La vie en rose

Roberto Yerena Cerdán

“El país debe ser reconstruido en sus instituciones políticas, en la organización y orientación de su economía, en las formas hacia las que se vaya desarrollando la sociedad, para ser entonces un país con democracia, en cuyas decisiones participe el pueblo en su conjunto”.

Cuauhtémoc Cárdenas, concentración posterior a las elecciones de 1988 (CNDH)

Personas de tez blanca y cabello rubio (o teñido) se perciben detrás del ex magistrado José Ramón Cossío Díaz, elocuente en la Plaza de la Constitución, al estilo inconfundible de la cultura del abogado. Una imagen que sugiere que en este país las desigualdades y las polarizaciones pasan por la raza y los estilos de vida. Porque el magistrado en retiro, que se sepa, desde la Suprema Corte en nada contribuyó a mejorar las condiciones de existencia de quienes hoy apela en su incluyente discurso: las etnias y los pobres. Porque en México, las desigualdades de todo tipo no pasan por la Constitución, sino por el ejercicio del poder económico y político que configura realmente una sociedad a partir del proyecto de país que estratégica y hegemónicamente se ha configurado en la etapa posrevolucionaria, lo  que incluye al PRI y al PAN como parte de ese bloque cuyas diferencias resultan indistinguibles.

La política, en el mejor de los casos, intenta mediar las pasiones y los intereses que la economía va moldeando hasta convertirse en una realidad casi absoluta que domina cuerpos y mentes. Hablar hoy en día de clases sociales parece un arcaísmo teórico; y se opta por acudir a las “distinciones” o “diferenciaciones” solo para sentirnos reconfortados de que la pluralidad es un valor gratificante reconocido en la democracia. Lo que la política legitima e institucionaliza, la economía lo transgrede consuetudinariamente, más allá de cualquier fundamento constitucional. Por eso, las elites y los privilegios selectivos se encuentran debidamente sancionados y operan como condiciones inmutables. Y entonces sí, en verdad no solo el voto no se toca; sino muchas cosas que forman parte del “sistema”.

Exhaustos, luego de dos kilómetros recorridos hasta llegar a la plaza del Zócalo, los auténticos radicales del otro México se manifiestan indignados por el asedio al INE, y nos advierten que estamos a un tris de ser Cuba, Nicaragua o Venezuela, y vivir sometidos a la bota aplastante de las fuerzas armadas bajo el mando de un autócrata. Lo han dicho y repetido enfáticamente, hasta llegar al momento climácico, cuando Beatriz Pagés deslumbra con su oratoria y manejo de las multitudes. Por suerte, bares y restaurantes les quedaron cerca para que el alma les volviera al cuerpo.

Motivos inobjetables y lacerantes no han faltado como para que estas expresiones de la sociedad civil organizada desde los medios de comunicación se hayan podido manifestar en las calles –eso sí, de manera ordenada y respetuosa porque lo demás raya en la barbarie– y hayan hecho propias denuncias y exigencias que quizá hubieran ventilado un poco la vida pública; más allá de lo que ahora suponen como el gran peligro para México; slogan persuasivo que se difundió masivamente desde el 2006 y que marcó, efectivamente, el inicio de la polarización que hoy tanto les asusta y lamentan, sin que el intocable INE haya metido las manos para detener aquella ominosa campaña de última hora que contribuyó al triunfo pírrico de Felipe Calderón.

Sin atribuirle al pasado –o a lo que indiscriminadamente llamamos “la historia”– las inconsistencias y errores del presente gobierno, los saldos pendientes se acumularon en los aspectos fundamentales que hoy afectan al país: crecimiento económico, educación, salud, seguridad social, impartición de justicia, combate a la pobreza, migración, etcétera. En estos ámbitos, por supuesto que el gobierno de López Obrador tiene y tendrá responsabilidades concretas en lo que sus capacidades y limitaciones lo acoten. Estos resultados formarán parte de los ciclos políticos que cualquier país experimenta y que al parecer las apetencias de corto plazo de las diversas oposiciones los pretende evidenciar a toda costa como parte de la competencia política que se avecina, lo cual es normal. Es decir, el lopezobradorismo, la 4T o Morena formarán parte de esos ciclos irrepetibles que son apenas un pestañeo en la historia de las civilizaciones.

