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Nos interesa seguir entendiéndonos con los demás hispanohablantes: Luis Fernando Lara 

• Como parte del Curso Historia del español de México 2023, el colegiado y lingüista
de El Colegio Nacional dictó la cátedra “La lengua nacional en el siglo XIX (2)”.

• Para los mexicanos que vivieron la coyuntura de la desaparición de Nueva España y
la Independencia de México, la lengua era la misma, destacó el lingüista.

• En el siglo XIX, lo que se decía en las calles o el vocabulario hispánico familiar
difícilmente se filtraba en la literatura y en la prensa.

• El curso seguirá el próximo 2 de mayo con el tema “El español mexicano moderno
(1)”.

El Colegio Nacional

A la par que se construía el sentimiento de patria mexicana, “la lengua de los
mexicanos se iba haciendo presente en la literatura y en la prensa”, y en el esfuerzo
inicial por mexicanizar a la literatura se acudió al habla popular y a temas románticos
y costumbristas, aseguró Luis Fernando Lara, miembro de El Colegio Nacional.

Al dictar la conferencia “La lengua nacional en el siglo XIX (2)”, como parte del curso
Historia del español de México 2023”, el lingüista aseveró que la lengua de tradición
culta adquirió características mexicanas que se revolucionaron con la llegada del
modernismo: “la tradición popular, siempre robusta y que cada vez más iba
mostrando su riqueza, se manifiesta sobre todo en la prensa de combate y satírica”.

“Es muy necesario insistir en que para los mexicanos que vivieron la coyuntura de la
desaparición de Nueva España y la Independencia de México, la lengua era la misma:
no había lugar para pensar que tuviera unas peculiaridades que pudieran constituir
un desvío de la tradición culta hispánica”, señaló el colegiado durante su cátedra,
celebrada de forma presencial en el Aula Mayor de El Colegio Nacional y transmitida
por las redes sociales de la institución.

En ese periodo, hubo quienes señalaron que la lengua nacional de los mexicanos
tendía a desviarse de los usos correctos de la lengua en España, “o dicho con más
precisión: de los usos que los académicos españoles consideraban correctos”,
aseveró el académico mexicano, porque tampoco se puede decir que fuera la lengua
de España, sino la de los académicos españoles, “28 señores que consideraban qué
era lo correcto, a juicio muy subjetivo de ellos”.

“Melchor Ocampo se opuso vivamente a esa idea, defendiendo el derecho de los
mexicanos de hablar la variedad mexicana del español según sus propias
costumbres; puede uno suponer que la idea del desvío del español mexicano
correspondía más a la derrota política de los mexicanos proclives a conservar la
herencia colonial, que a la observación cuidadosa del estado de la lengua en México
durante el siglo XIX”.

Sin embargo, fue común a todos los países hispanoamericanos el temor de que la
independencia diera lugar a una serie de variaciones regionales de la lengua que
condujeran a una fragmentación del español, un tanto semejante a lo sucedido “con
la fragmentación del latín durante la Edad Media, de la que se formaron las lenguas
romances”.

Uno de los ejemplos de aquella preocupación se reflejó en el libro Gramática de la
lengua española de Andrés Bello, publicada en Chile, en 1847, en cuyo prólogo
manifestó su preocupación de que no se conservara “a la lengua de nuestros padres
en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de
fraternidad entre las varias naciones de origen español”.

“Sí tenía sus razones para pensar que, de veras en América, en todo el continente,
se estaban produciendo formas que él llama bárbaras de la lengua”, aceptó Luis
Fernando Lara, porque dio lugar a un valor social muy apreciado desde entonces: el
valor de la unidad de la lengua, lo que comenzó a guiar el esfuerzo por conservar una
lengua española en que se entendieran todos sus hablantes, “vivieran en donde
vivieran”.

