El llanto de mi madre

Sergio Armin Vásquez Muñoz

El llanto de mi madre es de las pocas situaciones que ocasionalmente se salen de la jaula en donde encadeno recuerdos.

Su forma de llorar era por demás expresiva. Cuando lloraba, lo hacía con ganas. Su distintivo personal era una energía permanente, que imprimía a todo lo que hacía y que la acompañaba sus veinticuatro horas. Por supuesto, también reía con fuerza, a carcajadas sonoras, estridentes. Comía con verdaderas ganas y emoción. Hasta dormida transmitía esa fortaleza. Su respiración era profunda. Las prolongadas pausas que hacía, muchas veces me creaban incertidumbre. Se podía sentir cómo el aire entraba a sus pulmones, causando un choque arrebatado, y salía como si no le hubiera servido para nada.

Cuando yo era pequeño, ella acostumbraba dormir por las tardes. Y para evitar que yo saliera a jugar y corriera algún riesgo lejos de su presencia, me pedía que me acostara a su lado y durmiera también. Jamás logré dormir. Por eso tengo memorizados los tiempos y compases de su intensa respiración, en especial porque la vida me dio la oportunidad de acompañarla cuando dio su última exhalación.

En el caso de su llanto, nunca lloró a medias. Yo sabía que se avecinaba una tormenta de lágrimas, porque sus ojos, profundamente verdes, brillaban más de la cuenta, y las partes blancas se volvían océanos rojos en segundos. Empezaba entonces a llorar, dando profundos jalones nasales. Su cara, tan bonita para mí, se convertía en un ejemplo del cubismo de Picasso. Era tal su desconsuelo, que yo lloraba con ella. Y mi hermana. Y quien estuviera cerca. Los motivos eran infinitos: los malos modos de mi padre, una despedida de un ser querido, alguna llamada telefónica de un familiar lejano, mi anarquía respecto a su esquema de hacer las cosas, la enfermedad de alguno de sus nietos, o, simplemente, el final de una telenovela.

Siempre me pedía que hiciera “bien” las cosas, para que no sufriera las consecuencias por hacer lo contrario. Para que nunca tuviera que llorar, decía. Lo entendí a mi modo: haga lo que haga, pase lo que pase, llorar no es una opción. Ya lo hizo ella por mí.

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