Por eso resulta insustancial que López Dóriga absurdamente se enfade y regañe a quien se le ocurra, con patiños insulsos, como el fallido encuestador Roy Campos y René Casados, actor que seguramente dialoga con Giovanni Sartori. O que Ciro Gómez Leyva gesticule y manotee a discreción y coincida regularmente con Germán Martínez; pero vea se soslayo, con inocultable impaciencia y desdén a Epigmenio Ibarra. Que Héctor Aguilar Camín casi se infarte porque López Obrador salió con una nueva ocurrencia “mareadora”, mejor que recuerde su vínculo entrañable con Carlos Salinas de Gortari para reconfortarse pensando que todo tiempo pasado fue mejor. Y Adela Micha, histriónica como siempre, podría ser la Bárbara Walters a la mexicana; aunque ignoro y no me imagino que haya ido a la marcha con accesorios de Louis Vuitton. Y será mejor que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina se desprendan de los respectivos sobrenombres de “el símbolo” y “el cuate”, que les plantó el snob y cursi de Ricardo Rocha.

Y ahora las preguntas: ¿dónde estaba la hipercrítica prensa y medios de comunicación electrónicos cuando, desde la autonomía del Banco de México, sus directores y luego gobernadores satisfacían las apetencias de los especuladores, abriendo las arcas de las reservas para enviarlas al extranjero; o cuando ofertaban diariamente divisas para estabilizar el tipo de cambio, y por ese motivo no solo abrían el refrigerador, sino toda la alacena? Porque la libre convertibilidad es casi una garantía individual e incuestionable, solo limitada a la minoría que puede ejercerla. Visto así, los ciudadanos de a pie podrían interpelar a la autoridad competente bajo la consigna, “mis divisas no se tocan”.

¿Dónde estaban los medios y todos los omnipresentes tertulianos que para nada se indignaron por lo que, para ellos, fue un imposible fraude electoral en 1988;  pese a que Cuauhtémoc Cárdenas llamó a la movilización nacional, mientras Diego Fernández de Cevallos manifestaba su hidalguía, complaciente con la incineración de boletas electorales? Y ahora resulta que el voto no se toca. En aquel entonces no solo lo tocaron, lo desaparecieron.

El entonces IFE ni se inmutó por otro fraude imaginario en 2006; aunque le haya costado el puesto al ahora poco creíble analista y estratega Luis Carlos Ugalde, el think tank que el establishment mexicano requiere. El presunto fraude, estadísticamente puesto en duda no implicó, para nada, sancionar la guerra sucia en los medios contra López Obrador, diseñada por el también indignadísimo y creativo Carlos  Alazraki. Y la demanda de revisar voto por voto y casilla por casilla, fue para ellos otro delirio del actual presidente.

¿Dónde estaban los analistas de la economía –admiradores de Miguel Mancera, Guillermo Ortiz y Agustín Carstens– cuando se nacionalizaba la banca y luego la reprivatizaban a favor de neobanqueros impresentables?; ¿cuándo calcularon y se escandalizaron del costo económico y social del salvamento de la banca a través del Fobaproa?; ¿cuándo advirtieron en lo que derivaría la burbuja especulativa estimulada en los circuitos financieros en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari?

¿Cuándo salieron a manifestarse por la matanza de Acteal, atribuida al gobierno de Ernesto Zedillo?; ¿en qué momento apoyaron en las calles a los padres de los estudiantes de Ayotzinapa, mientras Eduardo Ruiz Healy –fino polemista– lo reducía a la pregunta mezquina acerca de quién los envió a secuestrar los autobuses?; ¿en qué momento el INE amonestó a Peña Nieto y a Televisa cuando siendo gobernador del Estado de México abiertamente lo posicionaban y fraguaban su candidatura rumbo a la presidencia de la república, disfrazándolo de cobertura informativa, con futura esposa incluida?; ¿cuándo investigaron y sancionaron la compra de votos a través de tarjetas emitidas por el grupo financiero Monex? Si ahora exigen respuestas a este o a cualquier otro gobierno, que empiecen por responder a tantas dudas pendientes.

