- No devolvamos la mirada de fe de la gente en gestos que no son de Dios, indica Jorge Carlos Patrón Wong.
- El arzobispo celebra la fiesta de San Rafael Guízar y Valencia en la Catedral de Xalapa.
- “Nuestra gente tiene una veneración especial por el corazón de San Rafael, era un corazón muy especial, era un corazón ungido para anunciar una buena nueva”, expresa el prelado metropolitano.
Nidia Miles
En caminatas, en mandas, en promesas, en rezos y plegarias, miles de xalapeños y veracruzanos recordaron este día a San Rafael Guízar y Valencia, el quinto obispo de la llamada entonces Diócesis del Estado de Veracruz, que se distinguió por su amor y cercanía a los feligreses y que fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1995 y canonizado por Benedicto XVI en 2006.
Al celebrar la misa este mediodía en la Catedral metropolitana de Xalapa, el arzobispo Jorge Carlos Patrón Wong recordó el amor que el obispo tuvo por el seminario y por la gente de esta demarcación a quien trataba con mucho cariño y atención. En su homilía, reflexionó: “Miremos como nos mira la gente y respondamos con fe, respondamos con respeto, con amabilidad, con afecto, con cariño. No devolvamos la mirada de fe en miradas, en palabras, en gestos, que no son de Dios y no son del Evangelio. Porque están apartadas de la mirada sobrenatural con que la gente nos ve”.
“San Rafael nos invita a vivir nuestra propia existencia cristiana y vocacional. Se distinguió por un amor muy especial, ahí donde él se formó y donde ayudó a formar a jóvenes sacerdotes. El amor al seminario, es un amor que debe crecer en cada sacerdote y seminarista siempre. Que todos los sacerdotes y seminaristas podamos amar a nuestro seminario como san Rafael lo mira y lo quiere”, dijo el prelado oriundo de Yucatán.
Patrón Wong comentó que “un aspecto que todos reconocen es su personalidad misionera. Toda perfectamente al deseo del Papa Francisco que toda nuestra iglesia sea claramente misionera”.
¿Qué nos enseña San Rafael?, planteó retóricamente:
“Nuestra gente tiene una veneración especial por el corazón de San Rafael. Nuestra gente ha descubierto que era un corazón muy especial. Como dice el profeta Isaías, era un corazón ungido para anunciar una buena nueva. Hoy, todo sacerdote, todo joven llamado a formarse para ser sacerdote tiene que aceptar, tiene que acoger que su corazón es y debe ser siempre un corazón especial. Nuestro corazón no puede ser simplemente humano”, asentó.
“El de San Rafael fue especial, bañado y ungido por el Espíritu. Aceptemos que nuestro corazón es especial. No tratemos de ocultar nuestro corazón en comodidades, en vanidades, en superficialidades. No tratemos de ocultar y cubrir nuestro corazón cuando quiere ser más generoso, más entregad, más auténtico, más desprendido. Dejemos que nuestro corazón sea el corazón que Dios nos dio”.
“Toda la lucha de un sacerdote, de una religiosa, de un seminarista, es aceptar el corazón que Dios nos dios. No puedo ser otra cosa que un sacerdote misionero. Mi corazón nació para ellos. A dar la vida. Hay muchos que no se atreven a dar la vida por la misión”.
En otro tema, apuntó: “Junto al corazón, uno ve en las fotografías de San Rafael, su mirada. Recuerdo mucho cuando a los pocos meses de llegar a Xalapa, entre tantas preguntas de los medios de comunicación, un periodista me preguntó cómo se siente, cómo lo trata la gente. Yo le dije: la gente, generalmente la más sencilla, nos ve con fe y a partir de la fe nos trata con mucho respeto”.
“La mirada de san Rafael es una mirada de fe y a partir de ella trató a todos con respeto, de un padre, de un sacerdote. Miremos como nos mira la gente y respondamos con fe, respondamos con respeto, con amabilidad, con afecto, con cariño. No devolvamos la mirada de fe en miradas, en palabras, en gestos, que no son de Dios y no son del Evangelio. Porque están apartadas de la mirada sobrenatural con que la gente nos ve. Un ser misionero tiene que mirar desde la fe”, asentó Patón Wong.
