Juan Adán Alarcón Méndez
Lic. en Filosofía Universidad Veracruzana
La Balada de Leithian, o la historia de Beren y Lúthien, es por mucho la obra maestra del Profesor J. R. R. Tolkien, el mayor representante del género épico de fantasía y autor de El Hobbit y El Señor de los Anillos; sin embargo, no ha brillado en los cines como estas últimas; quizá injustamente, pues de esta historia podrían filmarse una nueva trilogía sin necesidad de personajes ajenos a los textos originales como en la historia de Bilbo Bolsón y la Compañía de Thorin Escudo de Roble hacia la Montaña Solitaria. Y es que el Profesor proyectó su vida personal, más que en ninguna otra historia de su legendarium, en el cántico de Beren y Lúthien, del cual basta mencionar que en su lápida donde yacen sus restos se encuentra escrito el nombre de Beren y en el de su esposa el nombre de Lúthien.
El relato acontece en los albores de la creación del mundo, después de que Melkor, el Enemigo, robara las joyas de Féanor: los silmaris. Es la historia de dos amantes: un amor imposible que sólo la diferencia entre las razas (ella de ascendencia élfica e inmortal y él un guerrero de los hombres, pero condenado a morir) es sólo el primer obstáculo.
Su encuentro es místico, como una antigua visión, rodeada de magia, estupor y destino. Él queda mudo al verla y hechizado, vaga por el bosque por todo el invierno hasta que ella aparece y con su canto infunde la primavera a su alrededor y él la nombra con un nombre élfico: Tinúviel, que significa “ruiseñor” y ambos terminan enamorados; pero no es el amor romántico o cursi lo principal del relato; ni las hazañas, ni los impedimentos, obstáculos o la negatividad del rey, padre de Lúthien, lo que pareciera ser esencial en la historia. Fuera de todo ello, que logran superar por el amor que se profesaban y donaban, está la barrera de la muerte y de lo sagrado que su amor y el amor de ella, hija de una diosa, logra superar: porque no es Beren el héroe clásico que rescata a una princesa en peligro; sino que es Lúthien Tinúviel la que rescata a Beren cuando Sauron lo tenía prisionero, la que lo lleva al trono de Morgoth y canta ante el Oscuro para que sucumbiera en el sueño y Beren tomara la joya
preciada, la hazaña y el precio que le hiciera digno de ella ante su padre, pero la que ligaba al reino de Doriath a un destino funesto; pues sin Lúthien, Beren irremediablemente hubiera sucumbido ante Sauron y ante Morgoth, pues ni los altos príncipes de los Noldor: Fëanor y Fingolfin, pudieron siquiera poner un pie dentro de Angband, la fortaleza de Morgoth. Es Lúthien una vez más la que lo rescata de las estancias de Mandos, -la sala de los muertos análoga al Hades de los griegos- cuando Beren pierde la vida ante el Licántropo. Y es Lúthien finalmente la que realiza la mayor de sus hazañas: renunciar al derecho de la inmortalidad y de las Tierras Bendecidas por amor a Beren y para que Beren regrese a la tierra de los vivos, a una vida en la que no había garantía de felicidad, pero sí el amor de ambos. Y ante este sacrificio y renuncia, los mismos valar, los mismos dioses, se conmovieron ante un amor que todo lo venció y que trajo una promesa de buenaventura a elfos y mortales, por los siglos hasta el fin del mundo: hasta la Segunda Música.
Podemos entonces comprender en esta historia el tema principal del Profesor en toda su obra: la inmortalidad, y es que el amor de Beren y Lúthien venció también a la muerte en tanto que ella rescató a Beren de las estancias de Mandos. Así la descendencia de ambos perdurará para siempre.





