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#RelatosDominicales En el limbo de la existencia

Miguel Valera

I

El hombre aquel llegaba todos los días, ansioso, a la biblioteca del amigo. Vivían en uno de los lugares más exclusivos de Manhattan, en Nueva York. Frente a su mansión, Central Park y a dos cuadras, la famosa casa donde John Lennon fue asesinado.

Solían caminar en las mañanas y sentarse a platicar junto al mosaico conmemorativo que con letras blancas decía: Imagine. Se inspiraban en la expresión. Contaban anécdotas de la generación que pensaba que el mundo podía ser diferente, que las cosas podrían subvertirse.

Las conversaciones se alargaban por horas y en ocasiones el afán de aventura los llevaba a caminar varias cuadras hasta llegar a otro hermoso parque detrás de la Public Library, un hermoso edificio vigilado por dos monumentales leones en resguardo de la sabiduría de la babélica ciudad. Sí, allí donde Toni Morrison escribió Ojos azules y algunas otras novelas que en 1993 le harían ganar el Premio Nobel de Literatura.

II

Tomaban café con rosquillas glaseadas y se tiraban al pasto, imitando a los jóvenes. La charla era intensa, hablaban lo mismo del gobierno en turno que de las políticas de los mandatos del orbe, de Latinoamérica, de Europa y Asia.

El diálogo era tan intenso que muchos de sus iguales en lengua se les quedaban mirando absortos. Estaban convencidos de que la pobreza del mundo era injusta, una maldición, un castigo de los dioses.

Sus rostros reflejaban preocupación: ¿cómo es posible?, ¿dónde está la pericia política? Este gobierno nos va a llevar al caos, enfatizaban. De sus bocas salían las mejores asesorías, los mejores planes, la panacea política. ¿Quién, quién? Se preguntaban y la respuesta era que ellos mismos. Sí, en ellos estaba la fuerza, la decisión, el coraje para cambiar las cosas.

III

Todos los días hacían planes, análisis prospectivos. Si se hiciera esto, si se hiciera aquello, los hombres de todo el globo tendrían mejores condiciones de vida….

La tarde les calmaba los ánimos. Las luces de la 5ª Avenida era una invitación a retirarse. Ambos eran jubilados del gobierno, tenían la vida solucionada. Habían ocupado altos cargos… y nunca hicieron nada.

Volvieron a casa en taxi. Al cerrar la puerta de sus habitaciones, ambos regresaron al limbo existencial de la vida, ahí donde todo tiene solución, ahí donde no se hace nada, ahí donde la muerte tiene rostro de tranquilidad.

IV

Pero entonces ¿qué es la esperanza?, me preguntaron, sabiendo que Camus había escrito que “de la caja de Pandora donde hervían los males de la humanidad, los griegos sacaron la esperanza, después de todos los demás y como el más terrible de todos. No hay símbolo más edificante, puesto que la esperanza, al contrario de lo que se cree, equivale a la resignación, y vivir no es resignarse”.

Estas líneas me cambiaron de pronto el esquema de la esperanza que había asimilado, pero Camus tenía razón respecto a la esperanza que pregona un determinismo existencial con el “aquí nos tocó vivir”. “Vivir no es resignarse” y quede de tarea lo demás. La esperanza, como yo la entiendo, es horizonte, camino, ir hacia algún lado, evolucionar, dijo.

V

Y así, regresé en verano a la babélica urbe de acero. Caminé por Times Square. Subí al metro y me perdí entre la multitud que hoy busca la “zona cero” con morbosidad. Algunos queriendo atrapar en la memoria la dimensión de la historia, otros leyendo el peso del dolor humano y otros más hurgando en las plicas el verdadero rostro del terror que gobierna nuestro mundo.

Sí, me detuve, como en un éxtasis enfermizo, en el espacio donde se construyó el símbolo más elocuente del dinero, de cristal y acero. Recordé cuando escalé en moderno elevador los 110 pisos por una cuota de 25 dólares, sólo para sentirme más humano, más grande, más orgulloso de mi obra.

Pero recordé el absurdo de Jean Paul Sartre, apesadumbrado sobre nuestros hombros, agobiado… convertido en Peste con Camus y en poesía con Samuel Beckett: “Qué haría yo sin este mundo sin / rostro ni preguntas/ donde ser no dura sino un instante / donde cada instante/ se vierte en el vacío en el olvido / de haber sido/sin esta ola donde al final/ cuerpo y sombra se sumergen / juntos/ qué haría yo sin este silencio abismo de murmullos/jadeando frenético por auxilio por / amor / sin este cielo que se alza /sobre el polvo de sus lastres”.

Sí, al final somos nada, polvo que se pierde en las grietas de la propia tierra. Y seguimos caminando, desgarbados, alejándonos, sumiéndonos en la oscuridad, de espaldas a todo, navegando en el underground, en el no ser, en el espacio vacío, en la nada…

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