cuenta propia. La insufrible expresión “fulano dixit”, encierra la total renuncia a lo que hubiésemos querido pensar y escribir, sin lograrlo, salvo plagios apenas simulados. Y ya no se diga de la pedante práctica de auto citarse.

Creo –y la creencia es una forma de la esperanza– que las palabras son como notas musicales. Suenan y resuenan en nuestra mente y las conjuntamos para que, indefectiblemente, se conviertan en tonalidades, intentando superar lo que la realidad nos pretenda imponer y limitar. Y esto solo lo logra el acto de la imaginación. Porque si pensamos que la mente racional debe ajustarse a la realidad intentando codificarla, las notas sonoras se volverán monótonas y aburridas.

Entonces, el tema o asunto parecen no importar. Bastaría con escribir sin referencia alguna, sin orden y sin consecuencias. Pero no es posible desligarse del contexto, salvo en forma abstracta. Quizá por eso, el pintor soviético Vasili Kandinsky definía que el arte abstracto es aquel que carece de cualquier referente de la realidad, independientemente que esta sea, o no, el punto de partida. Por ello, el vacío temático conduce voluntariamente a la divagación y al delirio; lo que afortunadamente se asume, sin reproches, bajo la pasión literaria.

Quizá el renunciar a escribir sería maravilloso y nos ahorraría tantos agobios inútiles, si fuera posible que todos, en sus respectivas posibilidades, ejercieran la tarea de imaginar la inabarcable condición de la existencia. Así sea que la palabra enardecida cancelara el momento aparentemente sereno y pensante de la escritura. Pero si nadie escribiera, ¿a quién leeríamos? Leer y escribir resultan un binomio indisoluble en el que se recrea la palabra en busca de una mano creadora y de una mirada curiosa e inquisitiva.

Y en esta dualidad inevitable, cuando se escribe, de alguna manera se ejerce un acto de libertad; y a la vez, contradictoriamente, se usurpa el atributo que cada quien posee para escribir y dar testimonio de aquello que no se ha escrito y jamás se escribirá. ¿Se imaginan a una ama de casa, a un obrero, a un niño, a un migrante, o a cualquier ser imaginable escribir desde su situación? Sería, al margen de la portentosa obra de Balzac, el auténtico testimonio de la comedia humana.

Escribimos porque decidimos escoger un pedazo de la vida para recrearlo, antes que el olvido, o de plano la muerte, nos lo arrebate; y antes que la alegría, la tristeza, la ira o la desesperanza nos hagan escribir lo innecesario y lo intrascendente. Escribimos porque al hacerlo y al leernos nos vemos como somos, y no como queremos que nos conciban; lo que resulta una condición insuperable. Porque escribir es una experiencia solitaria, abrumadora y un infortunio para el ego; porque, aunque se diga que se trata de atender los asuntos de los demás, siendo justos, siempre se es autorreferente, casi de una manera obsesiva. Y el apego a las palabras y a las formas caprichosas y reiteradas de organizarlas en un texto, es una muestra de ello. Tal como Borges solía decir que algo le resultaba “atroz”; o como Antonio Machado, que pensaba reiteradamente en el “hastío”. Puede tratarse de un “estilo”, pero en realidad se escribe con tanta fidelidad a uno mismo, que siempre se identifican, como en la música, los mismos ritmos, armonías y melodías.

Podrá haber muchas razones para escribir, pero todas ellas resultan inescrutables. Lo cierto es que el escribir sin tema no es un horizonte deseable. Si se quiere, se habrá de elegir el asunto en marcha para desgranarlo a nuestro antojo, con más imprecisiones que aciertos. Pero qué importa, si al hacerlo al menos convencemos a nosotros mismos. Sería muy interesante que no nos gustara lo que escribimos y cómo lo escribimos –en un acto de honestidad– y que fuéramos nuestros propios lectores exigentes, y de ser necesario abandonáramos con vergüenza los empeños de pensarnos como aquel que escribe para ser tomado en cuenta.

Escribimos porque, sin advertirlo, fusionamos el tiempo. Abordamos el presente, apelamos al pasado, y el futuro, acaso, es el territorio de la utopía y de la ficción donde no estaremos nosotros. El pensamiento y el habla es el universo compartido. La lectura es una galaxia por descubrir. Y la escritura es cualquier planeta, que puede resultar tan engañosa como Plutón. ¿En cuál dimensión de la palabra queremos habitar?

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