El sueño de Pancho Villa

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Luis Gastélum Leyva

“En este México de abiertas simulaciones, Pancho Villa es el héroe nacional que mejor se conoce por lo que no fue”, escribió Gustavo Montiel Pagés hace más de cuarenta años en el ensayo Pancho Villa: el mito para la revista Filmoteca de la UNAM. Friedrich Katz, biógrafo de cabecera del Centauro del norte, advertía en sus escritos que el verdadero Villa había sido enterrado en la oscuridad de la historia por la leyenda, oficial y popular. Al la imagen de quien naciera como Doroteo Arango, desde las miradas más superficiales hasta los estudios más sesudos, prosigue Montiel, se nos muestra a un Villa complicado en su abierta humanidad, complejo en sus contradicciones, multifacéticos en sus relaciones con el poder. De todos los héroes nacionales, Villa –y quizá por ello figura en el álbum de las leyendas—es uno de los pocos que desdeñó el poder, que se burló de él, que pudo poseerlo y despreciarlo, conocerlo e ignorarlo. Villa ha sido utilizado históricamente de acuerdo a la conveniencia y oportunidad de la óptica con se le observa: ídolo o bandido, libertador o sanguinario, romántico o violador, juicioso o imprudente, loco o héroe, ya sea de la historia  o de las historietas, de las novelas o las películas. “Ser multifacético –dice Montiel—no conviene a la historia oficial. Se tiene que ser de una sola y marmórea pieza”. Parece increíble para quienes no le conocieron, que esta sobresaliente figura, que había salido de la oscuridad para ocupar la posición más prominente de México en tan sólo unos años, no ambicionara la Presidencia de la República, relata John Reed en su magistral obra sobre la Revolución Mexicana México insurgente. Pero esta actitud, dice Reed, está completamente de acuerdo con la sencillez de su carácter. Cuando se le preguntaba en cuanto a ésto, contestaba con su usual y perfecta sencillez, en la misma forma en que uno le preguntaba. Nunca evadía la cuestión de si podría o no ser presidente de México: “Soy un luchador, no un estadista. No tengo la suficiente educación como para convertirme en presidente –decía Villa–. Hace apenas dos años que aprendí a leer y escribir, ¿cómo podría yo, que nunca he ido a la escuela, ser capaz de hablar con los embajadores extranjeros y los cultos caballeros del Congreso? Sería malo para México si un hombre iletrado llegara a ser presidente. Hay una cosa que yo no haría nunca: ocupar un puesto para el que no estoy preparado. Sólo hay una orden de mi jefe (Carranza) que desobedecería: la de ser presidente o gobernador.

Venustiano Carranza

Por su parte, Carranza no perdía oportunidad en aclarar sus diferencias con Villa: “No existe ningún malentendido entre el general Villa y yo. El obedece mis órdenes sin preguntar, como todo soldado. Es imposible pensar en que pudiera hacer otra cosa”. Pero no pensaban lo mismo los miembros del gabinete provisional de Carranza, que para nada mencionaban el nombre de Villa y si lo hacían sólo era para denostar su lucha, como las expresiones recogidas por Reed en su libro: “Como un guerrero, Villa lo ha hecho muy bien, muy bien, en verdad. Pero no debe intentar mezclarse en los asuntos del gobierno, porque desde luego, como usted sabe, Villa sólo es un peón ignorante”, o: “El ha dicho muchas tonterías y cometido muchos errores que tendremos que remediar”.

Toribio Ortega

El General, a quien los soldados llamaban “el honorable” y “el más valiente”, es, a decir de Reed, el soldado de corazón más puro y desinteresado en todo México. “Nunca mata a sus prisioneros. Ha rechazado cualquier centavo extra que no sea el de su flaco salario. Villa lo respeta y confía más en él que en sus otros generales”. Era un hombre pobre, un vaquero. Se sentó con sus codos sobre la mesa. Sus grandes ojos destellaban. Con sonrisa amable y chueca le contó a John Reed la razón por la cual peleaba: “No soy un hombre educado –dijo Ortega–, pero sé que pelear es el último recurso de la gente. Cuando las cosas llegan a ser tan malas que no se pueden soportar más ¿verdad? Y, si vamos a matar a nuestros hermanos, algo bueno debe resultar ¿verdad? ¡En Estados Unidos no han visto lo que nosotros los mexicanos! Hemos contemplado el robo de nuestra gente, la gente pobre y sencilla, durante treinta y cinco años ¿verdad? Hemos visto a los rurales y a los soldados de Porfirio Díaz fusilar a nuestros hermanos, a nuestros padres, y la justicia lo negó. Hemos visto nuestras parcelas arrancadas de nuestras manos y todos nosotros vendidos a la esclavitud ¿verdad? Hemos añorado nuestros hogares y nuestras escuelas para enseñarnos, se han burlado de nosotros. Todo lo que vivir, trabajar y engrandecer a nuestro país, estamos cansados, cansados y hartos de ser estafados”.

