Roberto Yerena Cerdán
Para mi hermano Carlos
La muerte es una carta y un mito. De la lotería o del Tarot; y más próxima al aterrador Caronte, navegador de almas. En ambas, es una simple osamenta de caricatura; pues no existen muchas maneras de imaginarla, y no encontramos otra que no sean huesos inmundos, errantes y sin alma, que deambulan, tal vez en el mismo escenario de cuando estuvieron envueltos en carne viva. Dice la leyenda que nos tiran de los pies por debajo de la cama; pero luego nos sonríen esperando que reconozcamos quiénes son, como si se tratara de una broma.
Hemos de morir. Esta es, indudablemente, la única gran certeza que compartimos los seres humanos, nos guste o no. Ni científicos, ni filósofos pondrían a prueba sus ansiedades especulativas y sus métodos infalibles frente al destino inexorable de la muerte. Salvo los teólogos y creyentes –que ven más allá del último hálito, apenas el inicio de una existencia eterna, colmada de espiritualidad– el resto solo sabe, tristemente, que morirá. Pero eso es una profesión de fe, y no el testimonio fehaciente de lo que se experimenta al abandonar este bajo mundo donde, como decía Louis-Ferdinand Céline, tanto el bien como el mal se pagan.
Salvo ciertas neurosis, no es común que nos detengamos a reflexionar sobre el fin de nuestra existencia. Quizá porque la vida, nos vaya como nos vaya, de manera tan extraña hace aferrarnos a nuestra presencia en la tierra, como si nuestras tareas trascendentales estuvieran en compás de espera para ir logrando quien sabe qué y hasta cuándo. En el trayecto, cometemos cualquier clase de barbaridades y nos atareamos en resolver lo inmediato; sea para corregir errores o para consumar nuestros desmanes. Por ello, la angustia nos atrapa y la culpa nos quema. Pero el cinismo también es una forma de salvación perentoria. Al final, cada quien entregará cuentas, ante Dios o ante nadie. Como lo escribió Dostoievski en “Crimen y castigo”: Si Dios existe, toda regla moral es válida. Si no existe, todo está permitido.
Habrá quienes hablan de los muertos por lo que fueron en vida. Ilustres, en algún sentido, alcanzaron notoriedad para que lo vivos los recordemos de forma ridícula, hasta el punto en que mejor sería olvidarlos. Sin embargo, la historia, entendida como práctica disciplinaria, no hace más que recrear las hazañas y las tropelías de los difuntos. Existe, entonces, un extraño nexo entre la vida y la muerte; aunque nos demos cuenta que la muerte no existe. Estoy seguro que solo es el final de algo que deba terminar porque ya expiró su sentido y debe dar lugar a la renovación; porque el fin no es la muerte, y algunos finales también ocurren en vida. Es todo aquello que se acaba y no se repetirá. Si yo muero, alguien nace; y mi ausencia alguien la suple en un lugar incierto; distante; incomparable. Alguien que no soy yo.
Monumentos, estatuas, nombres de calles y de incrédulos países, consagrados inopinadamente a los muertos, como si estos vieran, asombrados, como se les enaltece o se les denigra. Como si se tratara de cantar sus glorias o exponerlos, vergonzosamente, al escarnio público. Mejor sería dejarlos en paz y esperar a que no continúen en el más allá causando más daño. Estatua de Vicente Fox; colonia Díaz Ordaz; avenida López Portillo; privada de Hernán Cortez; boulevard de La Malinche; fraccionamiento Agustín de Iturbide; privada Luis Echeverría; canal del desagüe Ernesto Zedillo que, aunque no sea difunto, se merece las alabanzas en vida.
Tomando las cosas tal como son, la muerte, más bien nos enfrenta con la vida. Dicen que muere el amor y la pasión, en las tormentosas aguas de los sentimientos. Pero olvidamos que lo terrible que mueran seres inocentes debido a la pobreza; a las guerras; a la criminalidad. Y cuando eso ocurre, el lindero entre nuestras angustias inmediatas y las verdaderas tragedias, debe ser un abismo. Pero esto tampoco nos consuela y nos exenta de sufrir; porque somos seres que hemos hecho de la vida personal escenarios de martirio y de gozo.
Pero volviendo a la vida, la muerte solo tensa nuestra existencia, y su cercanía suele atemorizar; por no tanto como para que nuestros actos los ajustemos a una moral universal que nos haga ser mejores personas. Qué bueno fuera. Porque resolvemos lo que somos adoptando una filosofía de la vida, por siniestra que esta sea; y la muerte no es la dimensión que nos haga tomar conciencia, porque a veces preferimos morir a encarar nuestras responsabilidades. Morir de amor; morir porque nuestro cuerpo lo pide; morir por absurdo heroísmo. En estos casos, la muerte suele ser un alivio.
Pero la muerte también son los recuerdos de los seres que se fueron sin avisar, y al día siguiente se volvieron parte inasible en el resto del camino, y a cada momento los nombramos como si estuvieran a nuestro lado; porque nos negamos a despedirnos de ellos con dignidad y preferimos, estérilmente, a que el dolor nos acompañe hasta que los acompañemos y los volvamos a abrazar. En cambio, si ellos nos observan, con toda la serenidad que debe existir en el otro mundo en que habitan, han de pensar, “Qué absurdos son los vivos. En lo que desperdician su existencia”.
En la literatura existen obras cuya protagonista es la muerte. Los escritores han dedicado narraciones completas que suceden en otro plano, donde la muerte no termina, lo cual ya resulta delirante. Tal vez lo hicieron para expiar sus propias culpas, en un lugar donde existen muertos sin morir; para darse la oportunidad del arrepentimiento ante el espanto insoportable; o de plano para aceptar la condena.
La muerte es una realidad y una ficción, porque existe en nuestra imaginación cuando vivimos. Y esta dualidad no resuelta nos impide prepararnos para su llegada. Poner las cosas en orden. Reconciliarnos. Perdonar y pedir perdones. Pagar las deudas de a de veras, y las otras también. Volvernos humildes y agradecidos. ¿Qué nos cuesta? Y mientras no nos alcance la parca, por lo menos que la pena y la añoranza que sentimos por los seres entrañables que ya partieron, vaya acompañada de una sonrisa que nos haga sentir que en verdad se encuentran en un mejor lugar; o para que aquellos piensen que a todos nos va bien por aquí. Por ambas razones, vale la pena sonreírle a la muerte. Todavía.