Biografía de San Rafael Guízar y Valencia
Hacia el sacerdocio. Su primer apostolado
Huérfano de madre a los nueve años, Rafael hizo sus primeros estudios en la escuela parroquial y en un colegio regentado por los padres jesuitas. Maduró durante esos años su vocación al sacerdocio y decidió seguir la llamada de Dios. En 1891 ingresó en el seminario menor de Cotija y en 1896 pasó al seminario mayor de Zamora. El primero de junio de 1901, a la edad de 23 años, fue ordenado sacerdote.
En los primeros años de ministerio sacerdotal, se dedicó con gran celo a dar misiones en la ciudad de Zamora y por diferentes regiones de Méjico. Nombrado en 1905 misionero apostólico y director espiritual del seminario de Zamora, trabajó incansablemente para formar a los alumnos en el amor de la Eucaristía y la devoción tierna y filial a la Virgen.
Perseguido por la fe
En 1911, para contrarrestar la campaña persecutoria contra la Iglesia, fundó en la ciudad de Méjico un periódico religioso, que fue pronto cerrado por los revolucionarios. Perseguido a muerte, vivió durante varios años sin domicilio fijo, pasando toda especie de privaciones y peligros. Para poder ejercer su ministerio, se disfrazaba de vendedor de baratijas, de músico, de médico homeópata. Podía así acercarse a los enfermos, consolarlos, administrarles los sacramentos y asistir a los moribundos.
Misionero incansable
Acosado por los enemigos, no pudiendo permanecer más tiempo en Méjico por el inminente peligro de ser capturado, pasó a finales del 1915 al sur de los Estado Unidos y al año siguiente a Guatemala donde dio un gran número de misiones. Su fama de misionero llegó a Cuba, donde fue invitado para predicar misiones populares. Su apostolado en esa isla fue fecundo, y ejemplar fue también su caridad con las víctimas de una peste que diezmó en 1919 a los cubanos.
Obispo de Veracruz
El primero de agosto de 1919, mientras realizaba en Cuba su apostolado misionero, fue preconizado obispo de Veracruz. Consagrado en la catedral de La Habana el 30 de noviembre de 1919, tomó posesión de su diócesis el 9 del año siguiente. Los dos primeros años los dedicó a visitar personalmente el vasto territorio de la diócesis, convirtiendo sus visitas en verdaderas misiones y en obra de asistencia a los damnificados de un terrible terremoto que había provocado destrucción y muerte entre la pobre gente de Veracruz: predicaba en las parroquias, enseñaba la doctrina, legitimaba uniones, pasaba horas en el confesionario, ayudaba a los que habían sido víctimas del terremoto.
Su misión episcopal. Nuevas persecuciones
Una de sus principales preocupaciones era la formación de los sacerdotes. En 1921 logró rescatar y renovar el viejo seminario de Jalapa, que había sido confiscado en 1914, pero el gobierno le incautó otra vez el edificio apenas renovado. El obispo trasladó entonces la institución a la ciudad de Méjico, donde funcionó clandestinamente durante 15 años. Fue el único seminario que estuvo abierto durante esos años de persecución, llegando a tener 300 seminaristas.
De los dieciocho años que regentó la diócesis, nueve los pasó en el exilio o huyendo porque lo buscaban para matarlo. Dio sin embargo muestras de gran valor llegando a presentarse personalmente a uno de sus perseguidores y a ofrecerse como víctima personal a cambio de la libertad de culto.
Su muerte
En diciembre de 1937, mientras predicaba una misión en Córdoba, sufrió un ataque cardíaco que lo postró para siempre en cama. Desde el lecho del dolor dirigía la diócesis y especialmente su seminario, mientras preparaba su alma al encuentro con el Señor, celebrando todos los días la santa misa.
Murió el 6 de junio de 1938 en la ciudad de Méjico. Al día siguiente fueron trasladados sus restos mortales a Jalapa. El cortejo fúnebre fue un verdadero triunfo: todos querían ver por última vez al «santo Obispo Guízar».
Fue beatificado por S. S. Juan Pablo II el 29 de enero de 1995 en la Basílica de San Pedro. El pasado 28 de abril de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI ordenó que se promulgara el Decreto «super miraculo » para proceder a la canonización. Es el primer obispo de Latinoamérica canonizado.
Sepultado en la catedral de Jalapa, su sepulcro es meta de peregrinación de miles de peregrinos que piden su intercesión.

