
Miguel Valera
La lección que acaso pueda dejar la crisis del coronavirus COVID-19 en el mundo es que “nada ni nadie nos puede ‘salvar’ de nuestra ontológica vulnerabilidad”, así lo expresa el filósofo español radicado en Coatepec, Julio Quesada Martín.
Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y actual investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad Veracruzana, dice que “este virus, miren por dónde, debería recordarnos que si cualquiera de nosotros puede portarlo es porque somos iguales. El conocimiento de lo inevitable debería partir de esa realidad”.
Autor de una obra filosófica prolífica, entre cuyos títulos se encuentran, El último filósofo, Un pensamiento intempestivo, Las cenizas de Heidegger. El legado de Hölderlin; Heidegger de camino al Holocausto, entre otros, señala que a pesar del dolor, la angustia y la incertidumbre, por la pandemia, “de ninguna manera podemos vivir en el miedo. Siempre va a acontecer algo que nos sorprenda, para bien y para mal. Aquel gobierno que nos eduque en el miedo será definido como totalitario”.
Residente permanente en México, aclara que no es “otro gachupín hablando ex-cátedra, dando lecciones de moral”. “Tan profundamente amo a México que el lema de mis investigaciones, anteriormente de Ortega y Gasset, ‘Solo me es segura la inseguridad’, ha pasado a ser: ‘Lo doctor no quita lo pendejo’, porque no solo lo abarca sino que va más allá. Y que me atrevo a concluir señalando los dos fundamentales anti virus que lleva el mexicano en su ADN. La solidaridad en la alegría (la última y nos vamos) y la solidaridad en el sufrimiento (terremotos y más terremotos”.
Aquí la entrevista íntegra que nos concedió, para hablar de la vulnerabilidad del ser humano, del “contagio” como categoría simbólica, las amenazadoras imágenes de los crematorios que no dan abasto, de lo que tendremos que aprender de esta tragedia, de adivinos y profetas y de la educación en el miedo, que es más común que la educación en la alegría, como sostenía Spinoza, cita.
—¿Por qué esta pandemia nos ha asustado tanto?
“Hemos perdido el horizonte de nuestra insuperable contingencia y vulnerabilidad. Nos han educado en la ideología del progresismo infinito totalmente idealista, sin tomar en cuenta la realidad material de nuestras vidas expuestas, siempre, a lo imprevisible”.
—En el siglo XX tuvimos al menos cuatro grandes epidemias con millones de muertos y poco nos enteramos. En esta del COVID-19 nos van contando, minuto a minuto, los muertos. ¿Es la exposición mediática la que nos ha generado este miedo terrible?
“Creo que el miedo de la sociedad proviene, según los países, del grado de incertidumbre que provocan los gobiernos a la hora de reaccionar contra la pandemia. También pienso que esta reacción ha sido mucho peor en España que en México, a pesar de que al principio se hiciera populismo con los abrazos. Pero en el caso de España el gobierno tuvo de antemano los datos de la expansión y siniestro del virus para haber tomado decisiones mejores”.
—¿Por qué este temor a la muerte?
“No se trata de que la vida conlleve la muerte. Ahora se trata de un confinamiento total en nuestras casas o asilos que, prácticamente, nadie había conocido. Ni siquiera en las guerras. ‘El contagio’ ha resultado una categoría de orden simbólico que suspende todas nuestras relaciones. Y hay un plus: los contagiados deben morir solos, sin posibilidad de atención familiar. La imagen de esa pista de hielo en Madrid ahíta de ataúdes, solo ataúdes en el hielo, abarrotada la pista de cajones porque los crematorios no dan abasto, esta imagen es más amenazadora que el hecho de que nos tenemos que morir”.
—¿Es el pánico otra peste, otro virus mortal, aderezado con fakenews y amarillismo noticioso?
“El miedo, el temor y la posibilidad de entrar en pánico es algo muy humano. Este pánico es producto del miedo a lo desconocido cuando a la ciudadanía no se le informa con verdades aunque sean trágicas. No creo que los marineros de un barco entren en pánico ante una tremenda tormenta. Saben, o creen saber, que el capitán tiene conocimientos para manejar la situación. Pero cunde el pánico en la tripulación, y entre los pasajeros, cuando se descubre, como en el caso de España, que no se sabe qué hacer con el virus…porque era algo inesperado. Como si los virus tuvieran que avisar de que van por nosotros. Al respecto, y por lo que me voy informando, puede que México se haya puesto en alarma con tiempo suficiente para que el pánico se transforme en conocimiento y acción”.
—¿Qué nos puede decir de La peste, de Albert Camus, un autor que usted ha estudiado? ¿Fue su obra una advertencia de cómo el ser humano se enfrenta ante esta situación límite de su existencia?
