#RelatosDominicales El amor y la locura

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Fotografía de tipsparatuviaje.com

Miguel Valera

Mientras viajaba de Xalapa a la capital del país, Jacinto no dejaba de mirar a Sofía, su compañera, su amiga, quien esa mañana de sábado le dijo: acompáñame que quiero ir a ver a mi hermano. —Sí, claro, contestó el hombre, tímido, pidiendo con la mirada más explicaciones. —¿Me acompañas o no?, fue la respuesta seca, fría, vehemente de su amiga de farra y aventuras.

Jacinto estaba enamorado de Sofía, pero le irritaban sus desplantes, su talante controlador, su visión posesiva de las relaciones humanas. Con todo, se alistó de inmediato y a las dos horas ya estaba en la Central de Autobuses de Xalapa, tomando un camión para la Ciudad de México. Para tranquilizarlo, ella que le había tomado la medida, le entregó, en una bolsa de papel, dos tortas de longaniza de Naolinco. Con su sonrisa supo que tendrían un viaje en paz.

Hasta que llegaron a la Central Norte de la Ciudad de México, Jacinto entendió que el periplo no concluía ahí. —¿A dónde vamos? —A Querétaro, no preguntes más, contestó Sofía, fría, como un disparo en seco, dejando el martillazo certero en su cabeza. La vio nerviosa, inquieta y no dijo más. Se montaron en un ETN y se quedó dormido, mientras la veía revolotearse en su asiento, nerviosa, inquieta, temerosa.

II

Jacinto sabía que no iban de paseo, pero por un instante pensó en recorrer el famoso Acueducto, visitar el mercado de artesanías o comerse unos “pedos de monja”, esos famosos dulces de chocolate en cuyas bolsas se podía leer, “más vale adentro que afuera”, en franca referencia al dicho de las flatulencias, “más vale afuera que adentro”. Pero no. ¡Vente!, le gritó Sofía, mientras paraba un taxi al que le pidió que los llevara primero a un supermercado en donde compró víveres como para alimentar a un ejército de tísicos y luego que los llevara a la periferia de la ciudad.

Llegaron a un poblado cercano y en una zona prácticamente baldía, Sofía le dijo al taxista que se detuviera. Le pagó, ante la mirada atónita de Jacinto, quien quería saber qué estaba pasando. Ella veía sus apuntes en una libretita, con marcas, nombres y señales; así llegaron a una casa en medio de la nada. La miró con detenimiento, tocó la puerta, la cual se abrió levemente para aparecer su hermano y su novia. Se abrazaron y lo miraron con desconfianza.

Joel y Ana eran amantes. A pesar de que él tenía una esposa y una hija, ella se enamoró perdidamente de él. Se amaban profundamente, hasta la locura. Un día, el padre de Anita descubrió el romance ilícito y le reclamó a Joel. El joven, agresivo e iracundo, le respondió con una cuchillada que le destrozó la garganta y por poco le cuesta la vida. Él salió huyendo y ella detrás. En esa tarde queretana fría, que calaba hasta los huesos, Jacinto supo que ella, con el padre tirado en el piso desangrándose, subió a la recámara de su madre y tomó las joyas familiares para escaparse con Joel. Se escondieron aquí y allá y un día llegaron hasta esas tierras queretanas, dejando el botín en manos de Sofía. Por eso el nerviosismo en el viaje, por eso su irritación, su desconfianza.

III

Ese día Jacinto entendió más o menos todo. “Más o menos”, se repitió a sí mismo, porque ¿quién entiende las pasiones humanas, quién entiende las locuras de las pasiones humanas?, se preguntó en silencio. Pusieron café en la hornilla oxidada, devoraron las tortas que Sofía les llevó y se pusieron a conversar de todas las vivencias de esta experiencia de fuga.

Jacinto se quedó callado y empezó a guisar unos bisteces con tomate, chile y cebolla, su platillo favorito. Puso más café y sacó una concha de chocolate que había escogido en una panadería de paso. Hubiera preferido un Croissant de almendras, un Croissant de frutos del bosque o un Mini rol de pasas rubias, de la panadería francesa Saint Honoré ubicada en Rodríguez Familiar 21, en Bosques del Acueducto, a donde pasaba con el Padre Alberto cuando acudía a retiros de verano. Pero no, eso era lo que había.

Mientras guisaba, recordó el viejo pasaje bíblico de San Pablo a los Corintios, para hablar del amor cristiano: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

IV

¡Qué cosas!, pensó, mientras calentaba las tortillas y veía el café en ebullición. El amor de una joven permitió que su amante hiriera de muerte a su padre y luego, en trance de locura, sacara las joyas de la familia y huyera con el amante, mientras el padre se debatía entre la vida y la muerte. Ni a Shakespeare se le hubiera ocurrido esto, pensó.

Sirvió los bisteces humeantes a la mesa, les pidió que pasaran y miró con el cariño de siempre a Sofía. Ahí estaba él, en medio de esta historia de locura y amor, cómplice sin querer, cocinando para dos fugitivos y pensando sobre el amor paulino que “no se comporta con rudeza, no se enoja, no guarda rencor”, pero que en un arranque puede tomar una daga y destrozar el cuello o el corazón, para que nadie se oponga al encuentro de los amantes.

Entonces Jacinto tomó su café y pesó en Jean Cusset, el personaje ateo de Armando Fuentes Aguirre, quien sorbia su martini con dos aceitunas, para dejar de sentir el frío que esa noche calaba los huesos.

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