Roberto Yerena Cerdán
“La creación espontánea es la razón por la que hay algo en lugar de nada, el porqué de la existencia del universo, el porqué de nuestra existencia.”
Sthepen Hawking
Las instituciones de educación superior parten de una valoración positiva en el contexto de su función dentro del sistema educativo, por lo que pareciera que su relevancia social está legitimada de antemano. Lo que no puede ponderarse de origen es su nivel de rendimiento y su prestigio genuino. La calidad académica y los alcances de sus funciones sustantivas dependen de diversos factores, tanto de gestión institucional como de determinantes estructurales. Estos últimos gravitan de manera significativa y difícilmente pueden ser superados solo a partir de las voluntades de quienes constituyen una comunidad universitaria. Y esto hace que permanentemente se esté tratando de ranquear y comparar a la Universidad Veracruzana en los planos regional y nacional; porque frente a centros universitarios de otras latitudes no existe la mínima posibilidad de pensarse como un punto de referencia.
La Universidad Veracruzana, como otras universidades públicas del país, creció de manera exponencial en las décadas de los setentas y ochentas. En parte, esto se debió a que, en aquellos años, los recursos públicos para el financiamiento del sector educativo tuvieron su origen en el incremento de la renta petrolera y en la tendencia del estado a incurrir en el endeudamiento externo y en recurrentes déficits fiscales; estrategias que crearon expectativas de una riqueza que se habría de distribuir con simples criterios piramidales.
En las universidades públicas los presupuestos aumentaron en términos reales; al tiempo que su inversión no fue racionalmente utilizada. Los recursos se desparramaban discrecionalmente alentando con ello la constitución y fortalecimiento de poderes que, aun siendo vinculantes con la academia, se autonomizaron y se tradujeron en mecanismos de control sindical a partir de la disposición de plazas administrativas y académicas.
Bajo estos parámetros, la universidad fue capaz de contener talento identificado y disperso en las distintas áreas; al mismo tiempo que se gestó un piso de mediocridad, el cual se hacía necesario superar implementando políticas universitarias eficientistas, acompañadas de criterios de evaluación y recompensas que se han sintonizado, sometido y afianzado a paradigmas educativos implantados desde instancias externas. Con ello, las expresiones genuinas de lucidez universitaria también sucumbieron ante la estandarización y ante un esquema de alicientes debidamente codificados para otorgar calificaciones y la inclusión en una élite académica que, sin exagerar, también ha hecho acumulación originaria de capital curricular y económico, porque se supone que no hay otros medios para incrementar la renta y el presumible prestigio que no sea la competencia individualizada que destaque los supuestos méritos.
En la UV, en el año de 1990 se dio inicio a este proceso de cualificación selectiva bajo el nombre de Premio a la Carrera Docente, que en 1994 se renombró como Premio a la Productividad General; y en el Consejo Universitario de julio de 1998 se le da una nueva orientación y se le denomina Programa de Estímulos al Desempeño del Personal Académico. Paradójicamente, quienes estaban encargados del programa no sabían redactar ni un memorandum.
Llámese como se llame, la simple convocatoria a premiar una productividad sobrevalorada y regularmente mañosa, generó la motivación suficiente y necesaria para que la comunidad académica se avocara a generar resultados insulsos que se tradujeron, no en la presencia y la trascendencia real a la que una universidad debe aspirar, sino al simple reducto en el que cada investigador y docente encontraron su espejo de vanidad y su presumible prestigio. Este señuelo funcionó selectivamente en el contexto interno de la UV; y en forma paralela se articuló con los lineamientos del Sistema Nacional de Investigadores, creado en 1984, el año del Big Award. Las remuneraciones normales de los investigadores –incluso de funcionarios en activo– más las compensaciones de estos dos programas derivaron en una segmentación apreciable que en términos económicos dio lugar a una pirámide universitaria que desde la cúspide ve a los demás colegas con petulancia y se atreven a presentarse como ¨soy SNI nivel infinito.”
