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Sobre héroes, Moncayo y su Huapango

Luis Gastélum Leyva

Más que hombre y menos que Dios. Así eran considerados los héroes en la antigüedad. Y contrario a lo que sostiene el historiador estadounidense William Sater, de que los pueblos tienen la necesidad de héroes, el dramaturgo alemán Bertold Brecht afirmaba: “Desgraciado el país que necesita héroes”. En México, Carlos Fuentes advirtió de una primitiva galería de héroes y villanos en una literatura más apegada a la realidad que a la ficción. Baste el ejemplo de uno de los relatos de Rulfo, El día del derrumbe, en el que un personaje le dice a otro: “…Y a la hora de los discursos se paró uno de sus acompañantes (del gobernador), que tenía la cara alzada un poco borneada a la izquierda. Y habló. Y no cabe duda de que se las traía. Hablo de Juárez, que nosotros teníamos levantado en la plaza, y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que estaba encaramado en el monumento aquel. Siempre creímos que podía ser Hidalgo o Morelos o Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de ellos, allí les hacíamos su función…”. Ya también Miguel Alemán Velasco daba cuenta en El héroe desconocido cómo se construyen los mitos políticos en una sociedad como la mexicana, obra que por cierto Salvador Novo la calificó como una novela fresca, deseosa de entablar comunicación a través de una presentación viva del protagonista y los hechos centrales de su vida. En Nuevo tiempo mexicano, obra en la que Fuentes apuesta a la memoria literaria como espacio utópico que procesa la memoria histórica, escribió: “El tiempo nuevo no puede, no debe, excluir los tiempos antiguos: nunca hemos podido, en México y en América Latina, crear democracia sin pasado, sin memoria, sin cultura. Democracia con memoria, progreso con cultura, porvenir con pasado”. Y esto viene a colación porque pocos recordaron que en agosto pasado se cumplieron 79 años del estreno en el Palacio de Bellas Artes del Huapango de José Pablo Moncayo, con la Orquesta Sinfónica de México bajo la batuta de Carlos Chávez y que a la postre se convertiría en el segundo Himno Nacional. Lo mismo, el olvido, sucedió en 2008 al cumplirse el medio siglo de la muerte de su ilustre compositor. El periodista y crítico musical Fernando Díez escribió entonces en El Universal una nota como un baldazo de agua fría para nuestra memoria: “El aniversario ha sido ignorado por quienes tienen la obligación de preservar y difundir el nombre y la obra de nuestros artistas destacados. Como se sabe, el creador del Huapango vivió los tiempos de Carlos Chávez, con su parte buena y su lado negativo. Sencillo, modesto, retraído, la escasa resonancia de su quehacer no impidió que su obra maestra de inspiración huasteca fuera desde un principio, como lo es ahora, la partitura mexicana más tocada en el mundo. Alumno de Hernández Moncada, otro reo de la ignorancia; integrante del Grupo de los Cuatro con Daniel Ayala, Blas Galindo y Salvador Contreras; músico que supo incursionar con eficacia tanto en el nacionalismo cuanto en las tendencias impresionistas patentes por ejemplo en Cumbres, nos legó una ópera que sigue un lento proceso para ser valorada: La mulata de Córdoba. Con motivo de la grabación de esta obra, se habló hace poco de Moncayo, con la misma reverencia con que hoy lo evocamos, pero también con indignación por esa especie de negligencia culposa de que es víctima”. El Huapango de Moncayo representa la puerta de entrada a la música clásica de nuestro país y está integrado por los sones veracruzanos El Siquisirí, El Balajú y El Gavilancito y hasta es posible detectar la presencia fugaz de El pájaro cú. El propio Moncayo le contó a José Antonio Alcaraz cómo a finales de los años 30, Carlos Chávez lo envió junto con Blas Galindo a Veracruz para una exploración sobre la música popular de la región: “Galindo y yo fuimos a Alvarado, uno de los lugares donde la música folclórica es preservada en su más pura esencia. Recolectamos y grabamos melodías, ritmos e instrumentaciones durante varios días. La transcripción fue muy difícil porque los huapangueros nunca tocan ni cantan dos veces igual la misma melodía. Cuando regresamos a México le mostré todo el material a Candelario Huízar, quien me dio un consejo que siempre le agradeceré: ‘Primero escucha el material tal cual como lo oíste y después desarróllalo de acuerdo a tu propio sentimiento’, me dijo. Y así lo hice, y resultó una obra muy satisfactoria para mí”. José Pablo Moncayo es un héroe que falleció hace 62 años, aunque hay quienes prefieren satisfacer su necesidad de héroes con los de pedestal. Pero como dice Fernando Díez en su artículo a propósito del compositor del Huapango: “Seguimos caminando por una estrecha vereda entre dos abismos. El primero nos devora con su tenebrosa sima de olvido y desinterés; el segundo, no menos peligroso, nos inspira la sobrevaloración