—Soledad de mi alma,
soledad compañera,
¿quieres tú que te atraiga
ilusiones ajenas?
—Guarda oídos y ojos,
interroga al silencio,
y oirás a tu antojo
y verás con desprecio…
Librado Basilio
(En El Caracol Marino, 16 octubre de 1955)
Miguel Valera
He reflexionado durante mucho tiempo sobre el concepto de la eternidad.
La definición clásica consignada es la de Anicio Manlio Torcuato Severino, mejor conocido como “Boecio”, un filósofo, patricio romano, quien fue traductor de Platón y Aristóteles y que murió ejecutado, luego de ser acusado de traición a su patria.
“La eternidad, —decía— es la posesión total, simultánea y perfecta de una vida interminable”. (Interminabilis vitae tota simul et perfecta possesio, Consolación de la filosofía)
Santo Tomás de Aquino no estuvo de acuerdo con Boecio y lo criticó por los términos utilizados —referidos a la existencia humana— como “interminable”, “vida”, “todo”.
—“Todo es lo mismo que perfecto. Si, pues, la eternidad es “toda”, fue superfluo añadir “perfecta”. La posesión nada tiene que ver con la duración. Si, pues, la eternidad es una cierta duración, síguese que no es “posesión”.— (Cuestión 10, de la Eternidad de Dios, Suma Teológica).
El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua la define como “perpetuidad sin principio, sucesión ni fin” y cita a Boecio —sin mencionarlo—, refiriéndola a la tradición católica, señalando que es la “vida perdurable de la persona después de la muerte”.
Lo cierto es que todo lo que se ha escrito sobre esto —la eternidad y la vida después de la muerte— es pura especulación.
Y utilizo la palabra “especular” en su sentido primigenio, tal como lo pensaron los romanos.
“Specularis” se refiere a lo que es semejante a un espejo.
Los espejos, por cierto, o la piedra denominada “lapis specularis”, fueron muy valorados en esa época. Desde la mina de Cuenca —una provincia española de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, con capital en la ciudad homónima de Cuenca— se extrajo ese mineral para todo el imperio.
El espejo, hay que decirlo, permite dos cosas: vernos a nosotros mismos y ver hacia afuera. Y eso es justamente lo que hemos intentando los seres humanos con la inteligencia.
En ese sentido hemos especulado —mirado hacia adentro y hacia afuera— sobre la eternidad.
Pero a lo que quiero llegar en este punto es que la prueba más contundente que tenemos por ahora de la eternidad es “la memoria”.
Lo he comentado en otras ocasiones: con la inteligencia, los seres humanos podemos editar la realidad —a pesar de que el tiempo es lineal— y con la memoria, podemos guardarla.
Y eso es justamente lo que estamos haciendo hoy, al recordar al maestro Librador Basilio Juárez, un hombre, que a 30 años de su partida física, sigue vigente, no sólo en la memoria de la familia, también en la memoria colectiva de esta ciudad en donde promovió la cultura, la educación humanista, el arte, la filosofía y la poesía.

