#RelatosDominicales Eran niños, murieron como sicarios

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Pico de Orizaba. Fotografía de Miguel Andrade.

Miguel Valera

I

Santiago y Juan no eran los hijos de Zebedeo y Salomé, los apóstoles evangélicos a quien Jesús eligió y con quienes tuvo una especial deferencia. No. Los pequeños Santiago y Juan, de apenas 13 y 14 años, vivían en un pueblito del centro del estado de Veracruz, en las altas montañas, en el municipio de Amatlán de Los Reyes, desde donde veían, cada amanecer, majestuoso, el Citlaltépetl o Pico de Orizaba.

Tuvieron una infancia feliz, rodeados de la prodigiosa naturaleza. Cuando aprendieron a leer, en un cajón del cuarto de su padre encontraron el libro “La búsqueda”, de Alfonso Lara Castilla y se emocionaron con esa historia de un águila que se encontraba atrapada en un gallinero a merced de la rutina, hábitos y modo de vida de estas aves de corral.

Emocionados, Santiago y Juan, leyeron una y otra vez ese libro y en cada página sintieron la emoción de ese aguilucho al descubrir que su vida estaba en las alturas y no a ras de suelo, picoteando granos en el piso o sacando gusanos de la tierra. El reto, pensaban los pequeños, era aprender a volar y hacer de lo ordinario, extraordinario, como alguna vez le escucharon decir a una monjita de la orden de Santa Teresita del Niño Jesús.

II

Su infancia feliz pasó en viajes cortos a Ixhuatlán del Café, Atoyac, Yanga, Cuichapa, Omealca, Fortín de las Flores y Córdoba. No sabían mucho de mundo pero soñaban con subirse al Pico de Orizaba, porque desde ahí, les había dicho un amigo mayor que ellos, se puede ver el mar y hasta las islas. Soñaban con ver el mar, con sentir la brisa en sus rostros, con tocar el agua salada y sumergirse entre la espuma.

No eran “Los hijos del Trueno”, como Jesús llamó a sus discípulos, pero eran “pura dinamita”. Sus ansias por ser adultos, por ayudar a su madre, por subir al Pico de Orizaba y por salir del pueblo, para triunfar, eran incontenibles. Estudiaban, sacaban buenas calificaciones y en sus ratos libres hacían mandados o lavaban coches.

De niños, a diferencia de sus padres que jugaban “a las pistolas”, por la influencia que esa generación tuvo del western de la cultura norteamericana, ellos jugaban a “los narcos”, en un mundo de vendedores de droga, robos, secuestros y ejecuciones por traiciones. —Bam, bam, bam, se escuchaba mañana y tarde en su modesta casa de tres piezas. —Ya te maté. No, yo te maté primero. —Ya, así no se vale, yo fui más rápido, gritaban en sus correrías de juegos infantiles.

III

Con una infancia feliz y el deseo de un futuro promisorio, Santiago y Juan nunca se imaginaron que un día, esos juegos con los que crecieron felices, tirándose de panza en el polvo del patio de su casa o en el parque del pueblo, representaría una tragedia para sus padres. El plan para ese fin de semana era subir el Cerro Tepetzala para comer enchiladas rojas con tortas de huevo y una torta de elote con “Lechera”, el mejor postre del mundo, lo llamaban.

Ese paseo nunca llegó. Luego de la persecución y la refriega, sus cuerpos y sus sueños quedaron tirados en un inmenso charco de sangre. Al enterarse de los hechos, la madre corrió a buscar el cuerpo de sus hijos y se encontró con un cerco policial. Gritó, lloró de dolor, ante las miradas gélidas de los custodios del lugar.

“Por favor, ayúdenos, lo que queremos es verlos, se nos está acabando el día, no los hemos visto, no sabemos ni cómo están, ni cómo quedamos. Ellos estaban trabajando, eran niños de trabajo, de estudio. ¡Imagínese, 14 y 15 años! No se vale que les hayan arrancado la vida como unos perros, cuando mis niños no eran nada malos. Ellos querían trabajar, estudiar, salir adelante. Mis niños no eran niños de mal. Por favor, ayúdenos”, gritó la madre desesperada ante medios de comunicación.

IV

Como a la madre del Jesús evangélico, a la madre de Santiago y Juan “una espada le atravesó el corazón”, con la muerte de sus pequeños hijos. El viaje al Cerro Tepetzala se pospuso para siempre. La torta de elote se quedó en el horno y ahora en su casa sirven café para velar los cuerpos inertes de estos niños que murieron como sicarios.

En la casa de láminas de zinc oxidadas por el paso del tiempo, como refirió una nota periodística, los vecinos velaron en dos féretros blancos a estos pequeños, víctimas del fuego cruzado entre policías y delincuentes. La madre llora desconsolada. Sabe que nunca nadie le devolverá a sus hijos.

“Estos son los daños colaterales de la guerra contra el narco”, murmuró en corto un periodista. “Sí, pero a esto no se le puede llamar una guerra… Las guerras se acaban”, le contestó su compañero, citando un diálogo de la serie The Wire. —Tienes razón, ya van más de 30 mil muertos y esto sigue, imparable, concluyeron, mientras los rezos continuaban y el café humeante con pan circulaba entre los vecinos y amigos que acudieron a consolar a la familia.

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