de nuestros héroes de la historia, del arte, de la ciencia y hasta de la política, favoreciendo la pérdida de dimensiones y haciéndonos caer en la idolatría de los que a cualquier santo se le hincan”. Pero Moncayo, de quien en 2012 se conmemoró el centenario de su natalicio, es más que su Huapango: “¿Maestro, qué opina de que el Huapango haya eclipsado el resto de su obra?”, le preguntaron sus alumnos del Conservatorio Nacional al creador de la legendaria partitura musical mexicana más reconocida del mundo. Y Moncayo les respondió: “Es una pena que el Huapango haya atraído toda la atención del público y que el resto de mi obra no sea tan conocida y ni programada por las orquestas”. Y con coqueteo les remató: “Pero que bien me quedó, ¿a poco no?”. La anécdota fue contada por su alumno Humberto Hernández Medrano al nieto del compositor, el pianista Rodrigo Sierra Moncayo (“Yo seré el eterno admirador del famosísimo Huapango, sin embargo, mi corazón le pertenece a Tierra de Temporal, Sonata para Viola y Piano y Muros Verdes”), quien en 2012 tomó la batuta de la Sinfónica Juvenil Carlos Chávez para dirigir el Huapango, en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, con motivo del centenario de Juan Pablo Moncayo, cuyo restos fueron trasladados el 29 de junio, día de su nacimiento, a la Rotonda de las Personas Ilustres en el Panteón de la Patria, donde descansa al lado de otro grande músicos y compositores como Carlos Chávez, Julián Carrillo, Felipe Villanueva, Juventino Rosas, Silvestre Revueltas, Manuel M. Ponce y Jaime Nunó. Aún así, Moncayo sigue siendo más que su Huapango: sus herederos lo han reconocido así y, aún, afirman, cuando en gran medida la proyección de su máxima obra se debe a que los gobiernos priístas edificaron sobre ella parte de la identidad nacional. Claudia Moncayo Rodríguez, hija del compositor y heredera universal de su legado, contó a Reforma que durante varios sexenios, pero sobre todo durante la administración del Presidente José López Portillo, el Huapango fue el marco acústico imprescindible en todos los actos de importancia: “Además, durante la celebración del 15 de septiembre, siempre se interpretaba después del Himno Nacional, por eso se dice que es el segundo himno. Durante muchos años fue así, incluso con Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Pero esto se terminó con los gobiernos panistas que, si bien la incluyen dentro del repertorio de este festejo, no es ya la segunda en el orden que se interpreta”. Aún así, dice su nieto, Rodrigo Sierra Moncayo, sigue siendo tocada en la mayoría de los actos oficiales que tienen lugar en los estados de la República, sobre todo cuando se busca conmover y levantar el fervor patrio: “Huapango es una obra orquestal fácil de escuchar, con una métrica constante e integrada por melodías que se asimilan rápidamente. De hecho, es una pieza que, aunque fabulosa, no representa realmente el trabajo de Moncayo, ya que su estilo y su sello es más visible en su trabajo posterior”. Sin embargo, para Sierra Moncayo, Huapango ha sido, al mismo tiempo, bendición y castigo en la trayectoria de su abuelo: por un lado, resulta una distinción que en el imaginario musical de los mexicanos aparezca este tema, a pesar de que muchos no sepan su nombre o lo titulen de plano El huapango de Moncayo, pero por otro lado, reitera, esto ha opacado el resto de su trabajo. Y a ello se suma, sin duda, la falta de difusión del resto de su obra, como advierte su hija Claudia, quien anota que hoy, siendo José Pablo Moncayo uno de los compositores mexicanos más importantes del Siglo XX, no existe una sala de conciertos que lleve su nombre, ni tampoco se ha escrito un libro que profundice en su biografía y su obra, ni se han grabado todos sus temas: “Quizá –señala– se deba a que la proyección de la música en México está directamente relacionada con los vínculos que un compositor llega a establecer con amigos y funcionarios para ‘colocar’ su trabajo adecuadamente”. Para su colega y coterráneo Blas Galindo (1910-19193), Moncayo no es un compositor nacionalista: “El Huapango, su obra más divulgada, constituye un caso aislado en su producción. Trátase, en rigor, de un arreglo brillante y afortunado de sones veracruzanos. En sus restantes obras, que no son de procedencia folclórica, se advierten, sin embargo, ciertos elementos mexicanos, los cuales imprimen un carácter peculiar a la música de este autor. Es, sin duda, un mexicanismo elevado a una categoría universal. Moncayo maneja los recursos del arte de orquestar con seguridad de maestro”. Y es que como afirma la académica argentina Carmen Perilli en su ensayo sobre El mestizaje en la obra de Carlos Fuentes: “La relación entre política y cultura es metonímica. La historia de América, y toda historia, aparece como la historia de Próspero y Ariel: la de la civilización y la barbarie”.

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