EL TEMBLOR

Sergio Armin Vásquez Muñoz

En 1985 cursaba yo la secundaria en la Técnica 72, en Xalapa. El jueves 19 de septiembre fue, para mí, aparentemente un día normal, hasta que llegué a mi casa. Como vivía solo, mi rutina al llegar de la escuela era tirar la mochila en la cama, hacerme unos huevos revueltos con cebolla, tomar Coca-Cola, prender la televisión Majestic, poner el Canal 5 y ver las caricaturas en blanco y negro toda la tarde, hasta que me acordaba de la tarea o me quedaba dormido o me daba hambre de nuevo.
Pero esa tarde, al llegar de la escuela, encendí la televisión, pero no había caricaturas. Solo había imágenes y reseñas de los estragos causados por un temblor, principalmente en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Hice una mueca de desagrado y cambié la perilla al Canal 2, pues eran los dos únicos canales que sintonizaba mi tele. Y lo mismo. Encontré más imágenes de desastre y mucha angustia por parte de los que narraban las escenas. Desde mi perspectiva de chamaco de secundaria, no dimensionaba la gravedad de la situación.
Hoy se sabe que el terremoto más trágico de México tuvo lugar el jueves 19 de septiembre de 1985. Varias fuentes hacen el siguiente resumen: “Inició a las 07:17:47 horas y alcanzó una magnitud de 8.1 grados, escala Richter. El epicentro se localizó en el océano Pacífico, cerca de la desembocadura del río Balsas, en la costa del estado de Michoacán, y el hipocentro, a 15 kilómetros de profundidad bajo de la corteza terrestre. (…) Ante la carencia generalizada en el país de una cultura de protección civil y de protocolos de acción, las horas posteriores terminaron en un caos generalizado, el cual se fue calmando cuando la propia sociedad civil comenzó a autoorganizarse en las acciones de rescate y asistencia. El número preciso de muertos, heridos y daños materiales nunca se conoció con precisión. En cuanto a las personas fallecidas, solo existen estimaciones: 3192 fue la cifra oficial, mientras que 20,000 fue el dato resultante de los cálculos de algunas organizaciones”.
Conforme pasó el tiempo se fueron conociendo otras situaciones. Las más memorables son aquellas en las que mucha gente sobrevivió bajo los escombros y salió sin ningún rasguño, gracias a las fuerzas de rescate, la mayoría extranjeras, entre las que se contaban perros entrenados para tal fin.
La tarde de ese día, que parecía normal, me la pasé escuchando los diferentes comentarios sobre el temblor que continuamente repetían en ambos canales, mientras de mala gana hacía mi tarea. Como dije, vivía solo. Ya por la noche, recibí la inesperada presencia de mi padre. Al ver trastes sucios y desorden por todos lados, se puso de malas. El temblor me llegó a mi cuando vi que me llamaba a gritos con su cinturón en la mano.

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