“¡Que pregunta más oportuna! Si esta peste del Coronavirus no nos enseña a pensar y vivir mejor de lo que hasta ahora lo hemos estado haciendo, pasará como otro ‘evento’ más y hasta el próximo.
“Pero ¿aprenderemos algo bueno de nuestra tragedia? Ojalá que México no siga el camino de España, ese camino del odio de la ‘Memoria histórica’, virus de todos los virus, y que constantemente está utilizando el odio como abanderamiento de la izquierda, de los independentistas y pro-etarras.
“Por esta razón la vida en común, el perdón constitucional de 1978, se quiere destruir al mismo tiempo que España como nación. Es en esta circunstancia socio-política de ‘deconstrucción’ de España cuando aparece el Coronavirus, y dada la atomización de las autonomías no se tiene una unidad centralizada para combatir a ese enemigo que no entiende ni de fronteras ni de derechos históricos.
“De modo que la contención llegó muy tarde. ¿Se imagina usted que no se permitiera entrar al Ejército mexicano en el territorio X mexicano, Fuerzas Armadas que van a ayudar, porque se trata (como dicen en el País Vasco y Cataluña) de una imposición centralista? Si no tenemos una unión leal entre nosotros, el virus, el que sea, nos destruirá. Pero, obvio, ese es el problema: cada vez nos sentimos más diferentes a los demás, más autonómicos y menos solidarios. Esta peste no la trae el Coronavirus, está en nosotros”.
—¿Qué tiene que ver esto con el mal? Algunos lo están interpretando como un castigo divino, otros como la factura que nos está cobrando la naturaleza.
“Siempre tenemos adivinos y profetas que viven de nuestra ignorancia. La naturaleza nada sabe de nuestro lenguaje a través del cual, y siempre dependiendo de cada cultura, interpretamos a la naturaleza, desde una sequía seguida de una hambruna hasta esta penúltima pandemia. La naturaleza nada sabe de Dios ni de castigo ni de venganza.
“En 1759 sufrió Lisboa un terremoto o lo que hoy se conoce científicamente como ‘sunami’. Murieron más de 100.000 personas; la mayoría de ellas estaban en las iglesias porque era el día de todos los Santos.
“Mujeres, hombres y niños. ¿A quiénes estaba castigando Dios y por qué precisamente en Lisboa? ¿No se podría interpretar el terremoto como una broma divina porque eligió para la divina masacre el 1 de noviembre? Todas estas ideas solo son puras supercherías que, ahora, se mezclan con la ecología como movimiento ideológico posmoderno”.
—He visto a mucha gente volcarse en las expresiones religiosas, refugiarse en Dios. Los curas salieron de sus iglesias e inundaron las redes sociales. ¿Qué piensa de este fenómeno humano?
“Siempre ha habido grupos de personas que viven de los otros a costa del miedo y del pánico ante los fenómenos de la naturaleza. Desde los arcaicos griegos a los aztecas, pasando por los católicos y los luteranos, la historia no termina nunca.
“La educación en el miedo al miedo -ya de carácter religioso o político- es la mejor Paideia para mantener a los ciudadanos en una permanente ‘minoría de edad’ como dijo Kant.
Ojalá que este confinamiento en casa lo utilizáramos para estudiar e investigar, para reflexionar sobre nuestras creencias, para reflexionar de forma crítica por qué pensamos lo que pensamos. Por qué se nos educa en el miedo y no en la alegría como sostenía Spinoza -quien también escribió que ‘La libertad es el conocimiento de lo inevitable’.
“Pero, lamentablemente, se prefiere educar a los ciudadanos en el arte de las tinieblas y mitologías religiosas y políticas porque no se está por la labor de hacer de los ciudadanos individuos e individuas que piensan, con el riesgo que lleva pensar por sí mismo, como sujetos y no como ovejas de rebaño.
“Ahora bien, no podemos prohibir que se llenen las redes sociales con tales pensamientos porque creo en la democracia liberal y no, por ejemplo, en la dictadura democrática de Venezuela; pero el gobierno debe impedir estas manifestaciones en la calle por salud pública hasta que el virus se haya, efectivamente, ido”.
—¿Qué con la fe del hombre frente a la vulnerabilidad? Vi al Papa Francisco visitar el Cristo de San Marcello, en Roma, el mismo al que se le atribuye haber sanado al pueblo de Roma de la gran plaga de 1522.
“Respeto a todas las religiones siempre que no me obliguen a poner en cuarentena, ya de forma parcial o total, mi conciencia”.
—Hablando del Papa Francisco, escuché que en una entrevista dijo que el gran reto de esta pandemia es la soledad. ¿Qué piensa usted de este reto de la cuarentena? ¿Por qué nos cuesta tanto estar con nosotros mismos? ¿Por qué queremos estar inundados de imágenes, de ruidos, fuera de nosotros?
