La ecuación sigue siendo la misma: Nabokov igual a Lolita

Luis Gastélum Leyva

Todas las mañanas se levantaba a las seis y escribía durante tres horas con un lápiz bien afilado, de pie ante un atril. Después de un frugal desayuno, junto con su esposa Vera leía el correo, que siempre era muy voluminoso. Luego tomaba un baño, se afeitaba y se vestía para pasear, siempre con Vera, una hora por los floridos muelles de Montreux. Posterior al almuerzo y luego de una breve siesta, volvía al trabajo hasta la cena. Después se retiraba a su dormitorio que también era estudio, se metía bajo el edredón con tres almohadas bajo la cabeza y un gorro de dormir. La fuerte luz de la lámpara de cabecera (“el faro de mis insomnios”) le servía para leer una revista de Nueva York o de Londres, mientras en su boca diluía una pastilla de grosella. Cerraba la revista y apagaba la luz. La volvía a encender entre reniegos porque se le había olvidado meter un pañuelo en el bolsillo del camisón. Entonces comenzaba el debate interior: ¿tomar o no un somnífero?: “Qué deliciosa es la decisión positiva”, decía Vladimir Nabokov al narrar en 1975 a Bernard Pivot, conductor del programa más influyente de la televisión francesa, Apostrophes, cómo era un día normal en su vida de exiliado en el hotel de la ciudad suiza del cantón de Vaud, donde murió hace más de cuatro décadas el autor de Lolita y uno de los más célebres novelistas del siglo XX. En el mismo programa, que lo entrevistó en ocasión de la publicación en Francia de Ada o el ardor, contó porqué se decidió por Montreux para vivir: Suiza es un país encantador y la vida de hotel le facilitaba mucho las cosas. Echaba de menos Estados Unidos, donde vivió desde 1940 después de un periplo de exiliado en Alemania y Francia y a donde esperaba regresar para pasar allí al menos otros veinte años, aunque la vida tranquila de una ciudad universitaria norteamericana no presentaba grandes diferencias con las calles ruidosas de Montreux. Además, como no era lo bastante rico y para revivir totalmente su infancia no valía la pena instalarse para siempre, porque es imposible recuperar el sabor del chocolate con leche suizo de principios del siglo pasado y que ya no existía. Él y Vera pensaron en una villa en Francia o Italia, pero el espectro de las huelgas de correo le producía horror. Y es que, como decía, la gente de profesión sedentaria (“las ostras tranquilas, aferradas al nácar natal”) no se dan cuenta de cómo un correo regular y seguro como el suizo alivia la vida de un autor, aunque la ofrenda de una mañana normal al revisar el correo consista sólo en algunas cartas comerciales y dos o tres peticiones de autógrafos. Y la vista del lago Leman desde el balcón de su habitación en el hotel, ese lago que para el escritor ruso valía toda la plata líquida a la que se parece. Nobakov ahí era feliz, aunque añoraba la energía de su juventud, la del capricho y la inspiración que le llevaba a escribir hasta las cuatro de la madrugada y raras veces se levantaba antes del mediodía y escribía todo el día tumbado en un diván: “La pluma y la posición horizontal han dado paso al lápiz y la vertical austera –decía–. Se acabaron los arranques. Pero, ¡cómo me gustaba el despertar de los pájaros, el canto sonoro de los mirlos que parecían aplaudir las últimas frases del capítulo que acababa de componer!”. Sin embargo, no concebía otra vida y si la concebía ya no sería novelista (“inquilino feliz de una marfileña torre de Babel”), sino alguien igual de feliz de otra manera, que ya había practicado: un oscuro entomólogo que caza mariposas en verano y en invierno clasifica sus descubrimientos en el laboratorio de un museo. Pero una ninfa le cambió la vida: Nabokov es el autor del escándalo literario llamado Lolita, hoy considerada una de las grandes obras de la literatura universal y cuyo personaje a partir de su nacimiento, hace 70 años, se erige como un concepto que define a una púber voluptuosa y convierte al escritor en blanco de profundas críticas por parte de todas las conciencias moralistas de Europa y América. De hecho, por Lolita se tenía una idea de la personalidad de Nabokov cercana a la de un acechador de ninfas que respondían al nombre de Lolita. Pero nada más equivocado y lejos de la naturaleza aristocrática del autor de Pálido fuego, cuya vida se resume en lo que él consideró como una leyenda dorada que siempre evocaría como un paraíso perdido. Es más, consideraba que una autobiografía escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento puede resultar demasiada sosa y aburrida, precisamente lo contrario a la historia de amor entre un cuarentón y una niña de 12 años que escandalizó las buenas conciencias por el estilo exquisito con el que estaba escrita. Con todo, la Real Academia de la Lengua ha incorporado a su léxico la palabra Lolita y la define como “Adolescente seductora y provocativa” y otros diccionarios la catalogan como sinónimo de “sirena, ondina, nereida, dríada, sílfide, náyade”. Pero para Nabokov Lolita no es una niña perversa, sino una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: “¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?”. Sin embargo, el éxito de su Lolita nunca le molestó a Nabokov, quien decía: “Yo no soy Conan Doyle, quien por esnobismo o pura estupidez prefería ser conocido como autor de una historia de África, que imaginaba muy superior a su Sherlock Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la ninfa que yo inventé ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada, sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas Lolitas en revistas italianas, francesas, alemanas. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes son el colmo de la estupidez: representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro”. Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta. La historia es simple y se antoja actual: un hombre cuarentón, culto, refinado y hedonista con debilidad por las niñas adolescentes, acepta a una viuda como casera y luego como esposa, con el fin de compartir techo e intimidades con la hija de ésta, una chiquilla de 12 años que responde al nombre de Lolita. La muerte de su esposa, atropellada por un coche a las pocas horas de descubrir el diario de su marido y, en consecuencia, sus perversas intenciones, dejara vía libre a éste para disfrutar de la compañía de su hijastra. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. Nabokov fue un hombre serio, culto, sensato y fiel a su esposa Vera. Tuvo una educación muy esmerada, con una niñera inglesa y un preceptor francés que hicieron de él un niño precozmente trilingüe. De su padre, un jurista liberal opuesto al Zar de Rusia y fundador del Partido Constitucional Democrático, heredó su amor por las mariposas y el ajedrez, dos aficiones que mantendría durante toda su vida, y de su madre, una sensibilidad y una creatividad fuera de lo común que conservó desde su nacimiento en San Petersburgo (1899) hasta su muerte en Montreux (1977). Sin embargo, la ecuación sigue siendo la misma: Nabokov igual a Lolita.

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