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Fue mi maestro en el entonces Seminario Interdiocesano “Rafael Guízar y Valencia”, en cuya unidad del puerto de Veracruz, cursaba yo el segundo año de filosofía.
Viajaba en ADO, acompañado del maestro Aristeo Rivas Andrade, a quien también recuerdo con mucho cariño.
Lo recuerdo por su memoria privilegiada, por su bonhomía, por su calidez.
Desde el primer día, que nos pidió presentarnos, siempre que me preguntaba algo en la clase, me decía: “padre de Los dos amigos”.
Nunca olvidó que el día que me presenté le dije que había nacido en Los dos amigos, una comunidad del municipio de Paso de Ovejas, llamada así porque ahí tuvo un rancho don Adolfo Ruiz Cortines y a su lado Serafín Iglesias, los dos amigos, se llamaba.
En la clase, de memoria, nos pedía analizar un Epítome de historia sagrada, de la biblia, pues.
Decía, de memoria, insisto:
Deus creavit caelum et terram intra sex dies.
Primo die, fecit lucem. Seundo die fecit firmamentum, quod vocavit caelum.
Tertio die coegit aquas in unum locum et eduxit e terra plantas et arbores.
Quarto die fecit solem et lunam et stellas.
(Creo que se sabía de memoria esta edición: Epítome de Historia Sacra del padre Charles Francois Lhomond)
No llevaba la edición en mano, reitero. No llevaba apunte alguno y así, de memoria, nos pedía traducir la palabra y analizar las frases.
Era sin duda un hombre de mente privilegiada.
Hablaba poco de su vida personal. Como jóvenes inquietos que éramos, a todos nos interesaba saber de por qué se había salido del Seminario, de por qué no se había ordenado sacerdote, de sus años de estudios en Roma, Italia.
Un día, ante la insistencia, si la memoria no me falla ahora, nos contó que conoció a Octavio Paz, en el barco que lo llevó de Europa a México.
A nosotros en esa época, insisto, no nos interesaba conocer a qué autores había conocido sino de su vida ordinaria, de su cotidianidad, ¿por qué dejó los estudios clericales? ¿Cómo descubrió que esa no era su vocación? ¿Cómo se enamoró?
Cosas cotidianas de jóvenes que en la cotidianidad, insisto, buscaban un sentido a su vida, a su lugar en el seminario, en la iglesia y en el mundo.
Un día, en los pasillos del Seminario en la colonia Progreso del puerto de Veracruz, le abordé breve y le pregunté sobre la felicidad.
Lee la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, me dijo. Ahí encontrarás respuestas.
Yo esperaba que me recomendara algún libro de teología o cristianismo, pero no, se fue al filósofo griego.
La virtud produce felicidad, dice Aristóteles. Ahí vas a encontrar la respuesta que estás buscando, me dijo, sonriente, parco como solía ser, pero directo y contundente.
También tienes que leer a Jacques Maritain, me dijo. Busca en la biblioteca “Humanismo integral”. Con eso tienes para tus vacaciones de verano, volvió a sonreír.
Maritain fue mi faro por algunos años, sobre todo con aquella idea de que “el hombre está llamado a algo mejor que una vida puramente humana”.
Si algo me enseñó, en esa época, además de las clases de latín, el maestro Librado Basilio Juárez, fue a reconocer la importancia del humanismo. El humanismo, me ha parecido hasta hoy, una postura universal, más allá de ideologías, religiones y posturas políticas, todas ellas legítimas también en la práctica personal de cada ser humano.

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Librado Basilio Juárez murió hace 30 años, un domingo 5 de junio de 1994.
Yo había ya salido del Seminario (1993).
El maestro Librado Basilio me recomendó para dar unas clases en la escuela “Francisco Xavier Alegre” que había fundado y que dirigía la maestra Sandra Hazas Arróniz, esposa del ingeniero Agustín Basilio de la Vega. Estuve muy poco tiempo y después empecé a trabajar en una oficina de prensa —en donde nació mi vocación por el periodismo—.
Aún recuerdo que el día de su funeral pedí permiso para asistir a la iglesia Catedral y tengo viva en la memoria el momento en que el ingeniero Agustín Basilio acompañaba el féretro que subía las escalinatas de este templo en la capital veracruzana.
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Siempre que recuerdo a las personas que se nos adelantaron, pienso en un poema que me entregó en mano el poeta del mar, Francisco Morosini Cordero, para que se publicara en PUNTO Y APARTE.
Los muertos que amamos no morirán.
Redoblan a difunto las campanas,
el bronce suena claro en las mañanas,
las almas de los muertos cantarán.
Los muertos que amamos no morirán.
Oigo voces que suenan tan humanas,
Siento pasos a horas tan tempranas,
subrayo: mis muertos no morirán.
Si acaso, lo que extraño es su presencia,
Su carne sometida a mil demonios,
Asunto ineludible de su ausencia.
Perdonen los que escuchen mi insistencia,
Pero pruebas ofrezco, testimonios,
Mis muertos no están muertos, son esencia.
Hasta ahí el buen Paco Morosini.
Y para cerrar, permítanme amable auditorio, insistir:
La eternidad existe en la memoria. Es la única prueba que tenemos por ahora.
Y hay seres humanos —hombres y mujeres—, que como decía Maritain, han tenido alas en vez de brazos. Esos siguen volando entre nosotros y los recordamos en toda su esencia, como es el caso del maestro Librado Basilio Juárez.
Muchas gracias.

En El Colegio de Veracruz que preside el Dr. Mario Raúl Mijares Sánchez, participaron en el homenaje el maestro José Luis Martínez Morales y el reportero Miguel Valera Hernández. Moderó la mesa la maestra Laura Bello Reyes, subdirectora de El Colegio de Veracruz. El evento se desarrolló en el Auditorio “Aristóteles” de esta institución educativa.