“La cuestión es cómo se interpreta ese valor: se puede interpretar bajo la ideología
del purismo, que se vuelve restrictiva e impositiva de ciertos usos; se puede
interpretar en términos de un cultivo abierto y cuidadoso de la tradición, cómo yo lo
hago o se puede interpretar como un verdadero libertinaje, idea a la cual nadie se
inscribió”.

Los esfuerzos literarios

El valor de la unidad de la lengua opera en todo el mundo hispánico; existía, y existe,
el temor de que se fragmente el español y aparezca una lengua mexicana diferente
de una lengua peruana o de una lengua chilena. Es un valor que todos tenemos,
porque nos interesa seguir entendiéndonos con los demás hispanohablantes, “tener
la sensación de que, más o menos en 10 mil kilómetros podemos seguir hablando
español”.

La década de 1870 fue la del triunfo del liberalismo: una vez derrotada la
intervención francesa y el imperio de Maximiliano, la Real Academia Española decidió
la creación de academias americanas correspondientes para “cuidar la pureza de la
lengua castellana”, siendo la sesión inaugural de la Academia Mexicana el 11 de
septiembre de 1875, con José María Bassoco como su presidente.

Integrada en su gran mayoría por conservadores, con orígenes españoles, entre ellos
se encontraban Joaquín García Icazbalceta y Manuel Orozco y Berra. No fueron
miembros de la academia Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto ni Manuel
Payno, “es decir: en pleno triunfo de la república liberal se fundó una institución
conservadora dirigida desde España”, a decir de Luis Fernando Lara.

“Muchos escritores mexicanos, al apegarse a los estrechos criterios de corrección
académicos, dejaban de utilizar vocablos comunes en México; lo que se decía en las
calles o el vocabulario hispánico familiar, difícilmente se filtraba en la literatura y en la
prensa, estaba completamente excluido de cualquier otro tipo de texto de no ser por
obras como Los bandidos de Río frío o las novelas de Guillermo Prieto, Ignacio
Manuel Altamirano o Luis G. Inclán”.

Incluso, destacó el colegiado, de no ser por los esfuerzos de García Icazbalceta no
tendríamos hoy día la suficiente información acerca del vocabulario del siglo XIX y
de muchas de las expresiones morfológicas y sintácticas usuales en esa época, más
allá de que a lo largo de esa centuria se hubiesen publicado diferentes títulos
alrededor de la lengua española y su relación con el habla cotidiana mexicana, en
especial con las lenguas indígenas.

Al mismo tiempo, el lingüista ofreció un recorrido por diferentes palabras o usos
“censurados” por intelectuales de aquella época, al considerar que no respondía a las
formas de los académicos españoles, de ahí su interés por reflejar no sólo las
variantes que han permanecido hasta la actualidad, sino también sus influencias,
como el galicismo.

“Como señala José Luis Martínez en el capítulo multicitado de ‘La historia general
de México’, surgió una nueva generación de escritores mexicanos que impuso un
cambio radical de tono y de ideas estéticas, lo cual no fue un efecto de la vida política
mexicana como lo había sido durante la mayor parte de ese siglo, sino un cambio
exclusivamente cultural”.

En ese sentido, que la llamada paz porfiriana haya ofrecido condiciones sociales
adecuadas a esa generación de escritores, no significa que debido al gobierno de
Porfirio Díaz “el escritor mexicano dejó la literatura costumbrista”, considerada en el
pasado como la mejor manera de mexicanizar la literatura y su búsqueda de una
libertad temática y estética propias.

“Digamos que los escritores de esa nueva generación ya no necesitaban resaltar su
mexicanidad, ya la daban por hecho” y, en ese proceso, fue la revista Azul, fundada
por Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo, la que llevó a ese cambio,
caracterizado por la renovación formal y el esteticismo de su escritura”.

El curso La historia del español de México 2023 continuará el próximo 2 de mayo
con “El español mexicano moderno (1)”. Mientras “La lengua nacional en el siglo XIX
(2)” se encuentra disponible en el Canal de YouTube de la institución:
elcolegionacionalmx.

 

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