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Borges, a 121 años de su nacimiento

Luis Gastélum

Convergen los caminos que me han traído a mi secreto centro:

ecos y pasos, / mujeres, hombres, agonías, resurrecciones, / días y noches,

entresueños y sueños, / cada ínfimo instante del ayer / y de los ayeres del mundo,

los actos de los muertos, / el compartido amor, las palabras, / ahora puedo olvidarlas.

Llego a mi centro, / a mi álgebra y mi clave, / a mi espejo. / Pronto sabré quién soy.

L. Borges, Elogio de las sombras.

“Lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”, escribió Borges en uno de los relatos de su obra cimera El Aleph. Lejos estaba el gran escritor argentino de saberse él mismo, en aquel 1949, un inmortal, como ahora lo es junto a toda su obra. Siempre será recordado por sus cuentos, su poesía y sus ensayos que honran la literatura e iluminan nuestra imaginación.

Por la efeméride de su nacimiento o su muerte, siempre será rememorado y referido. Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació el 24 de agosto de 1899. En 1977 escribió el cuento Veinticinco de agosto de 1983, en el que el propio escritor se soñaba a sí mismo suicidándose el día de su cumpleaños 84: de ahí el título. El tiempo pasó y en 1983, a medida que se acercaba la fecha de su cumpleaños, mucha gente se preocupó por el posible traslado de la ficción a la realidad. El escritor comentó entonces: “¿Qué hago? ¿Me comporto como un caballero y convierto en realidad la ficción para no defraudar a esa gente o me hago el distraído y dejo pasar las cosas?”. Se hizo el distraído y murió tres años después en Ginebra, un 14 de junio. ¿Pero qué más pudo ser Borges al ver por primera la luz en Buenos Aires? Un sable en el desierto, el aljibe, una vieja casa, el silbido de un trasnochador… Cualquiera de esas cosas pudo haber sido al nacer. O quizá un laberinto, un tigre, un cuchillo o un espejo, símbolos todos a los que se prometía renunciar cada vez que, ya hombre, se sentaba a escribir o, ya ciego, a dictar. Pero todos esos símbolos eran cada vez más fuertes que su voluntad y de golpe aparecían el laberinto con sus caminos que son uno solo y cuyo único destino es la desesperación, un tigre fiero y manso que cruza la página, el brillo de un cuchillo que deslumbra desde un rincón oscuro de la vieja casona o un espejo que refleja la imagen hasta la abominación de uno de los heresiareas que odiaba, junto con la cópula, porque ambos, decía, multiplican el número de los hombres, pero eran sin embargo una especie de mal necesario –los espejos, no así la cópula ni los hombres– que en una ocasión le permitieron el descubrimiento de Uqbar en unas misteriosas páginas adicionales de un tomo de las enciclopedias que inventaba y de donde extraía sus historias. El escritor escribió (“¿Cómo no voy a escribir? ¿Qué otra cosa podría hacer, ciego desde hace tantos años? Si me dedicara a abrir y cerrar puertas sería todo ridículo. Si me dedicara a la política sería aún más absurdo”) evitando caer en lo que él mismo creía un vicio: la idea de que todo adjetivo tiene que ser sorprendente y toda metáfora, nueva. Pero en sus mundos, él, antagonista de la literatura comprometida para no permitir que sus opiniones interfirieran en su obra, cuando escribía vivía en una especie de sueño, porque deseaba ser consciente con su propio sueño, no con una realidad cambiante. Y en sus opiniones resaltaban sus frases de poética belleza y contenido profundo: “La cultura es una suerte de amistoso escepticismo que permite la hospitalidad a las ideas al no permitirnos suponer que se saben con certidumbre las cosas”. O aún comentarios singulares: “Un buen lector es aquel que tergiversa y enriquece los textos”. Inclusive los sorprendentes: “He leído muy poco” y “mi español no me gusta”. O bien conceptos que parecen resumir su propia vida: “Tengo la impresión de que nunca he salido de mi biblioteca y de mis libros” o “¡No! ¿Memoria?