Icono del sitio HoyXalapa

La discapacidad que padecemos

(Para Aldo, mi amigo, con cariño)

Sergio Armin Vásquez Muñoz

La discapacidad es un tema al que la sociedad no le ha querido entrar a plenitud, como esa canción que no gusta y que cuando toca escucharla, se brinca, se cambia de estación o simplemente se ignora. Llevamos más de dos mil años de esta era que denominamos “Después de Cristo” y poco es lo que se ha avanzado en el sentido de entender, comprender, defender, o en su caso atender, a quienes les ha tocado padecer alguna limitación, ya sea física, auditiva, intelectual, visual o psíquica, cuyas causas pueden ser multifactoriales, pues hay situaciones en las que las personas se ven afectadas desde su nacimiento y, en otros, es la consecuencia de algún accidente que les limita por el resto de sus vidas.

Hay también varios escenarios a considerar. La conciencia personal de los alcances y limitaciones de quien se ve afectado por algún tipo de discapacidad, por una parte, y, por la otra, el acompañamiento y empatía de la familia cercana, particularmente la mamá o el papá, siendo especialmente enfáticos en la figura materna, ya que en la mayoría de los casos es la madre quien recibe todos los balazos de la responsabilidad, la atención y los compromisos que se derivan.

La Real Academia Española define discapacidad como aquella “situación de la persona que, por sus condiciones físicas, sensoriales, intelectuales o mentales duraderas (sic), encuentra dificultades para su participación e inclusión social”. Creo que en este sentido, la RAE ofrece una definición a medias, por dos razones. Primero, porque esas dificultades que menciona, limitan a la persona en su desarrollo personal frente a su contexto cotidiano. Segundo, porque esas “dificultades para su participación e inclusión social” se las impone en un primer momento la familia, y más tarde la sociedad, con sus diferentes posturas y actitudes de rechazo, apartando o relegando a las personas con discapacidad, en especial cuando se refiere a oportunidades laborales.

Más de dos mil años después de Cristo y apenas estamos entendiendo que, además de empatía, las personas con discapacidad requieren una infraestructura urbana especial, para poder transitar de manera más cómoda (o al menos práctica) por las banquetas, calles, edificios, escuelas, restaurantes, parques, ya sea teniendo asistencia o apoyo de alguien, o valiéndose por sí mismos, porque en la mayoría de los casos quienes tienen alguna limitación buscan ser autónomos e independientes, precisamente porque al final del día se quedan solos, sin algún acompañamiento.

Más de dos mil años y apenas se está legislando sobre la inclusión laboral a favor de las personas con discapacidad. Las políticas públicas han sido más en un sentido de proteccionismo que de inclusión.

Más de dos mil años. Y apenas se están conociendo las diferentes propuestas de las acciones afirmativas, que buscan garantizar, además de igualdad, el disfrute y ejercicio de los derechos políticos y electorales del sector poblacional identificado como discapacitado, es decir, que deban ser tomados en cuenta para cargos de elección popular.

Hay que anotar que antes de estos dos mil años, y durante mucho tiempo después, el escenario era desafortunadamente muy radical, ya que quien nacía presentando alguna limitación física era considerado deforme, especialmente en las sociedades griega y romana, quienes enaltecían y cuidaban la perfección, tanto corporal como mental, por lo que a los niños identificados con alguna discapacidad, los abandonaban en los montes o los arrojaban desde lo alto de algún risco. Lo mismo ocurría en Asia y Egipto. En contraste, los hebreos consideraban a la discapacidad como una marca del pecado, por lo que destinaban lugares para su cuidado y atención a base de ayuda espiritual. Otras culturas los veían como verdaderas bendiciones y como la representación mundana de sus dioses. Sin embargo, en la mayoría de los casos, ante la falta de una explicación aceptable, eran abandonados o sacrificados.

Y después de estos miles de años, que nos han traído modernidad tecnológica y avances médicos, apenas estamos en el principio de lograr una convivencia empática y respetuosa con quienes vemos como “diferentes” a ese concepto estándar de ser humano, que si bien no es el ideal griego o romano, ya es un concepto menos estricto, en donde el espectro de la tolerancia social se ha vuelto más amplio, aceptando altos, bajos, gordos, flacos, pelones, güeros, negros y\o con alguna limitante física, al margen también de sus preferencias sexuales o religiosas.

Creo que a estas alturas de la vida, a la sociedad le ha quedado más o menos claro que la discapacidad no es una expresión relacionada con los malos espíritus. Sin embargo, hay mucho por aprender o entender, para modificar esa discapacidad que padecemos respecto a la aversión hacia quienes consideramos “diferentes”, para permitirles transitar en igualdad de circunstancias hacia un mejor escenario social. Al fin y al cabo, todos somos habitantes de este planeta, con emociones, sentimientos, fe en algo, sueños, deseos y ganas de despertar al día siguiente.

Salir de la versión móvil