Cuando íbamos al cine

Juan José Barrientos

Me contó una amiga que disfrutó mucho el Tour de cine francés, pero que no había muchas personas en la sala.

Le pregunté a un colega que trabaja sobre cine en la UAM qué opinaba de las películas, pero me dijo que hace más de diez años que no va al cine, pues la mayoría son costosos y están muy alejados de su casa.

“Es mucho más práctico”, asegura, “comprar un DVD pirata por diez pesos, que puedes poner, detener, quitar o repetir en cualquier momento, y no tienes que soportar una versión doblada en España”.

Según él, “después de la pandemia van a desaparecer esas antiguallas que son las salas de cine, que fueron inventadas antes de las pantallas digitales y son muy incómodas (y en realidad son sólo un negocio para vender palomitas y refrescos a precios que deberían ser declarados como ilegales)”.

Como tiene dos hijos, me imagino que le resulta complicado llevarlos a ver una película con su esposa, pero yo creo que de vez en cuando vale la pena ir al cine.

Michel Tournier les dedicó un ensayo que traduje hace años y se publicó en la revista Casa del tiempo.

En Xalapa, donde vivo, solo había 2 cines, el Lerdo, donde tocaba la Sinfónica antes de que se construyera el Teatro del Estado y donde vi Cantando bajo la lluvia y regresé a mi casa emocionado, y el Radio, donde mi bisabuela me llevó a ver Alicia de Walt Disney y donde años después vi Moby Dyck y Días de vino y rosas.

Después apareció el Cine Xalapa, adonde fui a ver West Side Story con un amigo y encontramos a unas chicas de la Facultad.

El cine Lerdo estaba muy «dado al cuas», incluso tenía goteras, pero el Radio tenía una entrada impresionante con grandes carteles y retratos de estrellas como Loretta Young y June Allison… y uno tenía la sensación de entrar a un lugar sagrado, al portal de acceso a otra realidad.

En la Ciudad de México, iba sobre todo al Cine Latino o al Diana, donde vi la de Woody Allen con Diane Keaton y Mariel Hemingway y Manhattan.

(Café Society la vi en Paris un día que era mi cumpleaños).

También recuerdo haber ido ahí con mi hija a ver una película de Chaplin, rescatada en Francia y que no aparecía en los catálogos de sus obras. Además de la película, a la que le ponía música un pianista, nos ofrecieron una tarta y refrescos “hechos con antiguas recetas”.

También recuerdo otro cine-concierto en el Ranelagh que originalmente era un teatro reconstruido hacia 1890 y que entre 1932 y 1986 funcionó como cine; yo fui con Catherine y se exhibieron entonces las películas de Meliès que luego su nieta trajo a México y que volví a ver aquí.

Tournier consideraba que el cine pierde una parte de su magia cuando lo ves en casa.

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