Sergio Armin Vásquez Muñoz
Un jueves 30 de enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud hizo la declaratoria de emergencia de salud pública a nivel internacional, como consecuencia de la propagación del llamado coronavirus. Derivado de lo anterior, se adoptaron una serie de medidas para contener sus efectos, como el resguardarse en casa, mantener la sana distancia en lugares públicos, evitar asistir a sitios concurridos, entre muchas otras precauciones. El lunes 30 de marzo de ese mismo año, el Gobierno de México hizo lo propio.
A partir de entonces, las formas de vida se modificaron en todos los sentidos. La basura misma cambió su contenido, porque, además de los deshechos de siempre, hubo que sumarle toneladas adicionales de cubrebocas, guantes de látex, botes vacíos de gel o spray desinfectante.
La pandemia se llevó la vieja forma de hacer las cosas. Y trajo nuevos esquemas cotidianos, especialmente en lo laboral y lo educativo. El tradicional proceso de enseñanza-aprendizaje debió modificarse radicalmente, adoptando procedimientos basados en la modalidad a distancia, utilizando las herramientas tecnológicas que se tenían al alcance. Por supuesto, los mecanismos de evaluación de los aprendizajes también debieron adaptarse.
Pareciera como si las circunstancias sociales, políticas, humanas y tecnológicas se hubieran puesto de acuerdo para parir una pandemia, en estos tiempos en los que las computadoras y demás dispositivos de comunicación electrónica sí cumplían los requisitos para transitar en este laberinto al que nos condicionó el COVID 19.
Pero, ¿qué hubiera pasado si este suceso hubiera ocurrido hace treinta, cuarenta o cincuenta años? Sencillamente el sistema educativo habría colapsado, al no tener las herramientas necesarias para construir nuevos escenarios de enseñanza-aprendizaje. En el tema laboral, especialmente en el lado burocrático, las consecuencias habrían sido apocalípticas, ya que gracias a las nuevas tecnologías se pudo dar continuidad a los diversos quehaceres. Por su puesto, sobran ejemplos de quien, por los requerimientos de sus encomiendas, no pudieron irse a casa a resguardarse, como aquellos que se dedican a la salud, la seguridad y las actividades productivas básicas. Por supuesto, sobran ejemplos de sociedades en el mundo, que no lograron adaptarse a estas exigencias.
Sin embargo, a nivel global, tal parece como si todo estaba preparado para recibir esta pandemia. Las industrias, con su producción masiva de cubrebocas, caretas, guantes, geles, aerosoles, etc. Los laboratorios, con la infraestructura necesaria para producir medicamentos a granel como el Paxlovid, paracetamol, ibuprofeno y otros paliativos, así como la pronta y casi inmediata confección de vacunas (Pfizer, AstraZeneca, Cansino, Janssen, BioNTech, Moderna, Novavax, Patria, Sinopharm, Sinovac, Bharat, Novavax, Valneva, etc.). La tecnología, por su parte, también estaba lista para ofrecer esas nuevas formas de comunicación e interacción humana a partir de dispositivos electrónicos.
Los servicios de transporte como Uber, Didi, Cabify, inDrive, reforzaron sus flotillas y ampliaron su gama de servicios, en especial lo referente a entregas a domicilio, particularmente alimentos. Las compras en línea, actualmente viven su mejor momento.
Todo estaba preparado, dispuesto para entrar a esta nueva era, que en poco tiempo nos obligó a adaptarnos a una modernidad también obligada.
Todo estaba preparado, menos nosotros, los hijos de la pandemia.
Y somos hijos de la pandemia, quienes somos afortunados testigos del antes y el después de este periodo crítico en la historia social reciente.
Somos hijos de la pandemia, porque a final de cuentas sobrevivimos y podemos contarlo a las generaciones que vienen y que espero no tengan que pasar por alguna situación similar.
Somos hijos de la pandemia, y malos hijos por cierto, porque, con todo y lo padecido, a nosotros parece que ya se nos olvidó.





