Luis Gastélum Leyva
No quise atarme. Me solté y anduve.
Anduve por la noche constelada.
Así hallé goces que eran mitad reales,
la otra mitad, denuedos de mi alma.
Bebí el áspero vino que reservan
para el placer los bravos.
Kavafis-José Emilio Pacheco.
“No hay historia, hay historias”, escribió Froylán Flores Cancela, como una sentencia de su biografía, en uno de sus Monólogos y diálogos, donde también dijo: “Reescribir la historia acaba siendo un retorno a la meta y una aproximación al final”. Para el escritor y periodista español José Manuel Fajardo, todas las historias comienzan mucho antes de su inicio oficial: “Hay una parte de cada una de ellas que se desarrolla cuando sus protagonistas ignoraban todavía que habían comenzado ya a vivirla y, por lo general, es necesario que pase mucho tiempo antes de que lleguen a tomar conciencia de ello. Es quizás ese el momento mágico de la vida, aquel en el que todo comienza a ordenarse, aquel en el que todo empieza a tomar un sentido y tan sólo hace falta que seamos capaces de descubrirlo, de intuir el mensaje que oscuramente nos manda”. Y así lo constata aquel niño sentado al lado de la mesa con los libros como La máscara de hierro, Lawerence de Arabia, La cabaña del Tío Tom y El llamado de la selva, sobre la banqueta de la esquina donde don Antonio Flores tiene el abarrote en Misantla (Veracruz), que ha sido deslumbrado por la literatura y quiere compartir su pasmo con su gente. Por eso, con la ayuda de su padre, don Antonio, encarga libros por correo, como Taras Bulba, Robinson Crusoe, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, los lee, junto con los periódicos y revistas que llegan al pueblo con retraso desde la ciudad de México, y luego los pone a la venta. Pero quizá ese asombro inicial por la lectura y la escritura –hizo un periodiquito sobre temas de su pueblo– se hubiera perdido si a los quince años, con la energía y el talante de querer probarse en el mundo del periodismo, no se traslada a Xalapa, donde se abre camino en “el mejor oficio del mundo”, a decir de García Márquez y él coincidía en ello, hasta llegar a ser, con un ejercicio ético y callado como modo de vida superior, un reconocido reportero y columnista, tanto por su calma de lo modesto como por su profesionalismo. Y en aquellos tiempos, como también lo reconocía el autor de Cien años de soledad, se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de la imprenta, en el café y en las parrandas de los viernes: “Todo el periódico –dijo el Nobel colombiano hace tres décadas durante la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa– era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas pero en realidad no lo eran”. Así se formó y así se hizo Froylán Flores Cancela. Todo y siempre en el Diario de Xalapa, bajo el cobijo paternal de don Rubén Pabello. “Yo quisiera decir del periodismo lo mismo que decía Carpentier de la literatura: nunca he utilizado la pluma para herir; sólo creo en la literatura que construye, no en la que destruye”, decía don Froylán, como le decía la gente al saludarlo en las calles y estrechar su mano huesuda y de apretón de niño. Froi, como le decíamos sus incontables amigos, nació en Misantla un lunes de 1934. Hoy, 8 de octubre, hubiera cumplido 87 años si no es que un estrés crónico le fue minando las fuerzas y las facultades motrices hasta confinarlo en una silla de ruedas y morir la mañana del sábado 2 de marzo de 2019. Y por sus ojos pizpiretos asomaba la vejez como un rocío de invierno. Aún así, lo primero que denotaba su rostro era una paz monacal y lo realzaba cuando juntaba la yema de todos los dedos de ambas manos y las colocaba a la altura de la barbilla para devolver su sentir del tema en cuestión. De hecho, su semblante taciturno lo envuelvía un halo de sacerdote prudente. Era una enciclopedia. Pero su verdadero sacerdocio era escribir y contar historias, propias, oídas y leídas, para lo que se servía de una memoria prodigiosa, comparada con la del Memorioso borgiano. Y su ministerio se extendía a opinar con mesura, sin aspavientos y siempre fiel a sus principios. Nunca se le escuchó comentar algo que no fuera meditado con la centésima de segundo que Dios nos ha regalado