El Mayor Leyva

Llegó la noche, un cielo nublado, el viento comenzó a levantar polvo, narra Reed en otro pasaje de México insurgente. A lo largo de los kilómetros y kilómetros de trenes, las fogatas de las soldaderas flameaban desde los techos de los furgones. En el desierto, tan lejos que por último se convertían en puntitos de fuego, se extendían las hogueras de campamento del ejército, medio oscurecidas por el polvo espeso y descendiente. La tormenta nos escondió por completo de los vigías federales: “Hasta Dios –observó el Mayor Leyva–, ¡hasta Dios está del lado de Francisco Villa!”.

Villa y su sueño

Una vez Villa le contó a John Reed su sueño: “Cuando se establezca de nuevo la República –le dijo– ya no habrá más ejército en México. Los ejércitos son el mayor apoyo de la tiranía. No puede haber dictador sin ejército. Pondremos a trabajar a las tropas. Por toda la República estableceremos colonias militares compuestas por los veteranos de la Revolución. El Estado les daría tierras agrícolas y establecerían grandes empresas industriales para darles trabajo. Trabajarían muy duro tres días a la semana, porque el trabajo honesto es mejor que la lucha  y sólo el trabajo honesto produce buenos ciudadanos; los otros tres días recibirían instrucción militar y saldrían a enseñar a la gente a luchar. Entonces, cuando la patria fuera invadida, sólo tendríamos que llamar por teléfono desde el palacio de la ciudad de México, y en medio día toda la nación mexicana se levantaría desde los campos y las fábricas, totalmente armados, equipados y organizados para defender a sus hijos y a sus hogares. Mi mayor ambición es pasar mis días en una de esas colonias militares, entre mis compañeros que quiero, quienes han sufrido tanto tiempo y tan profundamente por mí. Me gustaría que el gobierno estableciera una fábrica para producir buenas sillas de montar y bridas, porque yo sé hacer eso; y el resto del tiempo me gustaría trabajar en mi pequeña granja, criando ganado y cultivando maíz. Sería bueno, creo yo, ayudar a que México fuera un lugar feliz”.

El hombre y el nombre

Un hombre es un hombre y un nombre, escribe Montiel Pagés en su ensayo Pancho Villa: el mito. Es la imagen que al nombrarlo crean de él. Con el paso de los años el hombre es más nombre, más imagen que carne. El héroe deja de ser hombre para hacerse ilustre, ejemplar. Su imagen es un monumento ecuestre aposentado en una glorieta concurrida o la palabra clave de un discurso. Su destino, la repetición incesante de sus glorias y éstas unas monótona sucesión de mistificaciones. Ninguna biografía se le hace en nombre de su esencia humana. Más bien se revela el lado lustroso de su moneda, la cara que brilla, su aspecto emulable. La historia confunde su biografía real, la tergiversa y la somete a los caprichos y necesidades de la patria. La desliza suavemente a los terrenos de la mitología. Y es que como sostiene el filósofo ruso Dmitry Merezhkovsky: “El mito es la realidad, la verdad y la vida, y con nada morirá, porque contra el mito nada puede la historia ni la ciencia”.

Pancho Villa, el actor

“¡Grábenme, cabrones!”, les gritaba Pancho Villa, en medio de la polvareda levantada por los caballos de él y su tropa en la supuesta embestida contra el enemigo, a los camarógrafos de Hollywood con los que había convenido grabaran sus batallas por un por un puñado de dólares y un poco de fama: “¡Fílmenme, cabrones –espetaba–, que esto no lo van a volver a ver!”.

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