¿Traición o tradición?

Roberto Yerena Cerdán

En realidad, las facciones aristocráticas

utilizaban el ostracismo para eliminar rivales

y con sus riñas de gatos enfurecían todavía más

a los atenienses corrientes. En la política de la ira,

no hay victorias, solo grados de derrota.

Irene Vallejo, Ostracismo.

Los detentadores del saber experto se vanaglorian ante la ignorancia supina de la multitud, como argumento brutalmente elitista y excluyente. Pero, ¿quién, desde su reducto, se atreve a opinar, influir, tomar decisiones y tratar de resolver sus problemas? Todos, absolutamente todos; y se admita o no, cada visión o percepción personal gravita en el ámbito de existencia de individuos situados. Para muchos, es una cuestión de vida o muerte; para otros, en su expresión banal, un asunto de conservación y reproducción del estatus y los privilegios. Pero entre ambos casos extremos, los mecanismos de control social dependen de la capacidad de manejo del lenguaje y de cómo este se inserta en las distintas esferas de poder. Puede tratarse de la redacción farragosa de un amparo; o la explicación esotérica del porqué del aumento en la tasa de interés de la Reserva Federal de los Estados Unidos. ¿Quién entiende ambas líneas discursivas? Pues se entienden, acaso, por sus consecuencias concretas, y no por sus meras virtudes argumentativas.

El tono desquiciado de la discusión –por decir lo menos– acerca de la iniciativa para reformar el poder judicial de la federación y que fue aprobada en ambas cámaras del legislativo, transitó entre la férrea voluntad política, el conocimiento pertinente, la ignorancia habitual y la profunda defensa de los intereses de cualquier índole; simplemente porque fluyó en el campo político, que es la expresión más descarnada donde se parlamenta, sin recato, a nombre de los demás, pero donde cada quien trata de salvar su pellejo. Pocas veces con elocuencia; otras veces con retórica; y muchas veces con burdas piezas discursivas.

Como sea, la maratónica sesión de la Cámara de Senadores que tuvo lugar el pesado 11 de septiembre, donde se aprobó por mayoría calificada –con 86 votos a favor– la mencionada reforma constitucional, puso a la luz todos los componentes posibles presentes en un debate cameral. Independientemente del resultado, asombra pensar que quienes han reseñado y analizado con las mismas obsesiones conceptuales el presente contexto, consideren que en aquella sesión el debate, en lo general, y el operativo del grupo parlamentario de Morena y los partidos aliados, en particular, haya sido una demostración vergonzosa del quehacer político. Quizá por eso, el insufrible Héctor Aguilar Camín acude nuevamente a la ocurrente sentencia de John Godfrey Saxe –“Las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabes cómo están hechas”–; pero lo aplica alevosamente, cuando le conviene, como principio de realismo político; en cambio, en el contexto actual, la traduce como una forma nauseabunda de cocinar las leyes y los ingredientes de las salchichas que, por cierto, en este caso no incluyen apapachos al gremio intelectual.

A estas alturas, opositores partidistas, politólogos y comunicadores no se pueden llamar a asombro cuando en pasadas disputas legislativas la vergüenza y la civilidad estuvieron ausentes como signo de identidad. Y no es una justificación; pero permite calibrar la naturaleza de la política y la necesidad de poner en marcha negociaciones que pueden llegar a ser retorcidas, y bajo las cuales la forma se sacrifica por el contenido. Bastaría acudir al diario de debates para testimoniar sesiones históricas donde el PRI, en sus momentos de gloria y en ocasiones en alianza y coincidencia estratégica con el PAN, aprobaban iniciativas y reformas que apuntalaban, no proyectos de nación, sino el simple resguardo de intereses oligárquicos, sin reparar en tecnicismos y criterios de implementación, que en la práctica era lo de menos; pues para ello contaban con versados y tiesos abogados y economistas tecnócratas convertidos en rotundos portavoces del orden social codificado; amén de las líneas periodísticas afines que en su momento subestimaban los alcances de las reformas y celebraban, complacidas, su aplicación.

Trátese, como ejemplo de tal ortodoxia, del finado jurista Ignacio Burgoa Orihuela –atalaya del recurso de amparo– rodeado de pesados y añejos libros de derecho grabados con letras doradas, donde la palabra contenida se transfigura en preceptos y juicios irrefutables; lo cual, con el tiempo deriva en un conflicto con las dinámicas social y política, en un desencuentro que eventualmente puede resultar enconado y profundo, como el que ahora estamos presenciando, y que no puede ser reducido a la inexorable naturaleza técnica de la puesta en marcha de la reforma constitucional la cual, sin duda, deberá resolver detalles operativos; tantos como con los que actualmente funciona el poder judicial, pertrechado en un entramado inexpugnable de ingeniería jurídica que se supone insuperable e insustituible; y que además ha implicado el descrédito de una práctica profesional que lamentablemente, pese a su digna esencia, de facto supone como códigos de ética el tráfico de influencias y el flujo continuo de dinero que hacen funcionar a la corte, a los tribunales, a los juzgados, a los ministerios públicos, a las fiscalías y a casi cualquier escritorio secretarial. Y serían los propios abogados postulantes y litigantes quienes podrían dar testimonio de estas prácticas normalizadas; aunque hoy salgan a la calle a protestar para defender este estatus. Y si afirman que existe otra reforma necesaria y posible, al hacerlo se muerden la lengua.