antes de hablar. Pero su rostro de clérigo de frente memorable impresionaba por las pocas arrugas en una cara más bien escurrida, de tristeza perenne, que remataba en un mentón fresco y bien rasurado, ya sin el bigote de antaño, de galán de la época oro del cine mexicano. Su corte natural de pelo, aunque sin copete y un poco más ralo y aplanado, seguía siendo el del joven que aparece en las fotos con don Rubén y el presidente López Portillo cuando le entregó el Premio Nacional de Periodismo, con el poeta cubano Nicolás Guillén en el puerto de Veracruz y García Márquez, cuando visitó Xalapa y lo entrevistó y le confesó que como no caía Pinochet volvería a escribir y su regreso sería Crónica de una muerte anunciada. De pulcro vestir y aunque trasnochador, todas las mañanas temprano se calzaba el contador de pasos al cinturón de piel y andar y andar por Clavijero y Lucio. Comida y cena sin vino. Nunca fue de bebida ni de cigarro. A sus años nunca necesitó de lentes para ejercer una de sus grandes pasiones: leer, leer todo papel que pasara por sus manos y que hablara de historia, cine, política y literatura. Memorables son sus conversaciones en su oficina con Villa y Zapata de testigos, en medio del ruido ensordecedor de La Parroquia, en la calma de la Casa de Mamá, en esa iluminadísima sala-biblioteca rodeada de miles de libros, por donde desfilaron gobernadores y rectores, de su casa de Juárez, que compartió con su esposa Raquel, su hija Raquel, su nieto Miguel Iván, quienes se le fueron prematuramente, y al final con Tita. O en la redacción de Punto y aparte, el significativo semanario para la vida política y cultural de Xalapa que fundó un emblemático 2 de octubre y que dirigió por casi medio siglo hasta su muerte. Por esas conversaciones desfilaban personajes y hechos de todos los ámbitos, incluida la marisma de la política ‘a la mexicana’ y los pantanos con matices, el exhibicionismo histérico de los políticos y su competencia vanidosa, pero también se repasaba la geografía del alma, una novela, un autor, y aunque se iniciaban por la crisis del gobierno –porque siempre hay una para empezar la charla–, había espacio para la gracejada, el chiste y la anécdota, como cuando le dijo a un fotógrafo que asistiera a la conferencia magistral sobre Freud de un amigo suyo sicoanalista venido de México y le dijera que no iba a poder asistir pero que le pidiera el texto leído para publicarlo en Punto y aparte. A su regreso a la redacción, le preguntó al fotógrafo como había estado y le respondió que muy bien y que toda la conferencia se la pasó hablando de él, “de usted”. Cómo, le preguntó. Sí, le dijo el fotógrafo, se la pasó citándolo: “Como Froi dijo, como Froi escribió, como Froi sostiene…”. Y las carcajadas. Y la conversación iba y venía por las diversas aristas del dodecaedro mexicano pero nos abrazaba la literatura y sus protagonistas y nos daban las altas horas, a veces, lo confieso, teorizando sobre los unicornios. Pero él dominaba las opiniones y las historias como un galápago sapiente. Dudo haya leído todos los miles de libros que pueblan su biblioteca y los recortes y revistas (una colección de la mítica revista cubana Bohemia, entre ellas) que guarda en los cajones de los escritorios, pero si alguien hacía el comentario de lo que decía Renato Leduc de Agustín Lara, sobre que era el Baudelaire de México, pero que no recordaba donde la había leído, él se levantaba del sillón, se dirigía a un estante, sacaba la autobiografía Renato por Leduc y mostraba la página donde estaba escrita lo dicho por el poeta sobre el músico. Las conversaciones no eran los diálogos platónicos de Fedón, pero sí sobre el alma, de su inmortalidad, al final una manera llana de habitar el tiempo cotidiano entre los infinitos de las historias que todavía no terminan y el comienzo de las que todavía no empiezan. Y es que con el tiempo, como dice Bryce Echenique, uno se interesa cada día más por la geografía humana y cada vez menos por el paisaje que no es del alma, o como nuestro Froi escribió con la sabiduría que le daban los años de vida: “La mejor historia es siempre la que espera ser escrita”. Por eso extrañamos tanto a Froylán. Por eso lo seguimos queriendo.