A la llegada de Víctor Arredondo Álvarez, en 1997, bajo el discurso de una administración universitaria de tipo gerencial, la UV caminó flotando en las aguas de una laguna de conocimientos de baja profundidad y gran extensión meritocrática. Misión, visión, sinergia, empatía, distribución social del conocimiento fueron el canto coral de la UV, en los sucesivos rectorados de Raúl Arias y Sara Ladrón Guevara, quienes de plano le dieron reconocimiento como clichés estrafalarios.
Para ejercitar la capacidad de lectura y variación semántica, el actual rector Martín Aguilar, detalló que el Programa de Trabajo 2021-2025 se estructura a partir de 25 políticas institucionales, 6 ejes, 33 temas, 73 metas y 305 acciones y reconoció que “Tratamos que todos los planteamientos, las propuestas y las preocupaciones estuvieran alineadas a nuestros ejes transversales y con mucha claridad expresadas, así como también el cómo lo vamos a hacer; es un desafío muy importante pero creo que tenemos que afrontarlo”. No cabe duda que esta refundación de la Universidad Veracruzana pasará por la intertextualidad de quienes se atrevan a interpretar todo lo que esto signifique.
A lo anterior se suma que, cada vez que encabeza algún acto oficial debidamente reseñado, el rector asume un lenguaje que opera como un conjuro; y en nombre de los dos ejes estratégicos –derechos humanos y sustentabilidad– parece que esta universidad embalsamada renacerá a golpes de discursos para toda ocasión, celebrados por la amable concurrencia.
Si se reúne con el Consejo Veracruzano de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico, afirma que “se trata de generar sinergias basadas en prácticas y relaciones reticulares que estimulen la emergencia de una morfología científica y tecnológica más abierta, horizontal y distribuidora de lo que ha venido siendo lo habitual.” Luego de esta joya de la confusión solo cabe la perplejidad.
Pero igual puede ir más allá y sin rubor sustentar que “Estamos a favor de la vinculación universitaria con una economía social, solidaria y ética, cuyas formas de producción y consumo satisfagan las necesidades del presente sin comprometer las de generaciones futuras”. Ojalá sea pronto.
Y ya para no dudar de sus motivaciones, a los ingenieros de la UV les reconoce que “han abogado por una formación académica de erudición, rigurosidad ética y desafíos radicales”. Él siempre tan informado de lo que hacen los ingenieros.
En la firma de otro convenio con el INEGI, el rector abruma con un tono épico, ya que sin duda “Este convenio resultará en una dinamización de experiencias, entendimientos y desplazamientos cognitivos [¿sic?] y, sobre todo, nos permitirá construir explicaciones de nosotros mismos en tanto sistema político y cultural que, a su vez, resulten claras sin ser simplistas, exhaustivas sin ser abrumadoras, críticas sin ser estridentes, para comprender de qué está hecho nuestro país.”
Por esta ruta declarativa andará la UV en los próximos tres años y medio, salvo que el “Matacursis” haga su aparición y acabe de una vez con tanta miel académica. Pero muchas cosas, en el espacio público, operan y son funcionales a partir de construir textos autocomplacientes, veleidosos y persuasivos. Solo queda que la comunidad universitaria reaccione ante estos excesos del discurso y, por lo menos, recupere su capacidad de creación y contribución para una sociedad que ni se entera de tantas grandezas proclamadas. Y para ello no hacen falta rectores o rectoras trascendentales. Solo se requiere que cada quien haga lo que sabe en la escala realmente existente; independientemente de que por ello se les remunere sustancialmente. Dejar que la universidad fluya sin condicionamientos escalafonarios, solo a partir de lo que se es. Crear improvisando y tocar sin partitura. Pensar que la inspiración se manifiesta en algún momento, al igual que el auténtico compromiso con la universidad. Tenga esto que ver o no con los derechos humanos y la sustentabilidad.