…. Pero si yo tengo muy poca memoria. Y además, he leído muy poco… bueno, he releído mucho lo poco que he leído”. Escribía pues a partir de sus nostálgicos recuerdos de un mundo mejor que éste, porque cuando uno piensa en el pasado lo hace, sobre todo, en términos mitológicos, legendarios: “¿Cómo fueron realmente las cosas? No lo sé, a medida que se cuentan, van mejorando”, decía. O el testimonio que dejó contra los compadecidos de su ceguera en el poema Los dones: Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / De Dios, que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche. Pero el temeroso de los espejos “que reflejan vanidad y por eso alarman”, a quien se ha definido como tejedor maravilloso de consonantes y vocales, sensible inventor de gente, ciudades y mágico alquimista en el que conviven lo cotidiano y lo fantástico, ese erudito autor que consideraba a la lectura como “actividad más resignada, más civil, más intelectual que escribir”, aprovechaba las penumbras de sus ojos para eludir hablar de política y de autores con los que discrepaba. Y, claro, de la ausencia del Nobel. Pero así creó esa rica herencia que nos legó. Y el Nobel se lo perdió, como dijo Mario Vargas Llosa en sus primeras reacciones al enterarse de que había sido elegido para el máximo galardón de las letras: “Me da un poco de vergüenza recibir yo el Premio Nobel, no habiéndolo recibido Borges. Creo que es una ausencia que ha sido muy justamente criticada. También la Academia Sueca se equivoca a veces”, dijo el autor de El sueño del Celta. “Para siempre el Nobel será el premio que se deslució al ignorar a Borges”, declaró a Dpa el estudioso y testigo de la literatura latinoamericana contemporánea Julio Ortega, quien en ocasión de los 25 años de la muerte del autor de Historia universal de la infamia, dijo: “He sido, lo puedo contar ahora que dejé de serlo, uno de los críticos consultados por el premio. Y aunque el acuerdo era generalizado a favor de Borges, una y otra vez le fue denegado. Pero más ha perdido el Nobel que Borges”. El analista peruano ha sostenido que las razones para que Borges se quedara sin el galardón de la Academia Sueca fueron triviales: “Porque habían premiado recientemente a otros escritores de lengua española, porque Borges había recibido una medalla de Pinochet, porque para algunos lectores Borges seguía siendo más europeo que latinoamericano, porque la diplomacia argentina ha solido ser muy poco borgiana, y, no hay que descartarlo, por mera ignorancia”. Borges perdió el Nobel al aceptar una condecoración del dictador chileno y por el discurso que entonces pronunció, a decir del también escritor argentino Pablo de Santis y quien citó la frase que Borges dijo en esa oportunidad: “Prefiero la clara espada a la furtiva dinamita”. Sin embargo, para el ganador del Premio Planeta 2007 por su novela El enigma de París, Borges sigue incólume: “Le quitó más prestigio al premio que a Borges. La fama de Borges está fundada en dos géneros casi olvidados por el siglo XX: el cuento y el ensayo breve. Si su obra alcanzó trascendencia sin haber escrito novelas, bien podía tenerla sin haber ganado el Nobel”. El también Nobel Gabriel García Márquez escribió sobre la infructuosa espera del asiduo candidato: “Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana, y no pueden pretender que le excluyan, sólo por piedad, de los pronósticos anuales. Lo malo es que el resultado final no depende del derecho propio del candidato, y ni siquiera de la justicia de los dioses, sino de la voluntad inescrutable de los miembros de la Academia Sueca”. Cada año, cuando se anunciaba al ganador del Nobel y no era para él, Borges recibía la noticia con una sonrisa y con una broma: “Está bien que no me lo den; no me lo merezco. Pero eso hace que muchos se sientan culpables y me otorguen otros premios”, contó quien fuera su secretario particular, Roberto Alifano, y para su biógrafo Alejandro Vaccaro, Borges obtuvo todas las distinciones posibles a excepción del Nobel: “Las razones por las cuales no le concedieron el Nobel son sin dudas de orden político. Fue candidato durante 25 años y en ese lapso lo obtuvieron muchos escritores notablemente inferiores a Borges desde el punto de vista literario. Esa negativa constante ha desprestigiado el premio”. Y Borges, con el gran humor que lo caracterizaba y que supo plasmar en la obra que lo volvió inmortal, solía decir: “Yo siempre seré el futuro Premio Nobel. Debe ser una tradición escandinava”.