“Me parece muy apropiado. Por dos razones. Una porque, en efecto, quedarnos a solas con nosotros mismos implica una soledad en la que, tarde o temprano, nos damos cuenta de que, en realidad, nunca estamos solos porque siempre nos acompaña nuestra conciencia, ‘el dos en uno’ del que hablan San Agustín, Hannah Arendt y Emmanuel Lévinas.
“Cuando desaparece el ruido de nuestra vida cotidiana -lo que también nos ha traído la pandemia- afloran a piel de conciencia, si es que aún nos queda, la historia de nuestra propia vida. Una memoria que siempre trae de la mano a los Otros. Hay una ‘conciencia-de’ todos tus hechos u omisiones respecto de los demás que, en la soledad de este encierro, puede llegar a transformar el aburrimiento en un despertar espiritual.
“Cuanto más encerrados estamos en nosotros mismos más nos damos cuenta de que los prójimos son los otros. Uno no puede amarse a sí mismo si, antes, no se responsabiliza de los otros. Esta verdad forma parte del conocimiento de lo inevitable. Tal vez el Papa Francisco, al que le tengo cierto aprecio porque soy ateo por la gracia de Dios, se esté refiriendo al reto de la soledad que late entre nosotros, aunque con matices distintos, el judeo-cristianismo y la fenomenología trascendental de Husserl.
“Pero hay otro reto de la soledad que el Coronavirus nos ha puesto encima de la mesa. No sé qué ocurre en otros países; pero en España algunos ancianos que están en asilos y residencias de ancianos se nos están muriendo solitos. La Guardia civil encontró en uno de estos asilos varios cadáveres de ancianos. Este reto de la soledad me hiela el alma y me deja sin palabras. Si esta pandemia no nos obliga a pensar y actuar más allá del partidismo político y de sus ideologías, estas muertes no habrán servido de nada.
“Porque, atención, una cosa es el conocimiento de lo inevitable y otra, muy distinta, que nuestros ‘viejos’, que ayudaron y de qué forma a levantar a España en la posguerra (todos nuestros viejos de derechas y de izquierdas), tengan que morir por falta de auxilio sanitario como los respiradores. Alerta de la que sabía el gobierno español desde hacía un buen tiempo. Este lamentable hecho debe poner a México en alerta máxima”.
—¿Qué piensa usted de las teorías conspiradoras sobre este virus, es realmente una guerra bacteriológica, producto de intereses comerciales?
“Creo que no. Pero habrá que investigarlo; aunque por lógica económica la recesión puede ser mundial. El caso es que, como decía antes, las personas van dejando de ser personas, en el sentido de ‘voz propia’ (Antonio Machado), para formar parte de esa función de anonimato de las redes sociales: se dice, se cuenta, he escuchado, vi en tal canal, etcétera. Pero casi nadie checa, comprueba, la fuente; solo es una bola de nieve que se va haciendo más grande entre las ovejas-usuarios de las redes.
“Cuando la explosión en la central nuclear de Chernobil, Rusia, corrió un bulo parecido a los actuales. Sin embargo, todo fue producto de un fallo técnico, de un fallo humano. Lo que sí es cierto es que no es lo mismo que el virus te agarre en una dictadura comunista que en un país libre. Rusia tardó mucho tiempo en decir la verdad, lo mismo que China”.
—¿Qué lección nos debe dejar esta crisis del COVID-19?
“Que nada ni nadie nos puede ‘salvar’ de nuestra ontológica vulnerabilidad. Que el mundo es cada vez más mundo, a pesar de los intereses nacionalistas. Este virus, miren por dónde, debería recordarnos que si cualquiera de nosotros puede portarlo es porque somos iguales. El conocimiento de lo inevitable debería partir de esa realidad. Que algunos países pueden utilizar el encierro obligatorio para destruir la democracia liberal en aras del comunismo posmoderno”.
—¿Tendremos que acostumbrarnos a vivir con este miedo que llegó a nuestras vidas?
“De ninguna manera podemos vivir en el miedo. Siempre va a acontecer algo que nos sorprenda, para bien y para mal. Aquel gobierno que nos eduque en el miedo será definido como totalitario”.
—¿Algo que quiera añadir?
“Soy un ‘residente permanente’ en México, mi otra patria. Nadie de mis amables lectores piense que se trata de otro gachupín hablando ex-cátedra, dando lecciones de moral. Tan profundamente amo a México que el lema de mis investigaciones, anteriormente de Ortega y Gasset, ‘Solo me es segura la inseguridad’, ha pasado a ser: ‘Lo doctor no quita lo pendejo’, porque no solo lo abarca sino que va más allá. Y que me atrevo a concluir señalando los dos fundamentales anti virus que lleva el mexicano en su ADN. La solidaridad en la alegría (la última y nos vamos) y la solidaridad en el sufrimiento (terremotos y más terremotos)”.




