#RelatosDominicales El Flaco Orozco

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Miguel Valera

La vida, pensé, mientras tomaba un capuchino en Ruta Café, en una de las ciudades más populosas del mundo, es como un caleidoscopio: tiene muchos colores, dependiendo del ángulo del que se le vea. Es variada, rica y no sólo blanca o negra. Recordaba lo que les decía recientemente a unos jóvenes estudiantes universitarios: en la multiplicidad de la mirada está la riqueza del ser humano.

El primero que me comentó de su muerte fue el director de Diario de Xalapa, Víctor Murguía Velasco. “Murió El Flaco Orozco”, me escribió por WhatsApp, pegando un post de Facebook en donde se daba la noticia del fallecimiento del padre Rafael Orozco Covarrubias. “No se le hizo que fuera sacerdote. Fue párroco en el Estatuto Jurídico de Boca del Río. Me propuso entrar al Seminario”. Aunque la noticia me conmovió, la confidencia me sorprendió. Se lo dije después en una larga conversación telefónica.

Luego me escribió desde el puerto de Veracruz, Toño Aguilar Camacho, “El homólogo”, para comentarme, conmovido de la partida de quien fuera fundador de la parroquia de San Juan de Los Lagos en la zona conurbada.

Sin embargo, el mensaje que más me conmovió fue el de Gustavo “El Coyol” Ramírez, un viejo compañero del Seminario, con quien compartí aula en el bachillerato y Filosofía. Él terminó los cuatro años de Teología y un día le dijeron que no podía ordenarse. Oriundo del municipio de Cosamaloapan, de una familia humilde, como las de casi todos los que ahí estábamos, “El Coyol” se quedó muy desorientado y dolido. Sin embargo, Dios no lo abandonó, utilizó las manos del padre Orozco.

“Cuando estaba de párroco en el Estatuto Jurídico se le llegó a conocer como el refugio de los pecadores. Ahí llegamos varios que no nos ordenamos y que andábamos desorientados”, me dice, al recordarme a ex compañeros, muchos de los cuales después se hicieron curas. “Nos llamaba la atención su forma de ser, de vivir, pero sobre todo cómo te protegía, cómo te daba ese amor, que entonces nosotros necesitábamos”.

“Cuando yo salí de Teología andaba muy desorientado. Si no hubiera caído con él seguramente ahorita sería uno más de los ex seminaristas que andan vagando sin rumbo, sin trabajo, sin sentido de la vida, pero Dios lo puso en mi camino”.

“Llegué con él cuando estaba en cuarto de Teología. Fui a una Semana Santa a la Catedral. A los del último año nos mandaban ahí, pero tú tenías que buscar dónde comer y dónde vivir esa semana, cuando estaba el padre Miguel Castillo. Yo caí con El Flaco, me dio hospedaje, ahí lo conocí, ahí conocí El Camino”.

“Cuando salí, después de que terminé la Semana Santa, lo frecuentaba, se convirtió en mi guía espiritual. Cuando salí del Seminario todo dolido, corrido, me refugié en él. Él fue el que me centró, me dio de comer, me ayudó a caminar y una vez que empecé a caminar me dijo: ‘ahora sí hermano, ya es tiempo de que emprendas tu vuelo, no te puedo tener aquí todo el tiempo, porque te voy a volver irresponsable y vividor y tienes que valerte por ti mismo’”.

“En ese entonces ya estaba dando clases en El Colón, ya tenía chamba y fue que empezó mi vida. Si no hubiera aparecido él, quién sabe qué hubiera sido de mí. Él me ayudó a definir mi vida, a sanar esa herida del Seminario que hasta la fecha todavía las recuerdo y me causan estragos, todavía me hace ruido, sé que no está sanado del todo, pero ya no me afecta ni me hace daño como en esos años”.

“Hoy, que me dijeron de su partida, la verdad, como varón, lloré mucho porque me acordé de todo lo que él me dio, cómo llegué y cómo él me empezó a transformar, obviamente Dios, pero valiéndose de él. ¡Era un santo, el santo de Veracruz! Así le llamaré siempre. Él y Ricardo Cornejo son los santos de Veracruz, un hombre que nunca se apegó a la lana, ni al alcohol, ni a las mujeres, ni a la homosexualidad, un cura, un pastor en toda la extensión plena de la palabra”.

“Me dolió mucho su partida. Ojalá la iglesia le haga justicia, porque ayudó mucho. Fue un excelente pastor. Hizo muchas comunidades catecumenales en Veracruz. Yo me enamoré del catecumenado. Hasta la fecha sigo siendo catecúmeno con mi esposa y mis hijos. Tanto bien que nos hizo”.

“Ahí llegábamos los corridos, los expulsados, los suspendidos por los ministerios. Se le llegó a conocer como el refugio de los pecadores y muchos curas, para gloria de Dios, ahí andan en Guadalajara; en Roma, Italia; en Madagascar, en Europa, en España. El hombre, el santo, ya está en las manos de Dios”, me dijo, conmovido.

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