La ciudad y las calles mentira que son de todos; pero las plazas públicas se ocupan sin reservas ni distingos; aunque a veces se requiera valentía para asumir los riesgos de soportar el calor, que te salgan callos en los pies, y que no te macanee la fuerza pública. Pero sobretodo, se requiere de memoria y congruencia. Y a la manifestación rosa del pasado domingo le faltó incluir pancartas y consignas de cuanto agravio social ha padecido este país. Y en esos momentos cruciales no se hicieron visibles. Esperaremos que, ante cada atropello ajeno que sientan como propio, salgan indignados a exigir justicia.

La consigna de “mi voto no se toca” indiscutiblemente nos atañe a todos los mexicanos que somos potencialmente votantes. Estoy seguro que, hacia las elecciones del 2024, las condiciones institucionales del INE permanecerán casi intocadas, solo porque habrá que designar a los cuatro nuevos consejeros. En ese momento, un segmento de los electores valorará su voto bajo inescrutables consideraciones. Y tampoco dudo que esta expresión de la sociedad civil mediáticamente convocada habrá que remitirla a las urnas a partirse el alma para elegir al candidato de la coalición PRI-PAN-PRD. Si la agenda de la 4T les ha parecido un fracaso y, además, no están de acuerdo con su proyecto –pues básicamente se trata de eso– que esperen la decisión de la sociedad mexicana en las urnas; pero que, antes de espantarnos con el petate del muerto, hagan pública su agenda en todos los órdenes de gobierno que hoy suponen están hechos un desastre; aunque no reconozcan las responsabilidades históricas del régimen priista y los doce años de la transición y alternancia panista. Pues entonces, que se resignen, porque cuando Morena sea desplazado del gobierno, como sucederá en algún momento, esas serán sus alternativas, hoy penosamente personalizadas en Marko Cortés, Alejandro Moreno y Jesús Zambrano, y cualquier aspirante que engendre su coalición en el futuro; con la excepción del neonato de la política, Dante Delgado, que tiene su propia partida. Y la izquierda adjetivada ­– y lo que quede de ella– que abjura de la 4T, esté donde esté, vaya dilema al que se enfrentará.

En realidad, en lo que va de este sexenio la confrontación política con el gobierno no ha pasado por los partidos políticos, más allá de las disputas parlamentarias en las dos cámaras. Han sido los medios a través de aquellos personajes calificados como expertos, analistas, periodistas que, con formatos perfectamente articulados y con un falso perfil de pluralidad, diariamente hacen las críticas vociferantes y las correcciones a las acciones gubernamentales, convirtiéndose casi en una especie de gobierno tras las cámaras y los micrófonos, en el que se plantea un imaginario donde no existen contradicciones detrás de sus posicionamientos, y en la política hay que lidiar con ello; porque las aristas de esta crisis no solo son de naturaleza política, sino también sociológica y económica; y en esos campos las cosas no funcionaron en el pasado, como pretenden omitir.

Pueden quejarse de que López Obrador acapara la atención en “las mañaneras”; aunque no se sabe cuál es su nivel de audiencia. En cambio, todos los noticieros y programas de opinión emiten –mañana, tarde y noche– notas y comentarios debidamente editorializados, a los que se suma aquello que pedantemente le llaman “la narrativa”, cuando de lo que en verdad se trata es de generar un discurso homogéneo, sistemático, persuasivo e influyente que perfile, en el corto plazo,  un ubicuo elector en busca de un país inasible, primordial y, en toda de clase de mentalidades, aún imaginario.

P.D: Hoy en día, ¿Cuáhtemoc Cárdenas se reconocerá en aquel discurso? Digo.

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