El palabrista y el numeralio

Entre los estantes atiborrados de libros ya escritos y los posibles de la inconmensurable biblioteca creada por Borges, incluida la de Babel, los relativos a las matemáticas eran los más concurridos por el autor de El Aleph. Siempre tuvo una fijación erudita por los números, sobre todo por su infinitud. Le atraían los cardinales y los romanos, en unidades o con decimales. Combinados, sostenía, algo nos quieren decir: día 24 del mes 8 del año 1899. Nació en la céntrica calle bonarense de Tucumán, en el barrio de la Parroquia de San Nicolás. Fue ochomesino. El parto fue a las 5 de la madrugada de un viernes frío de invierno, durante la Noche de San Bartolomé, “cuando el diablo sale a cazar ángeles”, decía. Aunque él se consideraba habitualmente agnóstico, recordaba aquella histórica guerra parisina de mediados del siglo XVI entre católicos y protestantes y que terminó con el asesinato en masa de los hugonotes. Murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, el mismo día que 1133 años atrás, en Córdoba, en la provincia hispánica de Andalucía, los santos mártires Anastasio, San Félix y Digna murieron degollados. El presbítero y el monje por reconocer su fe cristiana ante los jueces musulmanes, y la virgen por haber reprendido al juez del asesinato de aquellos dos. Hoy hubiera cumplido 121 años. Tal vez, la cifra también le habría intrigado y en una de sus geniales maquinaciones literarias, hubiera tratado, quizá, de explicar porqué empieza con uno, sigue con dos y termina con uno, así como su conexión con la realidad y la ironía, los espejos y los laberintos, los mundos paradójicos y los imaginarios. Tal vez porque Borges también anduvo las arenas movedizas de los infinitos símbolos de los números. Su obra, han dicho sus críticos y biógrafos (“Hay un fenómeno de apropiación del nombre de Borges, que a esta altura hace sonreír, y que permite la multiplicación de toda clase de libros cuyos títulos son Borges y… casi cualquier cosa que se quiera escribir al lado”, dice el matemático argentino Guillermo Martínez, autor de Borges y la matemática), está vinculada de manera sólida e indudable a la ciencia de las matemáticas. El Aleph, por ejemplo, el libro borgeano de culto por excelencia en el que mediante 17 cuentos-metáforas nos muestra el mundo desde un punto equidistante de la realidad y la ficción, dice: “Para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes”. La Mengenlehre es el nombre alemán de la teoría matemática de los números y las cantidades. Por eso, tal vez, Borges pudo haber sido un número o un sable que ha servido en el desierto, el aljibe, una vieja casa, el silbido de un trasnochador por la vereda. Cualquiera de esas cosas pudo haber sido Borges hace un siglo y dos décadas, pero para fortuna de los mundos fantástico y real, a los que tanto recurrió para crear sus historias geniales, no fue nada de eso, sino el escritor que para quien, en definitiva, todo lo que uno escribe es autobiográfico, sólo que eso puede ser dicho: “Nací en tal año, en tal lugar” o “Había un rey que tenía tres hijos”… Pero Borges, el temeroso de los espejos “que reflejan vanidad y por eso alarman”, al que Enrique Loubet definió como “tejedor maravilloso de consonantes y vocales, sensible inventor de gente y de ciudades y aun de enciclopedias, mágico alquimista en el que conviven lo cotidiano y lo fantástico”, ese erudito autor de una de las más grandes obras de la literatura universal y que consideraba a la lectura como “actividad más resignada, más civil, más intelectual que escribir”, aprovechaba las penumbras de sus ojos sin luz para eludir hablar de autores con los que discrepaba de su ideología, como García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes, por ejemplo: “Bueno –decía–, mi ceguera, mi casi ceguera… No he leído nada. He pensado que siendo contemporáneos míos se parecerán un poco a ellos. Y que, entonces, no me pueden ofrecer ninguna sorpresa… Pero entiendo que son muy buenos. Sin embargo, dedicado como estoy a tareas filológicas de inglés antiguo y como prefiero releer…”. Por algunas de sus opiniones, a ese escritor que le hubiera gustado haber sido Alfonso Reyes porque aseguraba que en el siglo XVII hubiese sido el mejor prosista y que posiblemente también lo sea del siglo XXII, a veces caía mal. Por ejemplo, declaró con orgullo que aprendió a hablar en inglés antes que en español y 1legó a decir que no hacía falta conocer ningún otro idioma porque la literatura inglesa contiene o resume todas las cosas. Pero Borges, que justificaba su estancia aquí, en este mundo mágico, con un “soy humano”, era benévolo y utópico: deseaba un mundo real sin gobiernos y decía que bondad e inteligencia van juntas: “Las personas inteligentes son buenas. Las estúpidas son malas. Para ser bueno hay que ser inteligente”. De hecho, ese que no creía ni descreía de Dios pero desconfiaba que hubiera un más allá, rezaba porque se lo había prometido a su madre, su gran amor. Y no por miedo, porque para Borges hasta la muerte era una esperanza, siempre y cuando se muriera enteramente y después fuera olvidado. Pero ¿quién no lo reconocería si el mundo que ahora habita le permitiera regresar a su espíritu, ora en un sable que ha de servir en el desierto, ora en un espejo, en una casa vieja, en el silbido de un trasnochador por la vereda, en él mismo como una página perdida de un tomo de una enciclopedia o como el Borges del mundo ancho y mágico que camina por Buenos Aires y el mundo real con los brazos abiertos, o en un número? Quizá en Columbia (EU) no lo reconocerían, ahí en donde ese inmenso escritor ciego dictó una conferencia en 1971 y llevado del brazo por su traductor al inglés, Norman Thomas di Giovanni, caminaba por los pasillos de la Universidad con un engomado pegado en la solapa de su anticuado traje gris que decía: “Jorge Luis Borges, escritor argentino”. Y es que como él mismo decía: “Hay peores cegueras que las de los ojos”.

En una de sus últimas entrevistas poco antes de su muerte, dijo: “Como ser humano soy una especie de antología de contradicciones y errores. Pero tengo sentido ético. En fin, no espero ni castigos ni recompensas. El cielo y el infierno me quedan grandes”. ¿Lo espera el purgatorio entonces?, le preguntó el entrevistador, y el autor de Utopía de un hombre que está cansado respondió: “No, ninguna de las tres cosas. Espero desaparecer definitivamente. Y espero además no ser recordado. ¿De qué me sirve morir si van a seguir pensando en mí?”.

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