Otro ejemplo de ejercicio de poder del saber experto podría ser el elenco de los impecables secretarios de hacienda en México, que han diseñado la política económica a imagen y semejanza de los modelos macroeconómicos dominantes que fundamentan, como epifanía, todas las formas posibles de hegemonía capitalista que, a semejanza del derecho, parece que se sentara jurisprudencia económica sin posibilidad de apelación. De aquí deriva el desplante amenazador de representantes empresariales; el vaticinio de desastre económico para México en las columnas de la prensa norteamericana; la supuesta cancelación de inversiones extranjeras en el país; y el nerviosismo sistémico y patológico de los mercados ante la incertidumbre jurídica que acecha a la nación.

Si el horror que dicen sentir por la sorpresiva aparición y posicionamiento de Miguel Ángel Yunes Márquez lo sintieran por otros personajes, el anecdotario los consolaría teniendo en la misma sesión la presencia, como senador independiente, de Manlio Fabio Beltrones, que si algo sabe –cuando hacía mancuerna con Emilio Gamboa Padrón– es de negociar “pudorosamente” cualquier clase de acuerdo en los sótanos del Palacio Legislativo; o persuadir  a un incauto adversario con un agasajo sibarita en restaurante de lujo. ¿Qué no sabrá Beltrones para que, ahora, la turbulenta sesión de la cámara de senadores lo pueda espantar? También que recuerden la insolente pieza oratoria de Diego Fernández Cevallos exigiendo –con su preclara hidalguía– incinerar las boletas del proceso electoral de 1988. Y la igualmente “pudorosa” y nada obscena expresión corporal del diputado y, en ese entonces, líder de la bancada priista, Humberto Roque Villanueva, para celebrar el aumento del cincuenta por ciento al impuesto al valor agregado (IVA) el 17 de marzo de 1995, y que posteriormente explicaría, para nuestro consuelo,  que solo se trató de un “un movimiento rítmico de arriba hacia abajo”.

Seguramente no habrá excepción alguna en las tan laureadas democracias liberales donde los representantes parlamentarios no se ensucien los pies y las manos, y solo alcancen a lavarse la cara con relativa desvergüenza. Si no, vean las recientes piruetas de los políticos franceses, ahora que el presidente centro-derechista, Emmanuel Macron –quien goza de una impopularidad del 75%– y el primer ministro conservador Michel Barnier, del partido Los Republicanos pactaron una alianza que les permitió obtener una mayoría en la Asamblea Nacional, en oposición a la coalición de izquierda del Nuevo Frente Popular (NFP), y así evitar una “moción de censura” que hubiese prosperado si el NFP se hubiese aliado con la Agrupación Nacional que representa a la extrema derecha. Este escenario habría permitido anular el  impopular y transgresor decreto de reforma de las pensiones y solicitar la remoción del presidente Macron, tan elogiado en nuestro país por ultra liberales confesos e izquierdistas que nunca lo fueron. Entonces, que no los extrañe en México a los sorprendidos opositores y a sus aliados televisivos que en el lobby de las democracias europeas no acudan inmaculados lores, messieurs y cavalieris, buscando salvar a la nación.

Volviendo a nuestras tradiciones, el affaire de los Yunes apenas es una muestra de la impudicia con la que estos personajes se han desempeñado en sus carreras políticas. Miguel Ángel Yunes Linares, siendo secretario de gobierno de Patricio Chirinos, se dio a la infausta tarea de aprehender y encarcelar al ex gobernador Dante Delgado –cuya cabeza ha sido el faro de Movimiento Ciudadano– e incluso, se atrevió a confrontar con el mismo Fernando Gutiérrez Barrios. Ya como panista converso y como gobernador del Estado de Veracruz, también la emprendió contra el ex gobernador Javier Duarte; y luego de terminado su bienio, su gestión se vio cuestionada al convertirse en un contumaz opositor de López Obrador, y al llegar este a la presidencia astutamente se replegó. Todo lo anterior, los actores políticos debiesen interpretarlo como expresión despiadada del canibalismo que suele aparecer de vez en cuando al interior de los gobiernos como una especie de purga política que, inevitablemente, propicia rutas de sobrevivencia como el transfuguismo y la creación de alianzas insospechadas.

Es indudable que el grupo parlamentario de la coalición Juntos Hacemos Historia utilizó, en principio, su sobre representación para sacar adelante la iniciativa de reforma al poder judicial; pero fue necesario poner en juego la capacidad de sus operadores políticos, sin  cuales la misma presidencia de López Obrador y las condiciones en las que llega a este final de sexenio serían impensables. Porque, por más concentrado que se encuentre el poder en manos del presidente de la república, su margen de maniobra depende de las correas de transmisión que le permitan conservar la gobernabilidad. Y en ese operativo median los distintos dispositivos –nada sutiles– de convencimiento, persuasión y presión que la realpolitik demande.

¿Precisamente, cuáles fueron los expedientes que se pusieron en la mesa de los Yunes para lograr el voto decisivo? Se puede especular hasta el delirio; pero nadie ha hecho evidente el contenido del chantaje, si es que existió como muchos lo aseguran. Visto crudamente, los Yunes no traicionaron a nadie; solo fueron fieles a sí mismos, como si tratara de un episodio más dentro de la tradición negra que de vez en cuando envilece a la política y, paradójicamente, le otorga sentido. En honor a ello, escuchar el tango Cambalache nos reconfortaría.

P.D. Miren que no llegó a la presidencia de la república la ingeniera de las gelatinas. Pero nada nos libró del sombrío bolerito de la Universidad de Yale que “no traía cash.”

 

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